La poesía, con la magia de sus versos, se convirtió en un cauce para difundir el pensamiento filosófico entre el pueblo llano.
La población de Europa, que vivió bajo la influencia de la cultura musulmana, desarrolló una vida en la que, aunque estuvieran presentes las costumbres y tradiciones del pueblo árabe, era la naturaleza la que regulaba los usos cotidianos. En el ámbito rural, la tierra era la materia prima de la que vivían los labradores medievales. En Sicilia la agricultura era variada y rica, legumbres, frutas, olivos, azafrán, azúcar, algodón…, además del cultivo de cereales y de la ganadería. Y esta riqueza también fue propia de Granada y de la región andalusí.
Es cierto que se produjeron crisis debido a las malas cosechas, y al elevado número de muertes y de emigraciones, en algunos de los cantos mozárabes se implora a Dios para que ponga fin a estos desastres, y también queda constancia de ello en el calendario agrícola del obispo Recemundo, que manifiesta la inquietud ante las ráfagas de viento que se levantaban en el mes de mayo y que destruían plantas y cosechas enteras.
El agua también era objeto de gran atención por parte de los hombres, que cuidaban sus acequias para poder tener dos cosechas al año, gracias a que controlaban las irregularidades de las precipitaciones naturales y podían tener un mínimo de humedad en sus plantaciones. Los conductos se realizaban con porcelana y canalizaban el agua conduciéndola hacia las tierras más sedientas.
Los molinos de agua formaban parte del paisaje, y eran utilizados en zonas como Granada, en ellos se trabajaba con cereales, y con hojas de alreña, de las que se obtenían colorantes que luego eran usados para colorear telas, para fines medicinales, y para que las mujeres y hombres tiñeran sus manos y pies, lo que proporcionaba un toque de distinción e, incluso, algunas mujeres elegantes se teñían el pelo, que quedaba de un color rojizo.
En “El calendario de Córdoba” se describían los trabajos agrícolas que habían de llevarse a cabo cada uno de los meses, así como los progresos que debía seguir cada producto. Y tanto en el campo como en la ciudad, la evolución y cambio de las estaciones se tenía muy en cuenta, y se vinculaba con la marcha de las cosechas.
En cada una de las ciudades, las distintas artes y oficios se agrupaban en calles, en zocos, que eran controlados por un encargado que verificaba las medidas y los pesos del mercado y que trabajaba en dependencia directa de las autoridades árabes. El arte de la alfarería fue uno de los más destacados, se fabricaron jarras, platos, ánforas, fuentes, tuberías para canalizar el agua, etc., y todos estos elementos eran obra de los alfareros, que se convirtieron en unos excelentes especialistas en la talla y temple del vidrio (las copas traslúcidas, las fuentes esmaltadas, y los tableros de ajedrez fueron algunos de los trabajos más destacados de los talleres).
Pero el antiguo árabe nómada buscaba, sobre todo, una civilización urbana. La civilización islámica se basaba en la cooperación entre los individuos, nómadas y urbanitas, y en la unión de los modos de vida urbanos y los propios de la vida rural y agrícola. Así, fue en las ciudades donde el Islam pudo catapultarse e influir en la civilización de Occidente. El brillante desarrollo urbano del mundo árabe se llevó a cabo en España y Sicilia, destacando la enseñanza y aprendizaje de las ciencias, que hacía posible la transmisión del saber de una generación a otra. El desarrollo cultural se debe así, en buena medida, a la civilización urbana, que es fruto, a su vez, del desarrollo de la industria y del comercio, del avance técnico y del crecimiento del humanismo. Y ni siquiera ciudades como Roma o París pudieron superar, en la Edad Media, ese esplendor de las regiones de Sicilia y de España, únicamente Constantinopla podría acercarse. Palermo constituyó, en la región de Sicilia, la réplica de Córdoba (que fue el mayor núcleo urbano de la Europa árabe medieval), ambas ciudades se consolidaron como los dos polos del Occidente musulmán.
Las verdaderas “regiones urbanas”, las “grandes ciudades”, como lo fue la “Gran Córdoba”, contaban con una serie de características distintivas. La urbe era una congregación de fieles, que honraban en ella a su dios, de modo que la vida giraba alrededor de la religión, y la ciudad se estructuraba en torno a la mezquita (ésta se correspondía con el ágora griega, o el foro romano). Y, desde el púlpito, el gobernador o soberano dirige los rezos y gobierna el pueblo, lee los nombramientos, los bandos, en definitiva, todo aquello relacionado con los asuntos de interés público. La mezquita es el templo del saber, el lugar en el que se enseña el “Corán”. Pero también las ciudades musulmanas de la época medieval son núcleos del sincretismo, y a ellas llegan las obras de Platón y Aristóteles, así como las obras de la filosofía helénica, a través de los escritores árabes. Surgió la enseñanza y, con ella, la figura del maestro, cuyo salario era una cantidad anual que el padre de cada alumno le entregaba y que, en ocasiones, se veía incrementado con determinados productos como harina, aceite…, y otros regalos que sus pupilos le hacían en los días de fiesta y en el día en el que el niño se sabe el “Corán” de memoria. La poesía árabe, de raíces beduinas, influyó en la mentalidad de los individuos, porque no sólo se difundió entre las clases más ricas y refinadas, sino que tuvo una enorme acogida por parte de la gente del pueblo, dado que conservaba cierto residuo mágico, a través del verbo y de las imágenes, que atraía al pueblo llano. En algunos lugares se llegaron a organizar, durante años, concursos poéticos, en los que la competencia era entre poemas en árabe, y versos neolatinos.
En el pensamiento filosófico, fue Averroes el principal y más destacado pensador, al difundir las ideas de Aristóteles, pero también al tratar de vincular fe y razón, y defender la omnipotencia divina. El pensamiento de Averroes cobró relevancia en todo el mundo cristiano, aunándose con el desarrollo científico que provenía de Oriente. Los árabes introdujeron en Occidente toda la cultura relativa a la astrología, que tomaron de Babilonia, y así se percibe en los calendarios agrícolas. Los signos y los símbolos del zodíaco se estudian, se debaten, se calculan, y se tienen en cuenta para llevar a cabo y emprender diferentes empresas, algunos gobernantes no iniciaban una determinada acción hasta la fecha indicada por su astrólogo personal.
Se estudiaban los movimientos de las estrellas, del sol y de la luna, y con la invención de las clepsidras pueden saber la posición que cada astro ocupa a cada hora. El reloj solar, ya conocido en la etapa de los faraones, se convierte en un elemento cotidiano, y se encuentra en patios, parques, jardines, indicando la hora mediante la proyección de la sombra de la placa triangular colocada en una superficie plana.
El uso y la fabricación del papel y de la brújula, que los árabes habían extraído de las enseñanzas chinas, se difundió por Occidente. Y el deseo de volar se hizo de nuevo presente en la investigación científica a través del andalusí Ibn Firnas, que obtuvo mejores resultados que el conocido Ícaro.
En el ámbito de la medicina, los árabes congregaron el saber de las medicinas griega, iraní, judía y cristiana, además de unir rasgos de la astrología y de la botánica. Elaboraron calendarios dietéticos que establecían relaciones entre las estaciones del año y los humores, o fluidos, del cuerpo. Los solsticios y equinoccios eran considerados inadecuados para llevar a cabo operaciones o para tomar medicamentos. Así, muchos de los consejos árabes se fueron transmitiendo de una generación a otra a lo largo de los siglos (al menos eso sucedió en la región de la España cristiana), y la medicina fue cobrando un estatuto y un rango preeminentes debido al conocimiento de la botánica y al empirismo a ella vinculado.

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