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La doble naturaleza del ser humano: Materia y forma

El “buen conocimiento”, el conocimiento superior, convierte al hombre en un ser superior, capaz de abarcarlo todo con una sola mirada.

A partir de las grafías hechas por los taoístas, aquellos que buscaban la inmortalidad pudieron representar la evolución del cosmos partiendo del denominado Techo Supremo. La magia del taoísmo influyó en el desarrollo del neoconfucianismo, pero la principal aportación de este último se encuentra en que, en el proceso de mutación, considera indispensable la intervención de dos elementos, como son la forma y la materia, considerando al Yin y al Yang como algo primordial, y al Techo Supremo como la forma paradigmática y ejemplar de todo cuanto existe.
La multiplicidad tiene su origen en lo Uno, del mismo modo que de la rama de un árbol brotan las hojas, sólo hay que seguir el despliegue de los símbolos propios del Gran Techo hasta culminar en los sesenta y cuatro hexagramas del “I Ching”, para ser consciente de la manifestación cósmica.
Pero, una de las cuestiones que mayor interés suscitaron fue la de saber si resultaba posible proporcionarle un papel en el cosmos al ser humano. La respuesta fue que sí, y que el hombre ocupaba un lugar esencial dentro del universo, debido a la inteligencia que le es propia y que le permite aprehender las cosas y situarlas junto a su principio generador, y saber además conocerlas. De este modo es capaz de utilizar los ojos, la boca, la reflexión…, pero no ha de hacerlo egoístamente, sino de manera altruista.
Sin embargo, el hombre también puede convertirse en un ser superior, lo cual sólo es posible si se vale del espíritu para asumir la realidad de todas las cosas, hasta el punto de que nada en el cosmos le sea exterior. El hombre superior goza de un conocimiento perfecto, no ordinario, que se ejerce de forma libre y global, y que le permite abarcar la totalidad de lo real con una única mirada. Para diferenciar el conocimiento vulgar de este conocimiento perfecto y unitivo, se lo ha calificado de buen conocimiento, lo que hizo que adquiriera un gran valor en el seno de las filosofías idealistas.

La sinceridad cobró también un lugar destacado entre las virtudes propias del sabio, a través de ella la naturaleza del sabio recibe una iluminación y hace posible que el hombre forme una unidad con el mundo, que se percibe como un ser existente. Por lo tanto, el sabio necesita no sólo del conocimiento, sino también del amor, para abarcar la totalidad de las cosas. Y los neoconfucianos advierten, además, del hecho de que ese amor tiene que tener en cuenta las relaciones naturales de los seres entre sí.
También el relevante papel concedido a la Razón fue una tendencia dominante en algunas de las escuelas derivadas del confucianismo. Y si la naturaleza humana no se encuentra llena y plena, entonces las virtudes que transmita estarán vacías y atentarán contra la estructura de la sociedad.
En lo que respecta a la naturaleza del hombre, surgió la pregunta de si reproducía la estructura del cosmos, es decir, de si el hombre se encontraba constituido, como todo lo que existe, por materia y forma. Entendida en su acepción más amplia, la naturaleza del ser humano es materia y forma al mismo tiempo, su naturaleza está compuesta de la unión de forma y materia, y es la coexistencia de ambos elementos la que da cuenta de la desigualdad entre los individuos. Para comprender la causa de esas diferencias entre los seres es necesario tener muy en cuenta a la materia, dado que su cualidad no es constante, varía de unos miembros a otros incluso dentro de la misma especie. Además, el pensamiento que permite vincular los sentimientos y la naturaleza tiene su fuerza activa en la materia.

Forma y materia se encuentran tan unidos en el ser humano que no resulta posible disociarlos, si la materia no está contenida en la razón, puede llevar a que un ser se desvíe de su destino celeste, por ello ha de estar regulado por la forma, porque ella conduce las normas morales y alienta en la consecución de la verdad que ha de hallarse en uno mismo. Quien actúa conforme a la verdad lo hace de manera espontánea y responde a las incitaciones del mundo externo, se trata, por lo tanto, de recurrir a la experiencia directa.
El neoconfucianismo creía en que la purificación del espíritu se había de producir gradualmente, al igual que el conocimiento se lograba de forma progresiva, poco a poco, aunque los últimos adeptos y discípulos comenzaron a poner de manifiesto la ineficacia de los métodos graduales, aquellos que se limitaban a escrutar las cosas de una forma sucesiva y progresiva, lo único que lograban era una fatiga del espíritu y perdían la clarividencia propia de quienes abarcaban con una única mirada todo el conjunto de la realidad, y eran capaces de reducir lo múltiple a lo uno y de hacerlo en la intimidad del yo, de modo que lo más esencial es conseguir la autonomía. No es necesario buscar el origen fuera de uno mismo, eso es un error, es una práctica contraria al buen conocimiento.

En una conocida metáfora se compara a la naturaleza, o espíritu, con una lámpara que es fuente de luz y de calor; el calor de esa lámpara es el calor del amor unitivo, que es el que el sabio experimenta hacia el resto de seres vivos, y su luz constituye la luz del buen conocimiento, que es capaz de captar a las criaturas y a las cosas pero desde el interior. El amor es el que da lugar a la acción, y el conocimiento es el que guía esa acción. Por lo tanto, la sensibilidad y la inteligencia la voluntad y el entendimiento, están en una continua relación y se ayudan mutuamente, es decir, que no constituyen dos poderes por completo distintos, sino que son dos expresiones complementarias de un único poder, que no es otro que el del espíritu terreno. El hombre que es capaz de dejarse llevar por ese impulso del espíritu se transforma en un ser clarividente, y adquiere la capacidad de distinguir lo falso de lo verdadero, el bien del mal…, con lo que su conducta se percibe como infalible.
De esto modo, se produce una unidad de la conducta y una unidad del conocimiento, sin que se descuiden cosas tales como la sociedad o la familia. La acción del “buen conocimiento” se guía por la benevolencia hacia el resto de seres, hacia el prójimo, es ahí donde encuentra su realización.

La principal doctrina del neoconfucianismo es la que defiende que el conocimiento sólo es posible, y sólo se puede aumentar, a través de la investigación de las cosas, aunque ambos términos, “cosa” e “investigar”, tienen un sentido que ha de ser precisado. La primera de ellas se refiera a los asuntos, y la segunda significa rectificar, pero debe hacerse utilizando ese amor unitario al que se ha hecho referencia con anterioridad. Precisamente la figura del sabio puede ser reconocida por ese ardor del amor unitario, pero que requiere del buen conocimiento para culminar su desarrollo. Existe por tanto una luz interior que ilumina las cosas en el centro del espíritu y que se las presenta al ser humano como si éstas fueran inherentes a su vida. De modo que el gran hombre, el hombre superior, tiene en sí el conocimiento de que, todo cuando existe bajo el cielo es como si formara una enorme familia, una única familia.
De ahí que los maestros del neoconfucianismo defendieran la práctica de la virtud y el respeto por las relaciones humanas, y que esta enseñanza fuera entendida de inmediato. Las flores, como cualquier otra cosa exterior, bien sea un color, un árbol, o un acantilado, no son exteriores al espíritu humano, porque el espíritu es la conciencia, y ésta es la que reina en el cielo, en la tierra y en los espíritus de las cosas.

Si cielo, tierra y espíritus estuvieran separados de nuestra conciencia, todo carecería de existencia, puesto que la conciencia es la que gobierna todas las cosas.

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...por Ana González ...por Ana González


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