Algunos de los principales miembros de la Escuela de Frankfurt estuvieron especialmente interesados en poner de manifiesto la importancia del arte.
El interés que los filósofos W. Benjamin y T.W. Adorno evidenciaron por el arte (literatura, pintura, música…) permitieron que aplicaran su concepto de crítica a diferentes obras pertenecientes a los distintos ámbitos artísticos e, incluso, que pudieran también trabajar con ese concepto en relación con su preocupación por el lenguaje, la comunicación y la expresión de aquello que el ser humano es.
Para T.W. Adorno, el concepto de la libertad de opinión y expresión, concepto en el que se basa la crítica de la cultura, goza de una dialéctica propia, la crítica trata de convertir el saber general en energía para la consideración de la cosa misma. Así es que, ante una forma como la novela, Adorno se centra en la posición que pueda ocupar el narrador, y advierte acerca de la paradoja de que, aún siendo difícil narrar en la actualidad, la forma novela exige e implica la narración. En la moderna narración, el sujeto poético se emancipa de todo convencionalismo, y surge un nuevo lenguaje que evoluciona a través del monólogo del novelista. La obra de arte moderna sirve así a la libertad, en la medida en que es testigo de la situación en la que se encuentra el individuo, y parece ofrecerle algún tipo de garantía para que éste sea capaz de aventurarse en la búsqueda de un sentido para la existencia y para el mundo en general.
En W. Benjamin, la narración se percibe como un arte próximo a la extinción. Su creador, el narrador, se nutre de experiencias que se transmiten de boca en boca, y proporciona consejos para el que le escucha, a modo de propuestas para el transcurso de la vida, esto es, sabiduría para el desenvolvimiento del individuo. Pero Benjamin asegura que la aparición de la novela en la época moderna es lo que ha propiciado el ocaso de la narración, dado que la primera nace del individuo en su soledad, y pone de relieve el desconcierto del ser humano ante la vida, así como la falta de consejo. Y el arte de narrar se ve desplazado no sólo por la forma novela, sino también por la introducción de la información, que se renueva a cada instante, y se manifiesta como siempre actual. Mediante la narración se establece una red entre el que cuenta la historia y el que la escucha, que ha de prestar atención a lo escuchado y olvidarse de sí mismo para que el arte de narrar (el “don” como lo denomina Benjamin) le invada. La narración goza así de un carácter artesanal, se convierte en una composición escrita que pertenece al ámbito de la artesanía. Por su parte, la novela se mueve y se desarrolla alrededor del sentido de la vida, y toma la “rememoración” como principal musa, puesto que el novelista pretende eternizar la memoria, además de revelar el vínculo entre el sentido de la vida y la muerte. Pero la figura del narrador, cercano al sabio y al maestro, recurre a “toda una vida” para proporcionar consejos para muchos casos, involucra la experiencia propia y la experiencia ajena, y narra su vida y manifiesta su dignidad, hace de la totalidad de su vida una narración, de modo que a su alrededor se crea una atmósfera en la que resulta más fácil apresar el material con el que trabaja: la vida humana.
En escritores como Proust encontraríamos que lo verdaderamente importante es el tejido del recuerdo, la manera en la que se reelabora la rememoración. Los textos de Proust se perciben como un tupido tejido plagado de recuerdos que carecen de la finitud propia de los acontecimientos vividos, por lo que el texto adquiere unidad a través de ese acto puro del recordar. Surgen en Proust aspectos de una eternidad que es tiempo entrecruzado, no tiempo ilimitado, el espacio en el que se desenvuelve tal eternidad no es otro que el que vincula el recuerdo y la edad. Aunque aquello en torno a lo cual se desarrolla y gira la obra de Proust es la soledad, y también su propia enfermedad, su asma nerviosa, que le sirve de “excusa”, de recurso, para llevar a cabo sus obras (incluso se llegó a especular con la posibilidad de que hubiera sido su arte el que hubiera creado la enfermedad). Su respiración penetraba su escritura, sus momentos de asfixia, la amenaza constante de la muerte…, todo ello queda reflejado en su obra, a la vez que se convierte en el cimiento para el proceso creativo.
Y ese “tejer” que W. Benjamin percibe en las obras de Proust, es el que Adorno advierte en algunas obras musicales de compositores del siglo XX, como A. Schönberg, en particular en piezas breves, compuestas hacia 1910, que expresan y representan una tensión interior, propia de los movimientos musicales de esa época. El acto de componer contiene en sí una fuerza subjetiva pero, al mismo tiempo, estas cortas piezas manifiestan una independencia con respecto al compositor, que permite que surja la denominada “vida pulsional de las sonoridades”, que hace que el artista pueda escuchar, más que verse impulsado, casi obligado, a producir. Las pequeñas piezas de Schönberg son “construcciones” micrológicas, en forma de aforismos, puesto que en ellas se condensan sentimientos, expresan, en un reducido ámbito, diferentes caracteres, cada uno de los cuales ha de ser él mismo, a la vez que ha de prestar atención a los detalles y al resto de los acontecimientos. Los elementos parciales han de estar vinculados los unos con los otros, de modo riguroso, pero a su vez han de estar definidos claramente para poder dar lugar a una forma articulada, además de que, tras cada nota, subyace un pensamiento individual. Esta idea se percibe en los Gurrelieder de Schönberg, gestados en Viena a comienzos del siglo XX. La composición, aunque accidentada, pone de relieve rasgos del carácter y de la personalidad del músico, como su obstinación y su idealismo. El estreno, dirigido por Franz Schereker, obtuvo un gran éxito, el mayor que Schönberg conoció en vida, de ahí que, en una conferencia pronunciada por el músico en Denver, el 11 de octubre de 1937, el título fuera Cómo acabas quedándote solo (How one becomes lonely). Es por esto por lo que T.W. Adorno define la tarea de componer como una tarea de ajedrez, en la que se ha de componer de un solo aliento, pero hacerlo de modo articulado. Siendo la materia de la música el sonido, éste tiene que ser capaz de producir arte en todos sus efectos y peculiaridades, las sensaciones que produce influyen en la forma, en la obra musical, de la que el sonido es un elemento constitutivo.
Pero el nacimiento de una obra de arte no depende exclusivamente de leyes, sino que también depende de otras condiciones alejadas a la ley, aprender a amar un movimiento, una agitación espiritual…, estos elementos proporcionan otras perspectivas y condiciones para la creación artística, que permitirán comprender que la armonía o proporción, no supone la inmovilidad de factores inertes, sino un equilibrio de fuerzas. En un organismo bien conformado, como el que supone una obra de arte, no resulta verosímil que suceda algo que carezca de influjo sobre el conjunto. Y ese proceso de condensación y de plasmación de pensamientos en los compases de una composición musical, a la par que el colorido, también contienen en sí una función creadora, generadora de la forma. La música reclama que se siga produciendo algo sin interrupción, de ahí que resulte posible obtener conocimientos incluso de aquello que aún no ha sido compuesto, y adentrarnos en ello. Es la tensión entre los extremos lo que proporciona forma a la moderna actividad compositiva.
Esto pone de relieve la importancia que para filósofos como Adorno tiene el que en toda producción artística intervenga el “hombre entero”, es decir, que en toda manifestación de la obra de arte, en todo conocimiento científico, lo mentado sea el hombre entero y el todo de la humanidad. La obra de arte se percibe entonces como el símbolo del individuo que no se rinde, del individuo dueño y consciente de sí mismo. Y el no dejarse engañar, el no dejarse embaucar, es el modo de comportamiento exigido por el arte moderno, el modo exigido por la obra que se niega a entrar en el juego de un falso humanismo.

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