En lenguaje corriente nos servimos continuamente de reglas y artificios para intentar llevar la razón en una conversación. Otra cosa es que la tengamos realmente.
Aceptemos la siguiente definición de lógica: el estudio de los métodos para distinguir el razonamiento correcto del incorrecto (o lo que es lo mismo: en qué consiste que un razonamiento sea correcto). La lógica formal se ocupa de las reglas para ello, sus propiedades, causas y consecuencias. La lógica no formal (o lógica informal, o dialéctica) se ocupa en cambio de los razonamientos que pretenden ser correctos, es decir, que pretenden prevalecer no en función de su corrección o ajuste a la verdad si no en función de su capacidad de persuasión. Este tipo de argumentos son conocidos con el nombre de falacias.
Pocos filósofos se han interesado por esta rama de la lógica, pese a que tuvo un arranque prometedor con Sócrates, los sofistas, Platón y Aristóteles (”Refutaciones sofísticas”, “Tópicos”). Durante siglos ha tenido más peso el estudio de la lógica formal. Podemos vislumbrar el uso de razonamientos falaces en los grandes oradores griegos y latinos (Demóstenes, Isócrates, Cicerón…), pero hemos de dar un salto hasta Locke para encontrar algún intento de sistematización. Kant y Hegel retoman el término “dialéctica” en sus doctrinas filosóficas, y Schopenhauer lo utiliza relacionándolo con la idea de los argumentos falaces. Este último filósofo distingue entre dialéctica (que aborda los argumentos que pretenden ser verdaderos, independientemente de que lo sean o no) y sofística (que se ocupa de los argumentos falsos pero que pretenden pasar por verdaderos). Es decir: para Schopenhauer la dialéctica deja de lado la cuestión de la verdad o falsedad y se centra en la pura discusión, en las reglas o trucos discursivos con los que un orador trata de hacer prevalecer sus razonamientos. Tomando como base esta idea, la lógica no formal se convierte en el estudio de los métodos por los que un razonamiento pretende ser correcto.
Actualmente existe abundante literatura sobre la lógica no formal, y los intentos de sistematización son múltiples. Ello nos da idea de que la tarea no es fácil, sería imposible hacer una enumeración rigurosa de todas las falacias no formales. Una de las posibles clasificaciones de falacias es la que se muestra a continuación:
Falacias de NON SEQUITUR (no se sigue) o de la conclusión equivocada: denominación genérica para todos los argumentos en los que la conclusión no se sigue de las premisas planteadas. Bajo esta definición podemos recoger los siguientes casos:
Falacia del SECUNDUM QUID: se comete al dar crédito a un argumento basado en una regla, sin tener en cuenta que pueda haber excepciones. Por ejemplo: la regla de que siempre se ha de hacer caso a los padres puede tener excepciones (si te dicen que te tires por la ventana, o que cometas un delito).
Falacia POST HOC: a la inversa de la anterior: consiste en aceptar o rechazar un argumento basado en una regla general alegando excepciones irrelevantes. Por ejemplo: es falaz el argumento de que comer cacahuetes produce la muerte porque hay gente que se atragante con ellos.
- ARGUMENTUM AD BACULUM: recurrir a la fuerza, a la amenaza, es decir: concluir algo sobre la base de una amenaza. De la aplicación del miedo no se puede seguir la verdad de ningún argumento.
- ARGUMENTUM AD HOMINEM: Ofensivo y defensivo (AD PERSONAM): cuando para apoyar o refutar un razonamiento se alude directamente a quien lo sostiene o a quien lo niega, en lugar de a aspectos del propio razonamiento. Es la falacia de la alabanza y el insulto. Según Schopenhauer, en el argumento “ad personam” nos olvidamos del objeto a discutir y nos centramos en la persona, a la que tratamos de ofender siendo groseros e insultantes.
- Circunstancial (TU QUOQUE -”tú también”-): consiste en desacreditar a quien trate de refutar un razonamiento acusándole de hacer o defender lo que condena (o de no hacer lo que profesa). Por ejemplo, el cazador que se defiende de los defensores de animales diciendo que ellos comen carne también, utiliza un argumento claramente falaz.
- ARGUMENTUM AD IGNORANTIAM y ARGUMENTUM EX SILENTIO: cuando no hay pruebas para refutar lo que se argumenta, se concluye que es cierto. Es decir: la verdad de un argumento se basa en la imposibilidad circunstancial de refutarlo. Por ejemplo, mientras no se demuestre que no existen los ovnis, debemos concluir que sí existen. Pero también: mientras no se demuestre que existen los ovnis, debemos concluir que no existen.
- ARGUMENTUM AD MISERICORDIAM: consiste en apelar a la piedad del interlocutor para establecer la verdad de un razonamiento.
- ARGUMENTUM AD POPULUM: cuando se intenta probar mediante el peso de la opinión cosas que no son opinables.
- ARGUMENTUM AD VERECUNDIAM: recurrir a alguien destacado, una autoridad en una materia, para defender un argumento relacionado con otra cosa. Por ejemplo la publicidad que se sirve de actores conocidos.
- Causa falsa: pretende asentar la verdad de un razonamiento simplemente porque las premisas preceden en el tiempo a la conclusión, olvidando si existe una relación causal.
Falacia del accidente: consiste en tomar una propiedad accidental como esencial, lo que conduce a errores al generalizar y al definir. Por ejemplo: todos los alemanes son rubios.
Falacia de la afirmación gratuita: se comete cuando no se da razón de las propias afirmaciones, sino que se sostienen sin más.
Falacia del antecedente: consiste, en un argumento condicional, en negar el antecedente de la condición para obtener así una conclusión que no se sigue de las premisas. Por ejemplo: los catalanes son españoles y los vascos no son catalanes, luego los vascos no son españoles.
Falacia del consecuente: similar a la anterior, consiste en afirmar el consecuente para obtener una conclusión errónea. Por ejemplo: los catalanes son españoles y los vascos son españoles, luego los vascos son catalanes.
Falacia por conclusión desmesurada: consiste en obtener a partir de datos ciertos una conclusión que va más allá del alcance de esos datos. Por ejemplo: las mujeres están mejor dotadas que los hombres para las tareas del hogar, porque son ellas mayoritariamente las que las realizan.
Falacia AD CONSEQUENTIAM: pretender afirmar o refutar un argumento apelando a consecuencias irrelevantes para lo que se intenta demostrar. Es decir: un razonamiento es falso porque sus consecuencias no interesan o son desagradables, o bien es verdadero porque sus consecuencias son convenientes. Por ejemplo: el argumento de que una determinada marca de calzado es la mejor, la más cómoda, pretende ser cierto porque tal marca proporciona prestigio a quien lo lleva.
Falacia por falsa disyunción: se produce cuando en una disyunción los términos no son exhaustivos o no son excluyentes. Convierte en falaces a los argumentos disyuntivos que se formen a partir de ella. Que una disyunción no sea exhaustiva quiere decir que no agota todas las posibles opciones (o es blanco o es negro), y que no sea excluyente significa que las opciones pueden darse simultáneamente (o es alto o es blando).
Falacia de falso dilema: un dilema es aquel razonamiento que, presentando dos caminos para llegar a su conclusión, ésta siempre es la misma. Por ejemplo: si salgo de casa me aburriré porque no sé dónde ir, y si no salgo me aburriré porque no tengo nada que hacer, así que haga lo que haga me aburriré. Se produce una falacia de falso dilema cuando se emplean términos en disyuntiva que no son ciertos, exhaustivos o excluyentes, tal como se ha explicado en la falacia por falsa disyunción. Por ejemplo: el argumento de que se han de destruir los libros de una biblioteca porque si están de acuerdo con la Biblia son inútiles por superfluos, y si están en contra son nocivos. Tal argumento es falso, ya que las premisas no son exhaustivas (puede haber libros que no estén ni a favor ni en contra de la Biblia).
Falacia del jugador: consiste en afirmar que si se produce un suceso aleatorio, sus probabilidades de aparecer de nuevo cambian significativamente. Por ejemplo, el argumento de que no se compre tal o cual número de lotería porque ya ha salido varias veces y es difícil que vuelva a pasar, es claramente falaz por cuanto la aleatoriedad de los números es en cada sorteo la misma.
Falacias de ambigüedad: usar palabras o frases ambiguas en un argumento.
Anfibología: consiste en utilizar palabras ambiguas en un argumento para obtener una conclusión aparentemente cierta. Por ejemplo: el fin de una cosa es para qué sirve, y la muerte es el fin de la vida; luego la muerte es para lo que sirve la vida. El argumento es falaz por cuanto el primer uso de la palabra “fin” tiene el sentido de finalidad, utilidad, y el segundo el de acabamiento.
- Equívoco: el mismo caso que el anterior, pero cuando se trata de frases ambiguas. Un ejemplo claro es el que relata Herodoto en su Historia, cuando el rey de Lidia Creso consultó al oráculo de Delfos qué sucedería si atacara al imperio persa; el oráculo respondió que si así lo hacía destruiría un gran imperio. Creso atacó y salió derrotado, destruyendo así un gran imperio: el suyo.
- Énfasis: falacia que consiste en resaltar algún elemento de un argumento para dar a entender algo que no se deduce explícitamente de él. Por ejemplo: si en el argumento “no debemos hablar mal de los amigos” enfatizamos “de los amigos”, parece dar a entender que podamos hablar mal de los que no lo son, cosa sobre la que el argumento no dice nada.
- Ambigüedad sintáctica: argumento basado en una construcción gramatical equívoca que da lugar a malentendidos. Por ejemplo: Juan le dijo a Pedro que su madre estaba mal (¿la madre de quién?).
- La composición: concluir que un conjunto tiene ciertas propiedades porque sus partes las tienen. Por ejemplo: un equipo de fútbol es muy bueno si todos sus jugadores lo son.
- La división: concluir que algo tiene ciertas propiedades porque el conjunto al que pertenece las posee. Por ejemplo: si un equipo de fútbol juega muy bien es que todos sus jugadores son muy buenos. O también: las focas están desapareciendo; este animal es una foca; luego esta foca está desapareciendo.
Falacia de PETITIO PRINCIPII: consiste , en una argumentación, en dar por sentado aquello que se pretende concluir. Por ejemplo: Sócrates fue maestro de Platón porque éste fue su discípulo. No todo argumento circular es falaz.
La pregunta compleja: cuando se formula una pregunta que contiene en sí misma varias cuestiones, pero se pretende que la respuesta sea breve para así poder obtener una conclusión falaz. Se busca un sí o no, verdadero o falso, o una respuesta breve en cualquier caso. Por ejemplo: ¿ha dejado de pegar a su mujer?, o ¿se manchó de sangre al matar a la víctima?

Enlaces Patrocinados:
Otros Reportajes:
Filosofía y lenguaje: De los universales a las teorías del significado »
Comentario del “Prólogo” de “La religión dentro de los límites de la mera razón” de Emmanuel Kant »










Estás en:



(4 votos, promedio: 3.5 de 5)
Estás en:
MundoFilosofía | Análisis y comentarios | Las falacias del lenguaje: La lógica no formal

