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Los neoplatónicos: O la pasión por la divinidad

El neoplatonismo viene a situarse al final del periodo helenístico y supone una síntesis de aristotelismo, pitagorismo y estoicismo con el deseo de que la aportación a la posteridad sea un volverse a la divinidad, una pasión espiritual en medio de una decadencia material.

Los neoplatónicos influyeron notablemente en el cristianismo.

Dieron a éste su impronta mística que totalmente desconocía una comunidad nacida como secta apocalíptica de una religión profética. Influyó, por ello, en la conformación de la cristiandad medieval que en sus místicos pudo comprobar la ascensión de la mente hacia Dios como la más preciada herencia neoplatónica e influyó así en el pensamiento moderno siempre que éste se interesara en la ardua depuración del concepto hacia la aprehensión de la unidad de lo real. Con él nace la “escolástica”, no propiamente dicha, sino en tanto filosofía que se pone al servicio de intereses religiosos.

Anmonio Sacas (175-242) fue el fundador nominal. Pero su verdadero iniciador es, sin lugar a dudas, Plotino de Licópolis, que vivió bastante tiempo en Roma, donde maravilló, con su vida y doctrina incluso a emperadores, como Galieno. Fue Porfirio, su discípulo, el que compiló sus obras en “Enneadas”, libros de nueve partes cada una.
Lo propio de Plotino es su insistencia en la trascendencia infinita de Dios. Para él, Dios está – del mismo modo que Platón hablaba sobre el Bien - “más allá del ser” (V, 5,6) o “más allá de la sustancia” (VI, 8,19) o “más allá de la mente” (III, 8,9). Las cosas no son creadas por él, sino que emanan de él y sin embargo él está más allá de todas las cosas. Por estar la causa del ser más allá del ser, no cabe en la palabra humana y por lo tanto es inefable, indecible. Tal vez sea el de “Uno” el nombre menos inadecuado para hablar de Dios, porque de él parte toda multiplicidad, pero en absoluto es su nombre ni se identifica con éste. Así inicia Plotino lo que más adelante se llamará Teología negativa.

Esa emanación – parecida a lo que los cristianos entienden por creación y que era imposible de concebir para la mentalidad griega – sucede de tal forma que la Divinidad la realiza permaneciendo inmóvil en medio de ella, la hace sin hacer nada, no la quiere, ni la desea ni la consiente, simplemente emana de ella como un suave olor. La divinidad, al pensarse (en actitud parecida a la divinidad aristotélica) se piensa a sí misma y así origina el Intelecto o Demiurgo (platónico), que es su propia imagen. Éste, al ser consciente de él, emana al Alma del Mundo, imagen del Intelecto, que es la Providencia (estoica) sobre todas las cosas. Así, todos los seres van emanándose unos a otros, de tal modo que se degradan poco a poco en seres inferiores. La Luz de la divinidad, más divina, si cabe, que el Uno, ilumina como una inmensa linterna las emanaciones que, ya lejos de ella, se sumen poco a poco en la sombra de la imperfección y la inanidad.

Dios, Intelecto y Alma del Mundo conforman el mundo inteligible, mientras que el mundo material está constituido por otro principio, fuente de imperfecciones, que es la materia. Ésta es lo opuesto a Dios en la escala de la luz, lo más sombrío, donde la realidad está privada de la misma realidad y donde triunfa el mal, ya que el Bien está en la luz y lo ilumina muy remotamente.

Formando parte de la Alma del Mundo están todas las almas individuales. Ella ha impactado en el mundo suscitando la unidad de todos los vivientes y haciendo que el peso de una común simpatía, la gravedad de una compasión, recorra a todos los seres animados. Todos somos parte de un Alma única. Ser consciente de esa común unidad aporta cohesión entre los seres humanos y con todos los animales de almas inferiores.
La belleza del mundo es el reflejo de la belleza del Alma universal que lo empasta. Para ser conscientes de esa belleza es necesario habituarse a la contemplación del todo, donde cada parte, aún la más material, imperfecta o malvada tiene su razón de ser y su función.

El sabio no precisa salir fuera de sí. Es, según Plotino, influido por los estoicos, profundamente autosuficiente para su felicidad. Así para encontrar la verdad le basta ser consciente de sí. Sólo mediante una vuelta a la interioridad puede el ser humano encontrar el camino de la Divinidad. El sabio debe aislarse de las cosas exteriores y auscultar su corazón. Por eso, nos dirá Plotino que el primer deber del sabio es liberarse de las preocupaciones corporales y purificarse de los vicios. Prudencia, templanza, fortaleza y justicia serán sus aliadas para el progresivo camino de renuncia a las dependencias exteriores. Pero éstas son vías negativas de purificación, las que encontrará y cultivará el cristianismo; sin embargo, Plotino recomienda también y complementariamente vías positivas de purificación como son la música, el amor y la filosofía. Por ellas, “placenteramente”, el alma retorna a Dios. Por la música llegamos a admirar y querer la armonía en todo; por el amor, el ser humano pasa de la admiración de los cuerpos bellos a la consideración de la Belleza que está familiarizada con la Bondad y acercan a la Divinidad; por la filosofía, en último lugar, podrá abstraer de la Belleza a Dios, Suma Belleza; pero no basta con la consideración de la Inteligencia, ya que ésta se configura en una separación del polo objetivo y el polo subjetivo del conocimiento. Nuestro intelecto no conoce al Uno, porque es esencialmente división, dialéctica. Sólo en “éxtasis” de amor, simple y directo, podrá el alma llegar a la Divinidad y esto, en raras ocasiones. Se cuenta que el propio Plotino gozaba de estos éxtasis ocasionalmente.

No le faltaron a Plotino seguidores inmediatos. En la Escuela Siriaca nos encontramos con Jámblico de Calcídica, que conectó las creencias populares del mundo romano con las emanaciones plotinianas. El emperador Juliano el Apóstata, que odiaba el cristianismo y quiso eliminarlo, propuso su sustitución por esta variante del neoplatonismo. La Escuela neoplatónica de Atenas tuvo como representante insigne y principal neoplatónico, tras Plotino, a Proclo, al que se debe el dar a la doctrina de las emanaciones un fundamento más racional y basado en la profundización de la “conversión en sí” que realizan todos los seres superiores. Asimismo, añade como camino positivo para acercarse a la Divinidad la “fe”, con lo cual se hizo particularmente afecto a los filósofos y teólogos medievales, revestido de autoridad aristotélica.

Puede considerarse a Boecio el último de los neoplatónicos en el imperio romano. Con él nos hallamos muy cerca de la mentalidad medieval y del impulso al pensamiento cristiano aportado por Aurelio Agustín.

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