La pertenencia a una determinada cultura lleva pareja la internalización de pautas y prácticas sociales ya desde la infancia.
La primera definición antropológica de la religión proviene de E.B. Tylor, quien aseguró que la esencia de una creencia religiosa se encontraba en la idea de “dios”, aunque la aportación más destacada de Tylor fue tratar de demostrar que el concepto judeo-cristiano de Dios era similar a las creencias sobre seres sobrenaturales existentes en todo el mundo.
La historia del arte pone de manifiesto cómo su desarrolló está muy ligado a los cuatro niveles de organización propios de la religión. Así, en el nivel comunitario, todos los ritos de pubertad dan lugar a momentos para bailar y para contar historias y mitos. Los cantos, las utilización de máscaras, las danzas…, son usuales tanto en los ritos de pubertad como en los ritos funerarios. El arte, la magia y la religión expresan sentimientos y sensaciones difícilmente expresables en la vida cotidiana, satisfaciendo a su vez algunas de las necesidades psicológicas de los seres humanos. Vienen a transmitir una especie de sentimiento de unión y de dominio sobre acontecimientos extraños y poderes invisibles, y proporcionan una serie de nuevos significados.
Para evitar que la definición de religión sea tan amplia que abarque toda creencia, conviene diferenciar entre las fuerzas y seres sobrenaturales, y las fuerzas y seres naturales, aunque hay pocas sociedades y culturas que distingan de forma clara sus creencias en esas dos categorías.
La mayor parte de los antropólogos considera que las creencias pueden ser calificas como religiosas cuando provocan un estado extraordinario, algo así como un temor, un sentimiento de encontrarse en presencia de algo inusual, sagrado, divino… Emile Durkheim aseguró que las sociedades poseen sus propias creencias, símbolos y rituales sagrados, que son diferentes de los acontecimientos profanos o cotidianos, y relacionó ese ámbito de lo sagrado con el poder que la cultura ejerce sobre la conciencia de los individuos. Así, existe una clasificación de los cultos religiosos que implica diferentes grados de evolución, sus principales formas son: cultos individualistas; cultos chamnistas; cultos comunitarios; cultos eclesiásticos. Y todos ellos forman una especie de escala dado que cada nivel, más complejo, comprende al anterior.
Las creencias religiosas a menudo aparecen convertidas en tabúes, adoptando la forma de deberes o prohibiciones sagrados para solventar problemas y controlar el desarrollo de conductas como el incesto, o la tentación de comer carne de determinados animales, uno de los ejemplos más conocidos es el de la vaca sagrada en la India, que se asocia además al contexto económico, político y ecológico.
También el arte guarda una relación estrecha con el ámbito político, la habilidad del artista es utilizada, en muchas culturas, por los dirigentes para inculcar ideas religiosas de obediencia. El arte eclesiástico proporciona una interpretación del mundo siguiendo los mitos y las ideologías predominantes, y hace que los dioses puedan ser visibles como ídolos a través de figuras, retablos, tallas, etc. Durante un largo periodo de tiempo, el Estado y la Iglesia fueron los mecenas del arte, hasta que la aparición y evolución del capitalismo dio lugar a que los individuos ricos comenzaran a desempeñar también el papel de mecenas, siendo ese nuevo patrocinio individual el que permitió que se produjera más libertad en las creaciones artísticas.
Mientras que la cultura se refiere a la manera de pensar, comportase y sentir propios de una comunidad, la personalidad hace referencia a esas mismas formas pautadas, pero a nivel individual. Precisamente, la existencia de culturas hace que los padres pertenecientes a una cultura determinada sigan unas prácticas o normas específicas de educación infantil, que conllevan la alimentación y cuidados de los bebés y de los niños. Estas prácticas son diferentes y cambian de una sociedad a otra, y dan lugar al desarrollo de personalidades adultas distintas. La lactancia del pecho de la madre, por ejemplo, puede tener muy diversas duraciones (meses, años…). Algunas culturas fomentan que el cuidado de los niños esté a cargo de otra persona, diferente de la madre biológica, mientras que en otros casos el niño se mantiene en todo momento en contacto con la piel de la madre y es transportado por ella a todos los lugares.
La formación de la personalidad depende también de variables relacionadas con las experiencias que se tengan en el final de etapas como la infancia y la adolescencia, tales como la cantidad de hermanos, los vínculos entre ellos, los juegos y reglas que sigan, los tabúes o prohibiciones que se les impongan… Las diversas prácticas de educación de los niños se encuentran influidas por otra serie de elementos de tipo social, político, económico, doméstico, a la vez que por el ecosistema y por necesidades y pulsiones biológicas ineludibles. Los discípulos de Sigmund Freud aseguran que la experiencia edípica es la más importante influencia en el desarrollo de la personalidad, aunque ya se ha advertido el sesgo favorable a los hombres que destila el llamado complejo de Edipo, además, los estudios realizados en familias trobiandesas han puesto de relieve que los varones trobiandeses crecen sin tener ese sentimiento ambiguo de amor/odio hacia la figura paterna, que Freud afirmaba que era universal, debido a que no es el padre quien ejerce la autoridad sobre ellos, sino el hermano de su madre.
Ha sido Ruth Benedict quien ha establecido una serie de pautas, a modo de elementos psicológicos, para definir las diversas culturas, pero muchos antropólogos no se han mostrado de acuerdo con los intentos de utilizar uno o dos términos psicológicos para definir y una cultura entera, porque incluso las culturas que pueden ser consideradas más simples, como las de los cazadores, agricultores y recolectores, contienen muchos tipos diferentes de personalidad como para que puedan ser sumandos de esa manera. Algunos estudiosos lo que tratan de hacer es identificar los valores predominantes que muestran y definen el pensamiento esencial de una cultura, en lugar de agrupar las culturas bajo dos conceptos psicológicos. Por ejemplo, el carácter sagrado de la vida es uno de esos sentimientos, o el no ser menos que el vecino. Por supuesto que el intento de describir una cultura mediante valores predominantes conlleva problemas dado que se pueden encontrar valores contradictorios dentro de una misma cultura, dentro de una misma sociedad, incluso en el propio individuo.

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