A partir del siglo V y en el IV a. de C., pero todavía al margen de la centralidad helénica, en dos ciudades espléndidas: Elea y Efeso, se van forjando dos concepciones diferentes del universo.
Dos cosmovisiones, que darán que hablar hasta el momento y que están representadas por Parménides de Elea, fundador y padre de una escuela de discípulos: los eleatas, y Heráclito de Efeso, el solitario, el oscuro, familia y discípulo de sí mismo, que, sin embargo, permitía entrar “hasta la cocina”, en dechado de hospitalidad, a cualquier extraño visitante.
Ambos nos dicen cosas opuestas de nuestro mundo, la naturaleza, de la que siguen hablando apasionadamente, y donde ubican al hombre como una parte más de la misma. Ambos, continuarán hablando, como les pasa a los grandes filósofos, por la boca de otros filósofos, hasta ahora mismo.
Parménides nos ha legado el mejor poema filosófico de la historia. Es el poema del ser, con un proemio cercano a la literatura mística y que, imitando al enemigo mitológico, deja traslucir la antorcha de la razón en medio de apariencias misteriosas. Todos los personajes de ese poema del ser y del no ser acogen, orbitan la profundidad, son femeninos, salvo el propio amante de la sabiduría, el filósofo, que va, en su carroza, a toda velocidad, llevado por las yeguas (no caballos) y a quien le van marcando el paso sinuosas doncellas, que le muestran las puertas de la verdad y de la vida, puertas bien guardadas y cerradas y que ellas abren presurosas al halago del verbo filosófico. Es la palabra la que enamora a la Sabiduría, la diosa que abre sus brazos al que la busca, se desvela ante el viajero y le muestra el doble camino de la realidad: el de las apariencias, sembrado de opiniones, y el del conocimiento, galardonado con la ciencia auténtica. No hay posibilidad de revelaciones religiosas, sólo desvelaciones, posibles para quien se pone en camino y busca, llevado por el eros del saber.
Y lo que se puede llegar a pensar es lo que puede descubrirse en la realidad. El “Ser y Pensar son la misma cosa”. Desde Parménides en adelante – y durante toda la Antigüedad y la Edad Media – el filósofo pensará que la realidad se le brinda al conocimiento, que él no pone nada, que puede abarcarlo todo y que su cabeza no es más que el reflejo de la realidad, alrededor de la cual, su yo gira.
Lo cierto para Parménides será el Ser. Su camino, el certero. Su forma, la redondez perfecta de lo que comienza y no acaba, del tiempo que cíclicamente vuelve, de la eternidad siempre insondable. El Ser será la perfección material que todo engloba, ya que cualquier cosa que pensemos “es”, participa del Ser. Está en él como en su casa. Por eso “todo es uno y lo mismo”. Cualquier cosa en la que reposemos el pensamiento no morirá nunca, permanece para siempre, aunque haya cambiado en su apariencia, porque en el Ser, nada muere, todo está a salvo. Sólo que sus elementos no cuentan, son sólo un engranaje que el Ser engulle, que, insustanciales, únicamente son percibidos por nuestros sentidos; pero éstos no nos dan la verdad de nada, confunden. El verdadero saber y el verdadero camino es el del Ser. El no-Ser es la apariencia sensible. Un griego no puede por ahora pensar el no-Ser como nada. Esto será privilegio de los filósofos cristianos. Para Parménides lo que no es, es lo que vemos: la sensibilidad no cuenta, cuenta la razón. Ella nos dice que todo queda, aunque todo parezca pasar.
Es precisamente este pasar lo que Heráclito de Éfeso confiesa como la constante del universo. “Todo fluye”. “No te puedes bañar dos veces en el mismo río”. Cuando vuelves a él, ya no es él la misma corriente de agua, ni tú el mismo ser humano. Todo cambia. Nuestra esencia es ese continuo movimiento, que hace del fuego el símbolo perfecto del pensamiento heracliteano. En el Fragmento 30 de los “Fragmentos de los Presocráticos” se puede leer: “Este mundo no lo hicieron ni los dioses ni los hombres. Este mundo fue, es y será eterno fuego viviente, que se enciende según medida y se apaga según medida”. Porque en medio del aparente caos, hay un orden: una medida, esa medida de todos los movimientos es el “Logos”, la Palabra, que resonará cuatro siglos después en el Evangelio de Juan, el discípulo de la secta del Nazareno, que vive curiosamente en Efeso. Ese Logos, sin embargo, no es, por el momento ni puede ser concebido nunca, como una persona, sino como un principio constitutivo del universo que convierte a éste en razonable y al hombre en centella microcósmica de la Razón Universal. Este Logos, azaroso y juguetón, llama continuamente a los “despiertos” a descubrirle y gusta de ocultarse en una naturaleza que prosigue camaleónicamente sorprendiéndonos y jugando al escondite en su continuo instalarse en el cambio. Mundo como bullir y crepitar de brasas que continuamente encienden y matan la vida, que por un momento guiña al cielo su existencia momentánea.
Qué hermosa visión del mundo no contaminada por el fanatismo. Lástima que la visión de Parménides, subyugante, pero totalitaria, fuera la que se impusiera en la historia del pensamiento. Sólo al alborear el siglo XX y tras la revolución darwiniana del XIX, reaparece nuevamente Heráclito con la revisión de las identidades imposibles y la certeza del cambio y de la evolución como esencia inesencial de este maravilloso y terrible universo.
De Heráclito también, por fragmentos (¡Qué posmoderno!) conocemos algo de lo humano. Sabemos que el alma (la Psiché) es insondable, que tiene una profundidad no mensurable, que, en cierta medida, es desmedida, y que “el carácter es nuestro destino”. No en el sentido del “genio y figura”, sino en el que insistirá muchos siglos después Paul Ricoeur: la falibilidad como fractura íntima del ser humano se esconde de fondo en él. Nuestro destino es la equivocación, la trágica lucha (muy griega) por el éxito, reventada por la Hybris, el orgullo autodestructor. Pero seguimos siendo semillas de lo “divino” (esto es: la materia eterna en sentido griego), los únicos capaces de contemplar una razón universal con nuestra fugaz razón particular. Ese es nuestro pavor y nuestra grandeza desde el solitario de Efeso.

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