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Simone de Beauvoir: A la sombra del genio

Dicen las malas lenguas que Simone de Beauvoir no hubiera sido la gran filósofa que fue de no haber mantenido una intensísima relación sentimental con Jean Paul Sartre.

Muchos son los datos que se deslizan al respecto a lo largo de su autobiografía titulada La fuerza de las cosas, sin embargo nosotros nos vamos a quedar al margen de una vida de película en que la liberalidad sensual y el ansia de aventuras marcaron las vidas de los dos ilustres filósofos franceses. Nosotros nos centraremos en la obra de una autora que marcó el inicio de la liberación ilustrada de la mujer gracias a su obra El segundo sexo.

El ambiente intelectual con que Sartre impregnaba toda la casa despertó en Beauvoir las ganas de escribir. En efecto, fue el filósofo existencialista quien la condujo al ejercicio de la labor intelectual. La verdad es que no debió ser fácil ponerse a escribir al lado de uno de los puntales de la Historia de la Filosofía, por las inevitables comparaciones y acusaciones de “colaboración entre amantes” que se podían producir, pero Beauvoir se dispuso a escribir sobre lo más íntimo que le pertenece, es decir, sobre la condición de la mujer, y lo hizo de forma absolutamente magistral.

Este diálogo fue el inicio de lo que a la postre supuso la liberación de la mujer, al menos en el mundo occidental:

SIMONE DE BEAUVOIR: ¿Qué ha supuesto para mí el hecho de ser mujer?

JEAN PAUL SARTRE: ¿Has sentido discriminación por el mero hecho de serlo?

SIMONE DE BEAUVOIR: Nunca me he sentido inferior por ser mujer; la feminidad no ha sido una traba para mí.

JEAN PAUL SARTRE: Sin embargo no has sido educada de la misma manera que un chico. Convendría que reflexionases sobre ello.

Pues dicho y hecho, nuestra protagonista se puso a pensar y dio a luz el primer manifiesto del feminismo que a lo largo de 700 páginas pondría las bases de lo que hoy constituye la figura de la mujer occidental. La primera sensación que tuvo cuando se puso a escribir es que el ambiente en que se educó era meramente masculino, es decir era una mujer con educación de hombre lo cual le permitía ser más libre que el resto de sus congéneres. Además a un hombre no se le ocurriría escribir un libro sobre la situación particular que ocupan los varones en la humanidad.

No le hacía falta más que entrevistar a unas cuantas mujeres de su tiempo para percatarse de que la sensación de ser “seres prescindibles” era común en la mayoría de las féminas. Había que tomar medidas en el asunto y qué mejor que hurgar en las causas que condujo a la infravaloración de la mujer para a posteriori lanzar soluciones una vez hallado el origen de tan vergonzante mal. La cuestión es que una no podía más que llevarse las manos a la cabeza cuando leía a los clásicos : “la mujer es una bestia que no es sólida ni estable” (San Agustín), “tenemos que considerar el carácter de la mujer como naturalemente defectuoso” (Aristóteles), “el hombre se concibe sin la mujer. Ella no se concibe sin el hombre” (Benda).

Beauvoir aplicó el concepto sartriano de “otro” a la mujer, de este modo definía a la mujer como “la Otra”. ¿Por qué la mujer es la Otra? Porque es, según nuestra autora, un ser intermedio entre la Naturaleza y el semejante (al hombre) que permite al varón no pasar por el incordioso “reconocimiento recíproco”. La mujer se convierte en Otra por la opresión a la que le somete el mundo masculino y, como bien es sabido, Sartre definía el infierno como “los otros” quedando palpable la connotación negativa de dicho término.

Esta subordinación no es exclusivamente económica, y nada tiene que ver con las obtusas teorías que afirmaban que en los primeros tiempos de la humanidad había un matriarcado hasta que se descubrieron los metales los cuales eran usados sólo por hombres lo cual condujo al surgimiento del patriarcado imperante hasta nuestros días. -¿Por qué el sexo que mata domina sobre el sexo que engendra?- Se preguntaba Beauvoir.

Yendo a lo concreto, Beauvoir detectaba la principal causa de la opresión en que las mujeres tenían que parir lo cual le hacía abominar de esas teorías decimonónicas que afirmaban que la mujer sólo se siente realizada cuando tiene un hijo y es que los hombres construyeron la imagen de la mujer que ellos consideraban adecuada a sus intereses. Las servidumbres que incita la maternidad impiden que la mujer se libere aspecto este que va en contra de la Historia que por cierto, sólo fue escrita por hombres a través de sus valores y cosmovisiones.

La situación de la mujer, según Beauvoir era peor que la de los negros en Norteamérica o la de los judíos en Alemania. Al menos estos se veían a sí mismos como las víctimas, pero el problema con la mujer es que se la invitaba a la complicidad, a asumir su estado de “segundo género”, sistema de creencias éste que permitía que el más mediocre de los varones se considerara un semidiós frente a las mujeres.

Si Beauvoir se levantara sobre su tumba y observara el panorama que asola a la condición femenina en el mundo volvería a lanzar su pregunta: ¿Por qué la inmensa mayoría de las mujeres no cuestiona la soberanía masculina? Ella daba dos soluciones para que la mujer se emancipara, lo cual consistía en educar a las niñas para que sean autónomas y que la mujer adulta consiga su independencia mediante el trabajo propio y la lucha colectiva. Estas dos soluciones son de aplicación sólo en nuestro mundo occidental porque allí donde las niñas no tienen derecho a recibir una educación (o la reciben devaluada) o allí donde las manifestaciones están penadas con dureza, es imposible que surja un moviendo que exija sus derechos y que las vuelva a situar en el plano que les corresponde desde hace miles de años y que se le arrebató sin miramientos. El feminismo eurocéntrico de Beauvoir carece de carácter universal, así que habrá que buscar soluciones para los tres mil millones de mujeres que no tienen la fortuna de haber nacido en Occidente. Es fácil (casi siempre y cada vez más) ser mujer en Europa pero no es así en África o Asia. Beauvoir inició el camino al que le quedan cada vez menos pasos para culminarlo.

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...por Rafael Robles ...por Rafael Robles


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