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Susan Sontag: La autopía como compromiso

New York es la ciudad que ve nacer y crecer a Susan Sontag, judía no practicante, hasta que tras la muerte de su padre, Jack Rosenblatt.

Antes de que Susan llegara a los cinco años y habiéndose visto acompañada casi todo su tiempo por una niñera prácticamente analfabeta que en poco pudo suscitar su interés, su madre, Mildred Jacobson se trasladó a Tucson y contrae nuevo matrimonio, siendo el de su padrastro el apellido con el que hoy por hoy la conocemos: Sontag.

Compartió su niñez con su hermana Judith, pero en realidad nunca fueron compañeras de juegos ni de nada, así que siempre se sintió sola – hasta el punto de afirmar, mucho tiempo después que la infancia es “una tremenda pérdida de tiempo”. Estudió su bachillerato en Los Ángeles. Ya desde muy pequeña hizo de la literatura su mejor amiga. Las inquietudes intelectuales se convirtieron en el motor de su vida, y si antes de los diez años hizo de E. Allan Poe su padre literario, a los diez se declaró socialista tras leer Los miserables de Hugo. Devoró libros que compraba o incluso robaba si su economía no daba para tanto, hasta completar su ideario de un modo sólido y firme. Ideario que estaba muy influido además por la obra de T. Mann La montaña mágica, y por la de Harriet Sohmers, El bosque de la noche, lectura clásica y cumbre del lesbianismo al que más adelante se entregará nuestra autora, siendo muy conocida su larga relación con la fotógrafa Annie Leibovitz. A lo largo de toda su trayectoria, comprobamos como Susan Sontag ha hecho de la expresión artística una forma de crítica social en la que su vida y su obra van de la mano en lo que ella considera tarea fundamental de la literatura, que no es sino “luchar contra las simplificaciones” y “exponer la complejidad”. Motivo que ha hecho que muchos la consideren la “conciencia pública” de EE.UU.

Estudió en la universidad de Berkeley durante unos meses, pero la abandonó para trasladarse a la de Chicago, donde se graduó en menos de dos años, consiguiendo una Diplomatura en Artes. Allí conoció a gran parte de los intelectuales que influyeron en ella, así como a su marido, con el que se caso diez días después de conocerle. De él, Philip Rieff, tuvo a su hijo David, del que nunca se ha separado y con el que mantiene una estrecha relación, más cercana a la admiración mutua que al amor maternofilial. Su matrimonio hizo aguas y se vio a cargo de un niño pequeño y con muy pocos recursos económicos al haber renunciado a la pensión que, de suyo, le correspondía. A pesar de la penuria, mantuvo su sueño de ser escritora y a él dedicó todos sus esfuerzos, sobreviviendo de lo que conseguía de la publicación de artículos en la prensa, hasta que en 1963 vio la luz su primera novela, El benefactor.

Susan completó su periodo formativo en las universidades de Harvard y Oxford, donde se licenció en Filosofía y Letras y en Teología y marchó además a París, dónde mantuvo su primera relación homosexual seria. Con la publicación en 1964 de su artículo Notas sobre la Camp, en la revista Partisan Review, centró en ella toda la atención nacional, al redefinir el concepto de camp como el amor a lo antinatural, artificioso y exagerado. Está considerada como una de las mejores expertas en las costumbres norteamericanas de los 60, y fue todo un símbolo intelectual tras mayo del 68. Su figura destacó tanto en el mundillo editorial que a su madrinazgo le deben su obra escritores de la talla de Elias Canetti, Robert Walser o Roland Barthes (del que además ha sido editora, así como de Antonin Artaud), entre otros.

Pero donde realmente ha destacado Sontag muy a su pesar, no es en literatura y eso que sus escritos has sido traducidos a 23 idiomas, y aunque además de la ya mencionada El Benefactor, tiene varias novelas, a saber, Equipo mortal (1967) y El amante del volcán (1992) – libro que por cierto, ha tardado más de 10 años en escribir y que la autora describe como superviviente, puesto que ha sobrevivido a la guerra de Bosnia, un accidente de carro y un cáncer de mama que le fue diagnosticado en 1975, justo cuando más auge cobraba su carrera, y al que no se rindió a pesar de que se le concedió una esperanza de vida de tan solo unos meses, siendo fruto de su lucha contra una muerte anunciada el ensayo La enfermedad y sus metáforas), y un gran acervo de ensayos, como Contra la interpretación y otros ensayos (1966), Estilos radicales (1969) y Bajo el signo de Saturno (1980), Sobre la fotografía (1977), El SIDA y sus metáforas (1987); relatos, compilados en Yo, etcétera (1978), así como varios escritos sobre cine y teatro, es por su activismo político de izquierdas por lo que se la conoce a nivel internacional. Ha llegado a decir que la política no es para lo escritores, pero que “como ciudadana del mundo y ser humano” se ve obligada a prestar su voz a los sin voz.

Defensora de Salman Rushdie y gran crítica de los escritores por no defenderle, directora de la obra teatral Esperando a Godot bajo el fuego de la guerra de Bosnia, amante del arte y la cultura, fotógrafa y actriz en películas de Woody Allen y personaje de cuentos de Cortázar entre otras cosas, nuestra genial protagonista da fe de una fuerza y un compromiso por la utopía de las libertades que no se detiene ante nada ni nadie. Capaz como pocos de transitar las sendas de lo cotidiano, de lo concreto, para después elevarse sobre lo soñado y traducir utopías en realidades.

En todas sus apariciones públicas ha arremetido contra personajes de la talla del ex secretario de Estado de EEUU, al que llamó “criminal de guerra”, contra George Bush, al que califica de “señor horrible de Tejas”, o contra Berlusconi, del que afirma que es un “rico tonto” o contra Sharon y su política “insostenible”. Arremete contra García Márquez por no atreverse a criticar al gobierno de Fidel Castro, y no duda en hablar de campaña de los políticos y medios de comunicación para entontecer a la opinión pública tras los atentados del 11 de Septiembre. Además, no ha dudado en criticar las acciones terroristas de ETA que sólo matan civiles. En su obra aparece siempre, como nexo de unión, el esfuerzo a la hora de “insistir valerosa y responsablemente en los derechos de las víctimas, como testigo de una valerosa época todavía asolada por las guerras”.

En su haber cuenta con grandes galardones, como el National Book Award 2001, uno de los premios más prestigiosos de los Estados Unidos. También el Premio de la Paz 2003, otorgado por la Asociación Alemana del Comercio del Libro. Y por último el tan nuestro Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2003, junto a Fátima Mernissi.

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1 comentario en Susan Sontag: La autopía como compromiso

  1. Creo que es un gran escritora y pensadora. Para mi es una de las más importantes del s. XX.

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