Se le podría considerar la figura más importante del pensamiento ibérico medieval, tanto por la amplitud de su obra como por la peculiaridad de su persona.
Fue muy influyente en su tiempo, y también, a lo largo de los años. Hijo único de un senescal de Jaime I, nació en Palma, donde no tardó en convertirse en paje del Rey, a quien acompañó en muchísimos viajes. Preceptor y más adelante mayordomo del infante, se casó con una noble con la que tuvo dos hijos.
Su vida dio un giro grandísimo cuando en 1262 tuvo una visión de Cristo crucificado. Fue entonces cuando se convirtió a una vida consagrada por completo a la religión. Abandonó a su familia y sus riquezas para hacerse después terciario franciscano. En 1272, en una retirada al monte Randa, recibió la iluminación divina, la cual le ordenó pasar a la acción y convertir a los infieles en masa; el militantismo iba a ser, en efecto, la nota dominante de su carácter y vocación. De ahí en adelante, recorrerá incansable el vasto mundo para combatir en favor de su ideal de unidad y de reforma moral de la cristiandad, así como de conversión de los musulmanes, e incluso del universo pagano. Fue recibido por Felipe el Hermoso y reclutando discípulos, obtuvo asimismo el apoyo de los diversos reyes de Cataluña – Aragón y de los reyes de Sicilia. Pero tuvo un fracaso total al dirigirse a los papas Nicolás IV, Celestino V, Bonifacio VIII, y Clemente V. Intentando convencer, una vez más, a los musulmanes de Bugia, en 1315, fue cruelmente lapidado por la multitud, muriendo en el barco que lo llevaba a Mallorca. Enterrado en la catedral de su ciudad natal, muy pronto fue objeto de culto; su beatificación se produjo en el s-XIX, y su canonización en el s-XX.
Llull asignó como meta de su pensamiento la apología del cristianismo por medio de una razón sabiamente conducida. Su hiperracionalismo estaba sostenido por un misticismo ardiente, una filosofía del amor, que da la clave de toda su doctrina y de su conducta. Aunque también reconoce los límites del conocimiento humano; y es por ello que sólo la contemplación sobrenatural y mística podrá revelarnos los secretos últimos de la trascendencia. Como preparación para la iluminación suprema, propone la búsqueda de la perfección espiritual y social mediante el modo de vida de la cristiandad.
Ramón Llull admite el realismo platónico e incluso neoplatónico . Su metafísica es, pues, la del ejemplarismo, con sus corolarios del simbolismo universal y misticismo. En la cima del ser está Dios, soberanamente uno y trino a la vez, que ostenta quince caracteres que le pertenecen como propios o “dignidades”: bondad, grandeza, principio, fin …etc. Las cosas no son más que semejanzas de las Ideas divinas, atributos, dignidades o causas, perfecciones increadas ellas mismas y arquetipos de todas las perfecciones creadas. Nuestras ideas humanas participan de las ideas divinas.
En la tradición filosófica mundial, Llull es célebre sobre todo por su Gran Arte (ars magna). El propósito profundo del gran arte consiste en proporcionar a la apologética una técnica rigurosamente racional que permita, con la ayuda del silogismo, convencer a los infieles, demostrando irrefutablemente todas las verdades naturales y también los dogmas revelados del cristianismo. Persiguiendo la idea de unidad, Llull quiso reducir todos los conocimientos a unos principios, a fin de expresar todas las relaciones posibles de los conceptos mediante combinaciones múltiples, traducidas en “figuras” típicas. Por otra parte, quiere demostrar que la inteligencia humana posee todas las capacidades deseadas, mediante la gracia, para comprender por “razones necesarias” los artículos de fe y, en particular, la existencia de Dios, la Trinidad, la Encarnación y el advenimiento de Cristo. Dios es inteligible por su propia naturaleza, pero nos ha concedido la fe para que podamos comprenderle más rápida y fácilmente.
En su exaltación de los poderes de la razón, el filósofo mallorquín tomó duramente la palabra contra la teoría averroísta, proclamando abiertamente la conformidad de la Revelación y de la recta razón. Por detrás de esta lucha se trasluce la aversión del filósofo hacia el Islam, defensor del averroísmo.
Según Llull, la dialéctica del conocimiento presenta dos movimientos esenciales: el primero, la ascensión: el intelecto se eleva a los objetos generales, es decir, a los principios primeros, el segundo es el descenso: una vez conocidos y verificados estos fundamentos del saber, desciende a los objetos particulares. Todo este proceso se lleva a cabo teniendo en cuenta la presencia constante de la luz divina, indispensable para que se realice correctamente.
En el orden ético, sitúa en el mismo centro su teoría de las dos intenciones: la primera consistía en que el hombre debe amar y servir a Dios. La segunda tiene por objeto buscar los bienes y los intereses de este mundo, que sin embargo sólo existen verdaderamente si están al servicio de la primera intención. El hombre es la única criatura que puede optar prioritariamente por la segunda intención, en lugar de la primera, ya que está dotado de libertad. El pecado consiste, precisamente, en una inversión de las dos intenciones, que toma como meta el goce terrestre. Con lo referente a la dialéctica, diremos que se basa en el simbolismo del árbol. El árbol de la ciencia comprende 16 árboles o partes, que integran, cada una, realidades y nociones sui generis, escalonadas de lo sensible a lo espiritual. Cada uno de éstos árboles se divide a su vez en siete partes.
Para terminar señalaremos, como el motor de toda su especulación habría que buscarlo en una potente filosofía del amor. Según Llull, Dios es amor y todos los seres tienen por vocación amar. La ética del amor universal es extendida al dominio temporal y social. La política debe estar impregnada de espíritu evangélico. La idea de unidad la informará; en este sentido, parece necesario el Imperio mundial para que reine la paz internacional. Tampoco duda en reclamar con urgencia las más reformas sociales, colindantes con la utopía. Condena la afición por las riquezas y el lujo, exaltando la condición de los pobres contra los ricos.

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