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Los filósofos de la naturaleza presocráticos: El principio de todas las cosas

El agua, el aire, el infinito…, se convirtieron en los elementos fundamentales para dar razón del origen del cosmos y de todo cuanto en él habita.

Tales de Mileto fue el fundador de la denominada filosofía de la naturaleza, debido a que fue el primero en defender y afirmar que el principio de todas las cosas era el agua. Además, el hecho de utilizar el término “principio” también supuso una contribución muy relevante al nacimiento de la filosofía y del pensamiento y la civilización occidentales. El principio constituye el origen y fuente de todas las cosas, a la vez que el lugar último de todas las cosas; es aquello de lo que provienen todas las cosas, aquello por lo que subsisten, y por lo que son, y aquello a lo que regresan. Así, los primeros filósofos, incluido Tales, llamaron a ese principio “physis”, es decir, “naturaleza”, en el sentido de una realidad primigenia y fundamental, de ahí que fueran conocidos como físicos o naturalistas.

La idea de identificar el principio de todas las cosas con el agua se debe al hecho de que Tales advirtió que el sustento de las cosas era húmedo, y una total desecación provocaría la muerte, así es que, puesto que la existencia está vinculada a la humedad, y la humedad presupone el que haya agua, será el agua la fuente de la vida. Del agua proviene todo, por medio del agua se sustenta la vida, y todo cobra su fin también en el agua.

Algunos estudiosos han considerado a Homero como antecedente del pensamiento de Tales, dado que el Océano y Tetis eran el padre y la madre de las cosas, pero la concepción de Tales está basada en un razonamiento puro, en el logos, su argumentación es racional, mientras que Homero se fundamentaba en la mitología, y en un pensamiento mágico-poético.
Ahora bien, el agua como principio de todas las cosas, ha de ser entendida de manera global, es el líquido originario del que todo se deriva, y no un mero elemento químico, ni la simple agua que bebemos. El agua llega a coincidir con lo divino, porque no constituye algo generado, sino porque es principio.
El más conocido discípulo de Tales fue Anaximandro de Mileto, autor de un tratado “Sobre la naturaleza”, del que apenas queda algún fragmento. Fue el primer tratado de filosofía de Occidente, y el primero escrito, además, en forma de prosa griega.
Anaximandro continuó preocupado por el problema del principio, y dejó de considerar que el agua fuera lo primigenio y originario, sino que, para él, era del infinito, de una naturaleza infinita, de donde provenían todas las cosas que existen. Aquello que carece de límites, tanto internos como externos, es en lo que consiste el principio, un principio que gobierna y que rige todo, y que da origen a todas las cosas. Además, este infinito también se presenta como lo divino, puesto que se caracteriza por la inmortalidad.
Así es que, estos primeros filósofos de la naturaleza presocráticos no perciben lo divino, el principio, como algo diferente del mundo, sino como la esencia misma del mundo.

Aunque Tales no llegó a preguntarse acerca de cómo y por qué razón las cosas proceden de un principio, Anaximandro sí que lo hizo, y consideró que el mundo estaba constituido por una serie de contrarios, y que éstos tenían la tendencia de atropellarse los unos a los otros (como por ejemplo el calor y el frío). El nacimiento implica, precisamente, la contraposición al otro contrario, y debido a que el mundo nace de una escisión de contrarios, ahí radica ya la primera injusticia palpable, que tendrá que ser expiada por medio de la muerte del mundo, que volverá a renacer, de forma indefinida, conforme a una serie de ciclos.
De la misma manera que el principio es infinito, también lo son los mundos, unos se preceden y se siguen en una cadena infinita; cada mundo nace, vive y muere, y coexiste con una serie infinita de mundos, que a su vez nacen, viven y mueren.
La génesis del universo se basa, entonces, en el movimiento eterno de los dos contrarios elementales, el frío y el calor. El frío, elemento líquido, habría sido transformado en aire por el fuego y el calor que se encontraban en la esfera circundante. La esfera del fuego, a su vez, se dividió en tres partes, dando lugar a la esfera del sol, la esfera de la luna, y la esfera de los astros. Y el elemento líquido se congregó en los agujeros de la tierra, formando los mares y los océanos. La tierra, de forma cilíndrica, permanece suspendida mediante un equilibrio de fuerzas. Los animales surgieron por la acción del sol sobre el elemento líquido, y después se fueron desarrollando hasta alcanzar una mayor complejidad. Esta concepción de la formación del cosmos pone de manifiesto la avanzada mentalidad que fue más allá del ámbito del mito.

En Mileto también vivió Anaxímenes, discípulo de Anaximandro, quien continuó considerando el principio como necesariamente infinito, pero que lo pensó como aire infinito, como una sustancia aérea ilimitada. Para Anaxímenes, el aire y el soplo son los que abarcan todo el cosmos, puesto que además, el aire se puede concebir de forma muy fácil como un movimiento perenne, y admite todo tipo de variaciones y de transformaciones para poder dar origen a una gran diversidad de cosas (si se condensa se enfría y se convierte en agua, y después en tierra, y si se calienta se convierte en fuego). Es así que, la variación de tensiones en la naturaleza, da lugar al origen de todas las cosas. Anaxímenes fue capaz de proporcionar una causa en consonancia con el principio y en armonía con la naturaleza, por lo que se convirtió en el paradigma del pensamiento jónico.
Heráclito de Éfeso, de personalidad conflictiva y poco sociable, escribió aforismos que redactó de forma oscura y con sentencias que recordaban a las de los oráculos, para con ello alejar al vulgo y evitar las críticas y los menosprecios por parte de quienes creen entender lo que en realidad no entienden.

En Mileto se había apreciado el dinamismo de las cosas del cosmos, que nacen, viven y mueren, y se consideró que ese dinamismo constituía un rasgo especial del principio que gobierna a todas las cosas. Pero no elevaron ese dinamismo al nivel al que lo hizo Heráclito, que aseguró que todo fluye y que nada permanece, que todo cambia y se modifica. De ahí su conocida afirmación del río en el que no podemos bañarnos dos veces siendo el mismo. El río, en apariencia, es el mismo, pero sus aguas son siempre nuevas y diferentes, por eso no se puede ir dos veces a la misma agua de un río, porque cuando el agua baja por segunda vez ya no es la misma y porque, nosotros tampoco somos los mismos, cambiamos y, cuando nos hemos sumergido en el agua y salimos, ya nos hemos convertido en alguien distinto del que éramos al sumergirnos por vez primera. Por ello asegura Heráclito que entramos y no entramos en el mismo río, y también que somos y no somos, porque dejamos de ser lo que éramos en el momento en el que somos lo que somos y, para continuar siendo, debemos dejar de ser lo que éramos en el momento inmediatamente anterior. Para Heráclito esto es aplicable a toda la realidad, sin excepción alguna, y le sirvió para desarrollar un pensamiento aún más complejo, puesto que el devenir, al que todo está sometido, se caracteriza por el continuo discurrir de un contrario a otro, que genera una especie de perpetua lucha en la que los contrarios se van alternando. Y dado que las cosas sólo parecen adquirir su realidad en ese devenir, es necesaria la lucha entre opuestos para alcanzar la armonía.

El fluir de las cosas y su devenir universal se manifiestan como una armonía de contrarios, como una conciliación y pacificación: lo que es diferente acaba concordando consigo mismo.

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...por Ana González ...por Ana González


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