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La muerte de la divinidad en la civilización azteca: Cultura, filosofía y religión, tres caras de lo mismo

La cultura de los antiguos aztecas pretendía tener una representación humana de sus dioses, en aras de una identificación completa con la trascendencia divina.

Ninguna civilización se ha presentado nunca desnuda ante los ojos de la posteridad, sino que aparece siempre vestida con lo que se suele etiquetar con la palabra “cultura”. La cultura griega, la cultura maya, la cultura azteca, la de los persas, la de los esquimales, de los watusi, de los aborígenes de la isla de Pascua, los etruscos, los indios, la cultura occidental, la africana… todas ellas no son sino el envoltorio de comunidades de seres humanos que han decidido, por comodidad, por tradición, por falta de otros recursos o por imposición sobrevenida, enfrentarse a su entorno natural y social de una manera determinada. La cultura no es más que una cortina, un velo que envuelve y protege a quien queda dentro, que crea un halo de claridad en su interior que le ilumina y resguarda de la luz del exterior, la cual comúnmente aparece distorsionada y dañina. Nadie puede quedar al margen, nadie es, en este contexto, acultural; ni el náufrago que vive aislado en una isla, ni el niño expósito, abandonado desde su nacimiento en alguna selva. Quien vive y sobrevive lo hace por y gracias a la cultura, que le alza y le protege.
Así entendida la cultura es como hemos de entender también la filosofía. Toda cultura es una filosofía, no como cosa distinta y ajena de la que se haya apropiado sino como exactamente la misma cosa. Cultura y filosofía son sinónimos, pues ¿qué hace el filósofo sino enfrentarse a su entorno con preguntas, preguntas alumbradas con la luz que hay dentro del velo que le rodea? Si cultura es la adaptación del ser humano a su medio como mejor pueda, filosofía es búsqueda de conocimiento para vivir mejor, para adaptarse al mundo como mejor pueda. Esta indagación siempre, de manera directa o indirecta, está encaminada hacia aquello que trasciende al ser humano, ya sea para afirmarlo o para negarlo. Toda cultura (por tanto toda filosofía) está posicionada con respecto a lo divino, respaldándolo y reconociéndolo como su puntal básico, o asentando ese puntal precisamente sobre su negación. Religión, pues, deviene otro sinónimo de cultura y de filosofía, de modo que la cultura de un pueblo no es otra cosa que su filosofía, o lo que es lo mismo, su religión.

Viene a colación ahora, al hilo de lo que más adelante se dirá, referirse al controvertido origen etimológico de la palabra “religión”. Parece cosa probable que provenga del verbo latino “religare”, viniendo a significar algo así como la reafirmación de las ataduras, de las ligazones que el ser humano tiene con la divinidad, con la trascendencia. La religión sería así una consagración del compromiso que el ser humano tiene con el dios, compromiso de obediencia, de fe, de sumisión. Pero también puede interpretarse como reafirmación de las ligazones que tiene con el mundo, como el intento de ligar al mundo con él mismo, bien sea como medio para llegar a la divinidad porque ésta se expresa a través del mundo, o bien porque se niega justamente esa trascendencia y se recurre al mundo como el elemento que sustenta y da sentido a la existencia humana.

Otra etimología para el término “religión”, propuesta ya desde principios de nuestra era, es la que le hace derivar de “relegere” (Cicerón, “De natura deorum”, II, 28). Persona religiosa sería entonces aquella que “relee” todo lo referente al culto de los dioses y lo trata de manera diligente, es decir, aquella que recoge y practica el culto adecuadamente. Frente a la “religio” como virtud se hallaría la “superstitio” como vicio, siendo la persona supersticiosa la que actúa por encima de (”super-stare”) lo lógico y necesario y obra sin cálculo ni medida en el culto a los dioses.
Sirva todo lo expuesto como introducción para entender lo que se va a exponer a continuación acerca de los aztecas y su cultura (es decir, su filosofía, su religión). Es éste un pueblo íntimamente vinculado a su entorno natural, a su mundo, pues en él encuentra todo lo que necesita y a través de él se expresan las divinidades en las que cree; todos los días de su vida el azteca entra en contacto con los dioses, pues todo lo que le rodea está imbuido por lo trascendente, está insuflado de espíritu divino. Es por tanto fácilmente comprensible que para un azteca la religión sea más “religare” que “relegere”, más una atadura al dios a través del mundo que el estudio y la práctica diligente de unos deberes para con el dios. La vida humana está encauzada por la divinidad, sin ella no tiene sentido y por ella vale la pena todo sacrificio. Para un azteca la vida y la muerte tienen un valor relativo, la una y la otra quedan a disposición de los dioses para que decidan hacer con ellas lo que mejor convenga como expresión de sumisión y respeto hacia ellos. En esto no hay diferencia con un cristiano, que también pone su vida al servicio de Dios y consagra su muerte en el mismo sentido. Sí la hay en lo que podríamos llamar el “nivel de exigencia” de una y otra creencia.

Los aztecas escogen anualmente a un representante de la divinidad, que se convierte durante el año siguiente en la encarnación viva del dios. Se le viste, agasaja y reverencia como si fuera el dios mismo; se le ofrece el mejor aposento del templo, y continuamente se ve acompañado por personalidades a modo de corte real; los ciudadanos se postran a su paso, le saludan como al dios mismo, buscan su bendición, le rezan y hacen signos de sumisión y obediencia. Durante un año ese individuo deja de ser él para convertirse en la encarnación viva del dios; tal honor no puede estar destinado a cualquiera sino que se hace necesario una elección cuidadosa. El hombre (pues masculino ha de ser) debe ser joven y no puede tener defectos físicos sino antes al contrario, ha de destacar precisamente por su belleza corporal. Su educación no importa, pues recibe durante el año de divinidad normas de comportamiento al nivel que le corresponde. Sin embargo, no es hombre libre el que puede ser elegido para tal honor, sino que el colectivo al que ha de pertenecer es el de los esclavos; con ello no hemos de pensar que se libera a un esclavo sino que se le cambia de esclavitud, ya que el año que le espera no consiste más que en someterse a lo que está establecido para el que ha sido elegido.
A falta de unos veinte días para acabar el periodo, el representante del dios es desposado con cuatro jóvenes. A falta de cinco se incrementan los banquetes y los agasajos. El último día se ejecuta el rito final: acompañado de sus esposas, cruza un lago hasta llegar a un islote donde se despide de ellas y es conducido a un templo piramidal, por cuya escalinata asciende hasta la cúspide. Allá tiene lugar la culminación del año divino: los sacerdotes le tienden boca arriba sobre un altar y uno de ellos le abre el pecho con un cuchillo y le extrae el corazón, que ofrece al sol. Posteriormente, el cuerpo del dios-hombre es bajado al pie del templo y su cabeza es clavada en una pica. Así es como el representante humano del dios es sacrificado, y tal sacrificio viene seguido de la elección del nuevo representante.

Es posible que a lo largo del año el hombre-dios sienta en algún momento la tentación de escapar, si la presión es excesiva, si desea ser libre y llevar una vida normal, o sencillamente si no quiere morir. Para evitar la posible fuga le acompaña desde el primer hasta el último día una escolta de guerreros, cuyo capitán se cuida mucho de que todo siga su curso normal: en caso de producirse la huida, él ocuparía su lugar.

Si bien el papel de representante humano del dios supremo azteca está reservado a los hombres, también las mujeres aztecas tienen el privilegio de representar diosas de su panteón. Así, la diosa del maíz encuentra encarnación humana en el cuerpo de una niña de doce o trece años. Como en el caso del hombre, la niña-diosa es elegida esclava y bella, y es vestida y homenajeada como lo que representa, la viva imagen de la diosa. En medio de un gran festival, la niña recorre la ciudad entre música y bailes. A medianoche se configura un altar para la diosa, rodeado de mazorcas de maíz y semillas diversas, y la niña es conducida allí para que se realicen una serie de actos rituales. A la mañana siguiente, y habiendo pasado la noche en vela todos los congregados, la niña es subida a un palanquín y trasladada al templo de la diosa, donde recibe la ofrenda de los dignatarios primero y de las mujeres después. Esta ofrenda no es otra cosa que sangre coagulada de sus orejas. Después de las mujeres desfila el resto de los allí reunidos, tras lo cual todos ellos vuelven a sus casas y no acuden nuevamente al templo hasta la noche, momento en que se ejecuta el desenlace del rito. La niña es arrojada de espaldas sobre el maíz, y allí tirada se le corta la cabeza y con la sangre que mana de su cuerpo se rocía la imagen de madera de la diosa, las paredes, las ofrendas, el maíz. El cuerpo de la niña-diosa es desollado, y acto seguido uno de los sacerdotes se embute dentro de la piel y se viste con las galas que llevara en vida la niña; con tal atuendo es mostrado a los presentes, mientras baila al son de tambores.

Tales sacrificios, monstruosos para la cultura occidental, son o han sido muy frecuentes en muchas otras culturas. El valor de la vida humana parece entonces que no es absoluto, sino que lo marca precisamente el velo cultural que nos envuelve a todos.

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...por Luis Villalón ...por Luis Villalón


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