Es sabido que la Metafísica, desde su origen biblionómico y filosófico en Andrónico de Rodas (s. I a.C.) supone un estudio que excede el marco de la naturaleza (Physis). Su determinación, si queremos ser respetuosos con su origen etimológico, estaría en descifrar el significado del prefijo griego “meta”.
Si éste hace alusión a lo que hay “más allá”, el contenido de la Metafísica sería lo trascendente, y en último lugar, lo determinado por los seres humanos como “Dios” o “lo Divino”. Si, por el contrario, se tradujera por “detrás”. “Meta” determinaría una Metafísica intramundana, inmanente, atenta al fundamento, que ha sido confirmado de un modo lingüístico, en base a las características propias de la lengua griega, como “Ser”. Aubenque, en su maravilloso y clásico estudio sobre “el Ser en Aristóteles” nos lleva al convencimiento de la servidumbre del pensar griego, y por tanto occidental, a este vocablo y a la centralidad del mismo para la Metafísica. Heidegger sería el último de los “griegos” en la “fatiga” de lograr hacer hablar al Ser por medio del “ser ahí” que es el humano o del “Habla” entendida como el “casa del Ser”. De modo que la pregunta inicial de la Metafísica, planteada por Anselmo de Canterbury, replanteada por Leibniz e insistida por Heidegger: “¿Por qué hay Ser y no más bien nada?” Sigue siendo la pregunta inicial (y final) de la Metafísica. Así Metafísica y Ser son intencionalmente correlativos, esto es, insustituibles el uno para el otro. Puestas así las cosas parecería que no puede haber Metafísica sin verbo “Ser”, pero ¿es el Ser un universal lingüístico o es sólo un privilegio de las lenguas indoeuropeas, de los que hemos gobernado y conquistado el mundo a galope de caballo? Nuestro punto de partida para dar respuesta a esa pregunta puede ser la multivocidad de usos del “es” en muchas lenguas. Los más irreductibles entre los usos del ser suelen ser (valga la redundancia) los usos existencial (es como existir), copulativo (es como y) y veritativo (es como ser de verdad, testimonio de realidad). Lo notable de este hecho es que se utilice un mismo verbo para esos tres usos diferentes. Pero nos encontramos con que en diversas lenguas, como las dravídicas, por ejemplo, y el tamil es una lengua (multimillonaria en habitantes) de esa rama, para los usos copulativos son frecuentes las sustituciones por frase nominal (en vez de “esa casa es blanca”, se dice “esa casa, blanca), lo que indica que el sentido copulativo es suplible. Si la única función de “ser” fuese la copulativa (como parece afirmar la crítica analítica clásica) lo podrían haber evitado. En ese sentido el originario “vivir” en la acepción de “existencia” aparece en la mayoría de las lenguas como verbo principal y el sentido copulativo como una degeneración de la que bien pudiera prescindir el lenguaje. Al prevalecer, hasta Tomás de Aquino, la cópula como función prioritaria del ser: “Deus est”, se busca otro verbo que delate existencia para nosotros: “Dios existe”. Fuera del tronco indoeuropeo hay semejanzas en la sustitución del uso copulativo por la frase nominal en el chino, las citadas lenguas dravídicas e indonesias. La conclusión de este breve recorrido sería la posibilidad de hablar de una especie de “lógica natural” que repite tres usos del verbo ser en troncos lingüísticos independientes.
Una mención especial cabe hacer de lenguas que poseen – como en el caso del quechua andino o los latinos español o portugués – la distinción entre “ser” y “estar”. éste último posee una referencia orientadora de totalidad desde la posicionalidad, esto es, desde el lugar. Desde la encarnación en la “tierra-madre” o “pacha-mama” se distingue y se ve el mundo. Hay una posibilidad de “símbolos holísticos situados” que fecundan una metafísica atada a la tierra. La metafísica del “estar”, subrayada muchas veces por Zubiri, nos habla de una interculturalidad simbólica entre pueblos conquistadores y conquistados de los dos lados del Atlántico, un contacto que hace volver, por su “saudade” o “morriña”, nostalgia del lugar en que se ha “estado” desde el nacimiento, recreación del “estar” originario en las nuevas latitudes del ser. Estar que está aludiendo, en suma, al “vivir” en su sobreabundancia sobre el propio “ser”. Alegría para los “vitalistas” que ven aquí reforzada lingüísticamente su orientación a hacer de la vida la clave de la realidad.
Pero, aún concediendo importancia al “vivir” sobre el “ser” parece también evidente que el significado del “permanecer” o “estar presente” sería previo. “Estar” seguiría uniendo a “ser” con “vivir”. La pretensión más loable en este sentido es la que liga el uso del “eimi” griego con la “pretensión de verdad” (”truth-claim”, que tiene resonancias en la filosofía contemporánea del lenguaje – en concreto en el “grafema” – de Frege): es el “ilocutivo-asertivo”. Desde aquí se entiende cómo lo más universal es el “así es” o en clara trascripción veritativa: “eso es verdad”. Lo que tal vez, en otro plano más de confianza interpersonal, revive el término hebreo “emet” (”amén”latino).
Lo que no cabe duda es que los tres usos del ser expresan “realidad”. “Ser” es la interpretación humana de la realidad. Por eso es el término privilegiado de la Metafísica. Así lo vio Ortega y Gasset al decirnos que “el ser de una cosa no es pues ni una cosa ni una hipercosa. Es un esquema intelectual que nos habla…de la cosa en nuestra vida”. En línea con su sistema de pensamiento hablaba del ser como de la “razón vital” de las cosas. Ser expresa, por tanto, una conciencia referida a la realidad desde una especie de “sintaxis ontológica” de base natural. Ser es la presencia continua e inseparable de “lo místico en el seno de lo lógico”. Kant nos advirtió que “Ser no es un predicado real” (no hay ningún atribuible Ser Supremo), más bien se trataría de una “posición”, una pieza de nuestro lenguaje al servicio de la realidad, un filtro que nos permite abordar la realidad en su mismo límite y mediante una especie de “concepto-límite”, una “supracategoría” que es madre de todos los sentidos que atribuimos a lo real. A fin de cuentas, el hilo más fino de nuestra razón-araña que sigue soñando atrapar la realidad en su ya humilde y humillada onda humana.
Puede haber incluso cosas que superen el Ser y estén, como decía Platón “epekeina tes ousias” (más allá de la esencia), pero esta posición, tan habitual a Lévinas y la Filosofía judía contemporánea, sólo puede ser aceptada en el plano ético (ma non troppo), pensando que bien pudiera el Bien o la Justicia siempre soñada estar, a un tiempo, inspirando lo justo y oculta siempre para el ojo humano.

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