Numerosos factores influyen en la conformación de las sociedades humana y en la diversidad de las culturas.
Con el desarrollo de una economía centrada en los servicios, y en los medios de información y comunicación, se producen sustanciales cambios a nivel ideológico y estructural en la vida social, y de desplazamiento de la fuerza de trabajo e incremento de costes en el cuidado de los hijos. Estos cambios afectan a su vez a las costumbres del matrimonio, de la organización de la familia, a la sexualidad, y dan lugar al desarrollo de ideologías como la doctrina feminista y las políticas de la liberación de las mujeres. Ese desplazamiento de la estructura sexual de la fuerza de trabajo, y el consiguiente aumento de los gastos en la crianza de los hijos, lleva consigo una serie de consecuencias tales como la disminución de la tasa de fertilidad, el aumento de los divorcios, un menor porcentaje de casamientos, la aparición de nuevas formas de organización de la familia, y los nuevos roles de género.
Todo este tipo de cambios está relacionado con la producción hiperindustrial, con la tendencia a que el trabajo saliera de las fábricas, lo que dio lugar a la necesidad de reclutar fuerza de trabajo femenina que antes se dedicaba al cuidado de los hijos, y esto propició una caída de las tasas de fertilidad, y una separación de los componentes reproductivos y hedonistas propios de la sexualidad. El cambio más relevante que se llevó a cabo en lo que a la fuerza de trabajo respecta, no fue sólo el hecho de que se incrementara la proporción de mujeres empleadas con respecto al número de hombres, sino que aumentó la proporción de mujeres empleadas que estaban casadas y tenían hijos.
En un primer momento, las mujeres eran excluidas de los puestos laborales de la industria, dominados por hombres, porque eran consideradas, tanto por sus maridos como por los sindicatos, como una amenaza para la escala salarial. En otros puestos de servicios e información, que eran por tradición “femeninos” (secretarias, enfermeras, etc.), había una menor reticencia. Por ejemplo, en los Estados Unidos, desde el año 1965, los ingresos de las familias se mantuvieron por encima de la inflación debido a la contribución de las mujeres que desempeñaban un trabajo fuera de casa, a pesar de que la remuneración femenina solía ser inferior.
Este desplazamiento de la economía hacia una sociedad de la información, basada en los servicios y en las tareas técnicas, da lugar a que la escolarización y la educación de los hijos supongan un mayor coste, porque se produce un tránsito de la cantidad a la calidad.
Tras la entrada de Europa en la etapa de explotación mercantil, se produjo un creciente interés por dar explicación a la diversidad cultural, ya en la Ilustración empezaron a desarrollarse teorías científicas acerca de las diferencias entre culturas, teniendo todas como denominador común la idea de progreso (las diferencias se atribuían a los diversos niveles de progreso moral e intelectual logrados por los pueblos). Fue esa idea del progreso cultural, la que dio lugar al concepto de evolución cultural predominante en las teorías sobre la cultura que se mantuvieron a lo largo del siglo XIX. Uno de los esquemas más importantes y de mayor influencia, fue el defendido por Henry Morgan, que dividía la evolución cultural en tres etapas: el salvajismo, la barbarie y la civilización, esta última se produce con la invención de la escritura, el desarrollo del gobierno y la aparición de la familia monógama. Las tesis mantenidas a lo largo del siglo XIX presuponían una unión entre el evolucionismo cultural y el biológico, y la teoría de Charles Darwin acerca de la supervivencia del más apto, esto es, la conocida selección natural, no hizo sino fomentar esa estrecha fusión y dependencia entre los puntos de vista cultural y biológico. Surgió incluso el darwinismo social, que fue usado para fundamentar la existencia del sistema capitalista de libre mercado.
Pero, ante los esquemas evolucionista y del darwinismo social, aparecieron voces contrarias, que pusieron en tela de juicio esas ideas. Comenzaron a tenerse en cuenta las particularidades de cada cultura para poder lograr una mejor comprensión de sus características, además de considerar que no existen culturas peores o mejores, sino que cada una goza de su unicidad y de su propia idiosincrasia.
Otras tendencias y perspectivas de interpretación tomaron los textos de Freud como paradigma, dando lugar con ello a explicaciones de la cultura en términos psicológicos. Ruth Benedict y Margaret Mead desarrollaron este tipo de ideas relativas a la cultura y a la personalidad: existe una relación entre las prácticas culturales y creencias de un individuo y su personalidad. Aprendizaje, lactancia, y todas aquellas actividades que se llevan a cabo en la infancia, constituyen un elemento indispensable para la formación de un determinado tipo de personalidad. Fue tras la segunda guerra mundial cuando comenzaron a revisarse los estudios evolucionistas, siendo Leslie White la abanderada de este movimiento, y la defensora de que la evolución cultural seguía la dirección marcada por la cantidad de energía que pudiera ser captada y que pudiera ponerse a trabajar. También las condiciones climáticas empezaron a tenerse en cuenta, dado que son elementos que influyen en factores de las civilizaciones, y producen diferencias a nivel cultural.
Leslie White estaba influida por Marx y por Engels, sobre todo en lo que respecta a los rasgos materiales de las formas de producción, pero no admitió la principal tesis del materialismo dialéctico que defiende que la historia goza de una dirección única muy determinada, como es la consecución de una sociedad sin clases dentro de un sistema comunista. Así es que, a raíz de las teorías marxistas, pero posteriormente reelaboradas por White, aparecieron otras perspectivas que consideraban que había de investigar y explicar teniendo en cuenta los imperativos de tipo material, es decir, las necesidades materiales a las que está sujeta la sociedad, con lo que serán las dificultades con las que se encuentran los individuos a la hora de satisfacer sus necesidades, y su modo de afrontarlas, las que determinarán las diferencias culturales. Se trata de conseguir una ciencia de la cultura no influida por motivos de índole política y sin contradicciones dialécticas, sino que lo que se produce es un gradual cúmulo de resultados útiles que se han logrado mediante el método de ensayo y error.
Ahora bien, también el proceso de la selección natural se ha tomado como un método de investigación para explicar la diversidad entre culturas. Este enfoque supone un principio, que se ha llamado el principio de la eficacia biológica inclusiva, que defiende que los caracteres culturales son seleccionados sólo si maximizan el éxito de reproducción de un individuo.
Sin embargo, no todos los estudios de las teorías culturales que se llevaron a cabo tras la segunda guerra mundial se centraron en la explicación de las diferencias y de las semejanzas entre culturas. Algunas de las investigaciones desarrolladas en Francia consideraban las uniformidades que había de fondo en las conductas y pensamientos, que se suponía estaban motivadas por la estructura cerebral y los procesos inconscientes de la mente. De este modo, la aparición de los mitos está ligada a la tendencia que tiene el cerebro de los seres humanos a establecer dicotomías y a pensar de forma binaria, con lo que las culturas serían variaciones acerca de oposiciones.
A pesar del desarrollo de los diferentes puntos de vista, más o menos generales, muchos estudiosos consideran que es necesario atender a elementos tales como los valores, la simbología, las creencias, las filosofías…, propios de las diversas culturas.

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