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Mesopotamia y la representación del universo: Babilonios y sumerios ante el origen del cosmos

La concepción teocéntrica puso de relieve el pequeño lugar que el ser humano ocupaba en el cosmos y desarrolló toda una reflexión moral.

El pensamiento mesopotámico se encuentra contenido en hechizos, himnos, oraciones y rituales. Aunque también hay que tener en cuenta los diferentes y numerosos mitos que constituyen una indudable fuente de información a este respecto, pero que han de ser interpretados y no es tarea fácil discernir entre los que contienen explicaciones veraces y aquellos que forman parte de encantamientos y de rituales de fiestas religiosas, que contenían episodios expresados mediante gestos. Estos textos ponen de manifiesto diferentes mentalidades: sumerios, semitas… cada uno impregnó sus concepciones con un nuevo espíritu. Tanto babilonios como sumerios aceptaron la identidad del nombre y de la cosa significada, para ellos el tener un nombre era sinónimo de existir, además el conocimiento de los nombres divinos tuvo una enorme resonancia.

En lo que respecta a la formación del universo y a la naturaleza, la creencia era que la tierra y el cielo se encontraban unidos en un principio. La diosa Nammu era la madre del cielo y de la tierra, y ella representaba un abismo de agua dulce sobre el que reposaba y flotaba el mundo. Así, para los sumerios, el abismo de agua dulce era el que había dado lugar al nacimiento del cielo y de la tierra, unidos en un todo, bajo la forma de una montaña, y de esa unión surgió el dios de la atmósfera, que fue quien los separó.
En las cosmogonías de los babilonios se pueden encontrar algunas como la que hace referencia al tiempo en que la totalidad del país era un mar. Los dioses primitivos eran creados o surgían, cual si hubiesen salido por emanación, de aquella pareja inicial. El primero de los dioses que apareció dotado de determinada personalidad fue Ea, dios de las aguas, denominado el procreador, y al que se describe antropomorfizado. En cuanto a los dioses más jóvenes, entraron en conflicto con sus antepasados debido al ruido que la generación más joven producía en sus salidas y entradas.
Pero tanto los dioses, como los hombres, como la tierra, formaban parte del cosmos, todos tenían una materia común primitiva, y se encontraban incluidos en su devenir. Y fue en la conciencia de los dioses donde tuvo lugar la génesis de los primeros deseos de muerte.
Sumerios y babilonios adoraron tres tipos de divinidades; el cielo, las aguas, la tierra y los infiernos, que corresponden a los diferentes elementos del mundo; el sol, la luna y las estrellas, que son las divinidades astrales; y el fuego, el rayo, el huracán y los dioses de la fecundidad, que constituyen las fuerzas de la naturaleza. Esto pone de manifiesto el intenso sentimiento de comunión con la naturaleza, a la par que la concepción de lo ilimitado del cielo, de la fuerza del viento y de la fecundidad de las aguas. El ser humano se siente así empequeñecido ante la inmensidad y ante el juego de las fuerzas de la naturaleza, y atribuye a los principios creadores unos sentimientos y una inteligencia comparables, o incluso superiores, a los de los hombres.

El antropomorfismo de las representaciones nunca ha sido desmentido: los dioses poseen cuerpo, cabeza, extremidades…, son de uno u otro sexo, tienen lugares en los que vivir, y también se desplazan. Es decir, que no se trata de simples espíritus. Todo esto resulta lógico dado que ellos forman parte del cosmos y porque, como la tierra y el cielo, salieron de la misma materia primitiva. Los dioses conservaron amoralismo, dulzura, brutalidad, majestuosidad…, sembraban el terror y castigaban, pero también inspiraban confianza y afectos.
La concepción sumeria y semita contaba con una regla que constituía el germen de la existencia de todos los seres vivos y de las actividades creadas, se trataba de una especie de arquetipo que dirigía y fijaba el funcionamiento y la naturaleza de la existencia. Los dioses poseían ese arquetipo o totalidad, y lo transmitían, pero no lo creaban, porque era un poder eterno, una fuerza sin igual, capaz de concretarse en los seres que la ejecutaban.
Mientras que los sumerios admitieron que existían poderes divinos abstractos, independientes de los dioses, los semitas, por su parte, no concibieron una trascendencia que fuera externa a los dioses, y lo que hicieron fue desarrollar al máximo el concepto de personalidad.

De todos modos, los babilonios, al aceptar y adoptar como suyo el panteón sumerio, asimilaron también sus propias divinidades a las de sus vecinos, y las circunstancias políticas no hicieron más que acelerar tal proceso. Cuando las monarquías de Asiria y de Babilonia lograron conformar unos imperios universales, esa unificación de territorios sirvió también para unificar el panteón. Al mismo tiempo que se produjo ese proceso unificador, ese movimiento hacia la unidad, se produjo un fuerte interés por profundizar en el mismo concepto de dios, aunque no se superó el antropomorfismo, sí que se llevó a cabo un esfuerzo de abstracción, y una insistencia en el sentimiento hacia lo desconocido.

¿Qué sucede entonces con el hombre?, pues que, en una concepción tan teocéntrica, el ser humano apenas tiene cabida, sólo puede ocupar un pequeño lugar, ha sido creado para servir a los dioses. Por su propia naturaleza, el hombre perpetúa el sacrificio de Kingu, es decir, que asume, de forma indirecta, la falta que los dioses cometieron, así como el castigo. Por lo tanto no puede admitirse un estado de pureza inicial para el hombre, dado que, aunque no haya cometido esa falta, su origen divino ya se encuentra manchado por ella, de modo que ha nacido impuro. El ser viviente era considerado como un todo, y el aliento proporcionado por los dioses al hombre permitía el nacimiento de éste, y al ser retirado tal aliento (que tomó el sentido de vida) el individuo se convierte en una especie de sombra indiferenciada que, o bien se retira a los infiernos, o bien vaga en busca de alimento y de una sepultura digna. Precisamente la suerte que puedan correr los muertos es lo que más preocupó a los narradores, esa oscuridad que les rodeaba, o el polvo del que probablemente se alimentaban…, la muerte trajo consigo y activó la reflexión acerca de la moral.

En Mesopotamia la justicia adquirió una gran importancia, las numerosas leyes y normas de los asirios y de los babilonios manifiestan esa preocupación jurídica. Pero esas leyes y esas normas que los soberanos propugnaban no trataban de servir únicamente para regular la vida social de los individuos, sino que ponían de relieve la preocupación por el hecho de que sea la justicia la que impere, así como el orden de los dioses, y manifiestan la justicia y el orden del mundo supremo de las divinidades. Ese interés por la justicia pretendía la supresión del perverso y del malvado, pretendía impedir que el débil fuera aplastado por el fuerte, para con ello proporcionar luz al país. Ahora bien, también se planteó el problema de cómo dar explicación al hecho de que el justo sufra y el perverso triunfe, puesto que si los dioses, que son los que gozan del mayor poder, tienen en sus manos la vida de los hombres y recompensan la justicia y castigan la iniquidad, ¿cómo explicar tal injusticia? El problema fue planteado ya en la dinastía Ur y hubo tres textos dedicados a esta cuestión. Ante todo, las soluciones apuntan hacia el hecho de que el sufrimiento da lugar a la certeza de la liberación, y desde ese momento se efectúa el ascenso. Los dioses conservan su poder y su control, pero sin olvidar la voluntad de comprender por parte del hombre y la creencia implícita en el valor que tiene la argumentación racional, que proporciona una integridad al ser humano capaz de enfrentarse a todo cuanto surja en su camino.








...por Ana González ...por Ana González


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