En la noche de los tiempos cuando los metales sustituyeron con su brillo a la tosquedad de las piedras, los hombres se vieron sorprendidos por su embrujante fulgor y hechizados por la figura sobrehumana que dominaba ese fuego en la persona del herrero, que solía ser el adivino, el mago, un hijo del poderoso Hércules, que poseía a un tiempo el sortilegio sobre la materia y sobre las mentes.
Algo así de ancestral y de rudo, de sorprendente y misterioso surge en pleno siglo XVI en la figura de un pensador salido de la tosca fragua de los metales, el herrero silesio Jacob Böhme (1575-1624). En él viene a confluir toda una línea de pensamiento y estilo de vida que hunde sus raíces en la Grecia de los oráculos, el orfismo o del Hermetismo, que embaucó incluso a los santos padres de la Iglesia antigua. Böhme, más próximamente, tiene en su bagaje el arcano secreto de los constructores de catedrales y, sobre todo, la vacua profundidad del saber alquímico de la Edad Media, que retaba a la escolástica racionalista e incluso se confundía con algunos de sus representantes en la figura del santo alquimista San Alberto Magno.
Heterodoxos de la cábala, engendradores de Dios como el Maestro Eckhart o panteístas cristianos como Cusa cabalgan por el humus que da vida al pensamiento de Böhme. Un estilo que continuará en la misma época de triunfo absoluto de la razón en la tradición que, por ejemplo, relata El péndulo de Foucault de Umberto Eco. Es la savia teosófica que incendia también las filosofías masónicas y krausistas y resurge siempre como vector reprimido en las filosofías que tienden hacia el romanticismo y rozan el misterio o lo “místico”.
Böhme, con fuerte influjo en Schelling y en Schopenhauer profundiza en aspectos de filosofía de la religión que pudieran parecernos esotéricos y excéntricos pero que inevitablemente dominan el pensamiento de quienes se adentran en mares tan procelosos. Así, el herrero interpreta de forma casi totalmente novedosa el nacimiento de Dios (no de Jesucristo), la creación, el pecado original y un sin fin de dogmas tradicionales de las iglesias cristianas.
Según parece habría un Dios, una voluntad oscura, para nada llena de amor, que ciegamente es impulsado a crear este universo, al que, sin embargo, dota de singular hermosura, una belleza que revela la portentosa inteligencia de su artífice. Dios es en sí, por tanto, una fabulosa contradicción infinita entre pasión irracional e inteligencia racional. Se trata de la misma contradicción finita que se nos aparece en el ser humano, donde chocan como el pedernal la razón y el corazón.
Fue en Böhme casi una revelación religiosa lo que supone el comienzo de estos pensamientos. Él mismo cuenta que, estando en el taller de un zapatero de la localidad de Görlitz, contemplaba un cántaro de zinc sobre el que se espejaba un rayo de sol. Ello le llevó a la intuición de aquel dualismo cósmico hecho de destellos luminosos y materia sombría.
Desde el siglo XIV, como ya se ha aludido, había pesado mucho en las mentes más despiertas de ese final del medioevo la mentalidad alquímica que incluso vemos en el tratado de los minerales con el que culmina el canto que hace al ser humano Picco de la Mirándola. Paracelso, en ámbito alemán, había sabido hablar de las transformaciones materiales de diverso signo que alientan los jugos y humores de las interioridades corporales del ser humano. Böhme va a transmutar la dialéctica material de Paracelso a través de una dialéctica del espíritu. Por eso levantará ese furor entre los filósofos idealistas alemanes del siglo XIX, incluso en Fichte y en Hegel. En el hechizo de este herrero se funden en un ensalmo carismático la ya débil llama del cristianismo protestante y el embeleso furtivo y eterno del neoplatonismo.
La Nada, concepto surgido con el judeo-cristianismo y su Dios creador “ex nihilo”), va a ser el núcleo del pensar intuitivo de Böhme. La Nada es abismo absoluto, falta de fundamento (un “Grund” que es un “Ab-Grund”), el vértigo de un vacío hambriento por formar cosas y cosificar formas. La Nada quiere decirse inteligentemente. Las formas de la razón y la razón de las formas no son sino veladas ensoñaciones de la nihilidad suprema. Singular lenguaje el de este medieval-renacentista-moderno que es Böhme. Lenguaje sobre Nada, ser, devenir que se monta y deshace con palabras y por palabras imposibles de ser definidas o que se autodefinen a sí mismas en un juego imparable de posibilidades que sólo son la muestra evidente de una vacuidad que se trata de aclarar por sus oscuridades.
La atracción y el hechizo lo procura el abismo. La razón teme al vacío, siente vértigo ante los abismos, pero se abisma en ellos. Es el “horror vacui”. El medieval temía el abismo absoluto que rodeaba a un mundo plano, el renacentista y el moderno se asombra y atemoriza ante el infinito que se abre ante sus ojos, prolongados por el telescopio. Pero por encima del miedo imaginado y fantaseado, o a veces hasta intuido matemáticamente en el juego de lo infinito, está la complicidad de las palabras que embaucan y abisman, siempre hacia alguna finalidad, no rara vez hacia una finalidad política. La Metafísica, la más abstrusa de todas las filosofías, nunca es tan inhumana, al igual que el humano pensamiento que la crea, para que no sea tremendamente antineutral.
Cuando Schelling lee “Aurora” de Jacob Böhme queda profundamente conmovida su entraña religiosa. Toda la historia universal se le aparece como una evolución de la potencia de un fondo oscuro, un abismo sin rostro, hacia la victoria y esplendor de un Dios luminoso, que destierra lo oscuro y establece definitivamente la paz. Son palabras que hechizan como las de Platón, como las del Cristo o las de Zaratustra, palabras que llevan a adorar la Nada envuelta en el sudario de otras palabras, palabras que creen estar rozando lo metaracional siendo enteramente irracionales. Superan la frontera de lo que puede pensarse porque quieren ser y decir más de lo que el ser humano puede ser y decir. Somos soñadores, no nos bastan las palabras veraces, deseamos sentirnos engañados aunque conozcamos cínicamente o acaso intuyamos en momentos de duda la verdad de tal engaño.
Pero a Böhme, de fondo, no le falta razón en algo: hay un pozo abisal en nosotros, que es pasional y que se expresa en razones para acallar el corazón. Ese pozo es la fuente de toda auténtica Metafísica, la que ya no habla de un más allá. Böhme sí se equivoca al proyectar esa realidad humana y “demasiado humana” al entero Universo, pero ha acertado al decirnos que las expresiones de la “voluntad hambrienta” son meros símbolos o fantasmas siempre pasajeros, pero tal vez siempre necesarios.

Enlaces Patrocinados:
Otros Reportajes:
Los más comentados:
Fernando Savater: autobiografía como filosofía (2)
El "Advaita Vedanta" de Sankara (2)




Estás en:



Estás en:
MundoFilosofía | Historia | Jacob Böhme: El hechizo del herrero

