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Roles de género en la estructura social: Supremacias y subordinaciones psicológicas

El matriarcado y la matrilinealidad fueron formas que permitieron que se produjera una mayor igualdad política entre ambos sexos.

El trabajo de Margaret Mead llevado a cabo con tres tribus de Nueva Guinea, constituye un estudio antropológico clásico acerca de la amplitud de los roles de género. A través de su estudio advirtió que en la tribu de los arapesh se espera que tanto hombre como mujeres, tengan un comportamiento dulce, cooperativo, el típico comportamiento que, en las sociedades occidentales se atribuiría a la figura de la madre ideal. En la tribu de los mundugumor se considera que los hombres y las mujeres, ambos, tienen que ser agresivos y violentos. Mientras, entre los tchambuli, las mujeres se afeitan la cabeza, son agresivas y eficientes en la provisión de los alimentos y los hombres dedican su tiempo al arte, a peinarse y acicalarse, y murmuran entre ellos acerca del sexo opuesto. Es cierto que las investigaciones de Mead han sido muy criticadas por considerarlas en exceso subjetivas, pero resulta indiscutible el hecho de que hay contrastes muy acentuados en los roles de género que se dan en las distintas culturas. Algunas otras investigadoras, como Lorraine Sexton, han achacado y asociado estas diferencias a la existencia de una mayor o menor densidad de población.

Pero todo el desarrollo de las perspectivas antropológicas acerca de los roles de género se encuentra unido a la reacción frente a las ideas psicoanalíticas aparecidas en las obras de Freud. Él mantuvo, en todo momento, la teoría de que los primeros sentimientos sexuales que se dan en el niño tienen una clara dirección hacia la madre. Pero cuando el niño advierte que su madre es el objeto sexual de su padre entonces entra en competencia con él para lograr el dominio sexual de la misma mujer. Aunque es la figura del padre la que proporciona la protección, es también quien impone la disciplina férrea y reprime los impulsos del niño por poner de manifiesto el cariño y el amor hacia su madre. Así es como surge un sentimiento de frustración y como el niño imagina que es capaz de matar al padre aparecen también los celos, la culpabilidad y el temor ante el posible castigo que su padre pueda infringir sobre él. Para solventar estos conflictos y evitar traumas, el niño habrá de canalizar su sexualidad hacia otras mujeres que no sean su madre y aprender, al mismo, tiempo, a ser capaz de afrontar sus hostilidades de forma constructiva.

En el caso de las niñas, Freud defendió un trauma diferente pero que puede ser considerado paralelo. La sexualidad de las niñas está dirigida, en un primer momento, hacia la figura materna, pero en la fase fálica la niña descubre que carece de pene, lo que hace que culpe a su madre de ello y que oriente esos deseos sexuales, que sentía por su madre, hacia la figura del padre.
Para Freud, las niñas van a sufrir a lo largo de toda su vida por ese descubrimiento que ha puesto de relieve que su anatomía parece estar incompleta, y de este modo defiende y fundamenta su idea de que los hombres gozan de una supremacía psicológica frente a las mujeres que se debe a ese hecho inalterable de la anatomía. Su tesis es que la falta de pene lleva a un rebajamiento por parte de las mujeres, y las aboca a desempeñar un papel subordinado y pasivo. Para este fundador del psicoanálisis, la mejor solución y la mejor opción que puede elegir una mujer es asumir ese papel y dedicarse a desarrollar sus atractivos sexuales y sus encantos femeninos, casarse y tener hijos.

Claramente las tesis de Freud acerca de los roles de género no eran más que proyecciones de sus experiencias personales en la Viena de aquella época en que la sociedad giraba en torno a la figura masculina. No se basó en la ciencia para elaborar y defender sus teorías, sino, más bien, en la política sexual del momento.

Sí se puede observar que los hombres suelen ser más agresivos que las mujeres en la mayor parte de las sociedades. Existen evidencias que ponen de relieve que esa actitud agresiva, propia del género masculino, está vinculada a una especie de costumbre que confiere un papel más dominante a los hombres que a las mujeres en las diferentes facetas y aspectos de la vida social, sobre todo en los ámbitos de la política y de la economía. Son ellos quienes ocupan los puestos de control y de poder, los que dominan las formas de comercio y de distribución…, en las tribus de las islas de Nueva Guinea, en el imperio Inca, en los imperios de China y de Japón… en todos estos lugares se manifiesta ese predominio masculino.
Durante cierto periodo de tiempo se especuló con la idea de que el control político detentado por las mujeres, el denominado matriarcado, se daba en un determinado momento evolutivo de la organización social, pero hoy en día los antropólogos han llegado a la conclusión de rechazar la existencia de toda sociedad que sea puramente matriarcal, es decir, que no aceptan que haya existido una sociedad en la que a las mujeres se les reconozca una autoridad y un poder superiores a los de los hombres. Ni siquiera el matriarcado de la Creta minoica, que era una sociedad matrilineal y en la que las mujeres tenían un estatus social elevado, permitía que fueran ellas las que detentaran el poder absoluto, dado que, en el comercio marítimo los hombres eran quienes se encargaban de controlar tal actividad, además de que se cree que las acciones militares las llevaban a cabo mediante batallas navales.

La aparición de la matrilinealidad, en algunas de las sociedades, permitió que se diera una mayor igualdad política entre hombres y mujeres, pero no una dominación por parte de la mujer, como sí implicaría el concepto de matriarcado. Por ejemplo, en la sociedad iroquesa, las mujeres, por medio de un representante masculino en el consejo de la tribu, podían influir en las decisiones de éste y ejercer así su poder en las acciones que se llevaran a cabo en la guerra y en la firma de tratados. Las mujeres tenían el deber de nombrar a los hombres que formarían parte del consejo, pero ellas no podían pertenecer a ese consejo, e incluso los hombres más relevantes podían estar en contra de la designación que las mujeres hacían para el cargo y prohibirla.

Algunas de las ideologías de género defienden la supremacía espiritual de los hombres sobre la mujeres, como es el caso del monopolio masculino sobre los mitos y los rituales de iniciación, que gozan de un carácter secreto. También las sociedades de Grecia, Roma, Egipto, en el hinduismo… los que ostentaban el rango de sumo sacerdote eran hombres. Son ellos quienes han dominado las organizaciones eclesiásticas en las poderosas religiones del mundo (cristianismo, islamismo y judaísmo). El papel de creador está otorgado a una figura masculina, mientras que las deidades femeninas adquieren roles secundarios tanto en los mitos como en los ritos.
Algunos estudios, como los llevados a cabo por Shirley Lindembaum, han advertido la existencia de ideologías muy elaboradas basadas en la supremacía masculina manifiesta en los rituales y en la simbología. Tanto en Nueva Guinea, como en Bangladesh, las mujeres se encontraban sujetas a privaciones de tipo material y, cuando estaban embarazadas se las aislaba en unas chozas para limitar los poderes femeninos.

Eleanor Leacock ha advertido acerca de que las nociones de igualdad y de desigualdad pueden dar lugar a errores de tipo etnocéntrico acerca de los roles de género que se dan en las sociedades. Asegura que, cuando no existen clases ni estados, los roles de género son diferentes, pero no desiguales.

Al producirse un cambio en las tecnologías de producción, también cambia la definición de los roles ideales masculinos y femeninos. Una de las tendencias más importantes, partir del siglo XX, en las sociedades industriales occidentales, ha sido la nueva definición de los roles sexuales, así como la reestructuración del núcleo y de la vida familiar.

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...por Ana González ...por Ana González


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