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Hildegarda de Bingen: Filósofa, teórica y música, convirtió el simbolismo en una alegoría

Hildegarda de Bingen: Filósofa, teórica y música, convirtió el simbolismo en una alegoría

Hildegarda defendió que, en el ámbito del conocimiento, el ser humano ha de ser capaz de trascender el mundo material.

Los principales datos autobiográficos de Hildegarda, nacida en el 1098 en Renania, se conservan en su obra “Vita”, en la que alude a su niñez, al descubrimiento de su vocación…

Hildegarda gozaba de un don que la llevó a convertirse en profetisa, en portavoz de la sabiduría, desde la infancia hasta su muerte. El concepto “visio” le servía para describir la experiencia de su capacidad visionaria. La manera en la que experimentaba esa “visio” era viendo las cosas a través del alma pero sin perder la conciencia de sus facultades y de sus sentidos. Es decir, que Hildegarda veía, mediante los ojos de la mente, imágenes que se le aparecían en forma de signos, que le hacían lograr un conocimiento espiritual debido a la voz divina que escuchaba durante la “visio” que era la que le explicaba el sentido de las figuras que veía. No se trataba de que esas visiones fueran sueños o momentos de ensoñación, sino que Hildegarda estaba siempre lúcida, no tenía mermada en lo más mínimo su capacidad sensorial. Aunque este don de la “visio” también provocaba en ella una tensión tan fuerte que hacía que sufriera dolores y enfermedades, o bien, también se ha llegado a afirmar, que fuera la enfermedad la que provocara dichas visiones, y que además fuera una condición necesaria para que se produjeran. Estrellas fugaces, luces cegadoras, círculos luminosos…, eran algunos de los elementos que describe haber visto en sus visiones, y que han hecho creer a algunos investigadores que la escritora padecía recurrentes jaquecas.

La bendición de la “visio” hizo que Hildegarda se considerara diferente y que, consciente de su don, pudiera incluso utilizarlo para predecir el futuro, aunque casi siempre quedaba en ella un residuo de temor ante su talento que hacía que tratara de esconderlo. Fue su maestra Juttta de Sponheim, la que afianzó la autoestima de Hildegarda, y la que llevó a que ésta tuviera que poner de manifiesto sus visiones. Volmar fue el monje en el que confiaron para que, una vez que se aseguró de que no se trataba de un engaño ni de una posesión demoníaca, diera a conocer la “visio” de la profetisa. Ha sido bastante discutido el papel del monje en cuanto a la ayuda que prestó, dado que Hildegarda estaba de acuerdo en las correcciones sintácticas llevadas a cabo por Volmar, pero no aceptaba que se alterase el vocabulario ni el contenido de sus textos, por extraños que fueran el estilo o las imágenes, dado que eran fruto de sus proféticas visiones.

Hildegarda sucedió a su maestra Jutta como abadesa, y esto le proporcionó una mayor confianza en sí misma, lo que influyó positivamente en su estado de salud. Así fue ganando poder en el mundo masculino de aquella época, llevándose a cabo la ratificación de sus escritos y de su acción profética. Odón de París, entre otros, alabó los escritos de la profetisa, incluso le escribió una carta a Hildegarda para preguntarle si a través de su “visio” podía ayudarle a dilucidar si la tesis fundamental de Gilberto de Poitiers era correcta o no, haciendo ver con ello que Odón atribuía a Hildegarda un poder más fuerte que el que podían tener los métodos tradicionales de la metafísica.
A partir de aquí Hildegarda comenzó a recibir numerosas peticiones de ayuda por parte de personalidades laicas y religiosas, a las que no dudo en prestar sus consejos y conocimientos de una forma voluntaria y gratuita. Monarcas, papas, emperatrices, obispos, escuchaban sus predicaciones y sus sermones, además de tener que realizar, en ocasiones, algún que otro exorcismo, por lo que se percibe en su persona la asunción de algunas de las funciones propias de los sacerdotes.

Pero Hildegarda siempre reivindicó el que, por ser mujer, y por haber recibido el don de la “visio”, no la tomaban en serio y era objeto de burla. Así, en algunas de las secuencias escritas por ella, santa Úrsula aparece como la figura a la que apela para describir el ansia de poder subir al cielo y allí unirse con el sol, lo que suponía un escándalo en sus revelaciones, puesto que además se consideraba que Hildegarda veía en la santa una proyección de su propia persona y de sus propias aspiraciones. Aunque también es cierto que Hildegarda establecía a menudo paralelismos entre su destino y el de los personajes del Antiguo Testamento, como ya hiciera Pedro Abelardo.

Hubo un episodio que marcó la vida de Hildegarda, y fue la pérdida de una de sus discípulas y colaboradoras, la monja Richardis. Aquí se puso de manifiesto cómo podía utilizar su don de profetisa de una forma despótica. Cuando a Richardis se le ofreció el cargo de abadesa y ésta aceptó, Hildegarda no permitió que Richardis ocupara su nuevo cargo y, a pesar de que el arzobispo escribió amenazante a Hildegarda para obligarla a que cediera, ella afirmó que hablaba en nombre de la divinidad, negándose a que la monja desempeñara el cargo porque el omnipresente Dios no había escogido a un corazón ignorante como la monja Richardis para ocupar el puesto de abadesa.

Para Hildegarda perder a Richardis era perder a su más querida discípula, con la que tenía una estrecha relación. De modo que la insistencia en que no fuera abadesa podía formar parte del instinto de posesión de Hildegarda, aunque se sabe que hubo irregularidades en el proceso de selección de la monja, dado que quienes la eligieron no se vieron movidos por la idoneidad de la mujer para desempeñar la labores de abadesa, sino por el hecho de que su familia, en la que había marquesas y antiguas reinas, proporcionaría una dote elevada. Esto llevó a Hildegarda a apelar al arzobispo de Bremen, hermano de Richardis, llegando a afirmar que la monja había comprado su cargo, aunque a continuación acusaba al abad de Disibodenberg. De modo que las acusaciones de la profetisa son muy cambiantes y nada claras, lo que hace ver que ella sentía que se estaba tramando una conspiración en contra de su persona, idea que tampoco era descabellada, casi al contrario, dada la red de influencias de la que gozaba la familia de Richardis, pero esa red de contactos no habría sido aprovechada por la familia si Richardis no hubiera insistido tanto en irse, cosa que Hildegarda, tan encaprichada como estaba de ella, se negaba a ver.

En lo que respecta a sus dolencias físicas, en su “Vita” asegura que son espíritus aéreos los que causan su sufrimiento, y que un ángel benévolo se dirige a ella, llamándola águila, y la invita dulcemente a entrar en el reino de la muerte y acceder de ese modo al cielo. En su convento se producen pequeñas revueltas debido a que esos espíritus malignos también atacan a otras de sus discípulas, y las hacen enfrentarse a la vida monacal que Hildegarda les impone. En medio de estos problemas Dios se revela a Hildegarda y puede escribir su segunda obra “Liber vitae meritorum” con el que pretende que sus escritos permanezcan intactos e íntegros puesto que en todo lo escrito ella sólo aparece como mero instrumento de la divinidad.

Un año antes de su muerte, con ya ochenta años, Hildegarda tuvo que enfrentarse con el episodio más cruel de su vida, con la desaparición de su comunidad y, por ende, el derrumbamiento de ella misma. Hildegarda desobedeció la orden de los prelados y del arzobispo de Maguncia de exhumar el cadáver del un noble, y la pena, que suponía la excomunión de ella y del resto de monjas de su congregación, fue asumida por Hildegarda. Se dice que asumió la responsabilidad y la vergüenza pública, y decidió desobedecer las órdenes, porque para ella desenterrar el cuerpo que yacía en suelo consagrado suponía ir contra la ley divina. La profanación de un cadáver quebrantaba un mandato supremo que el alma ha de percibir de forma clara y que, sea cual sea el precio que se haya de pagar en el mundo terrenal y humano, no ha de ser quebrantado.

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