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Hannah Arendt: Libertad, causalidad, autoridad

La libertad proporciona sentido a la vida política, necesita de un espacio público, de una comunidad de individuos para manifestarse.

Cuestionarse acerca del concepto de libertad supone advertir la contradicción existente entre, por un lado, nuestra conciencia, esto es, nuestro ser consciente y, por otro, nuestra experiencia cotidiana. La primera de ellas nos dice que somos libres y responsables, mientras que la experiencia diaria, con la que hacemos frente al mundo cada día, pone de manifiesto que nos regimos según el principio de causalidad. Aunque en el ámbito de la política, así como en los asuntos más prácticos, pensemos que la libertad del ser humano es algo obvio, y conforme a ese supuesto acordamos leyes, y adoptamos opiniones que se aplican a colectivos sociales, sin embargo, en el ámbito teórico y científico la idea que predomina es la que asegura que, en último término, nuestras vidas están guiadas por la causalidad. Teniendo siempre en cuenta que ni siquiera estamos capacitados para conocer todas las posibles causas que entran en juego, debido al gran número de elementos implicados en nuestras acciones, y porque las motivaciones de los seres humanos son imposibles de prever.
Para Hannah Arendt, la causalidad, tanto en la naturaleza como en el universo, constituye una categoría mental que permite poner orden en los datos percibidos por los sentidos, y esto hace posible la experiencia. Es decir, que en el momento en el que pensamos y reflexionamos acerca de una acción que se hizo considerando que nuestro yo era un agente libre, entonces ese acto parece quedar bajo el dominio de la causalidad. Y no sólo de la causalidad que proviene de las motivaciones internas del individuo, sino de la causalidad que rige el mundo exterior.

En el ámbito de la teoría política la cuestión acerca de la libertad se convierte en un asunto ineludible. El preguntar sobre la libertad no constituye un problema más entre los que se puedan abordar en la política, como son la justicia, la igualdad…, porque sin la libertad la vida política carecería de sentido: la razón de ser de la política es la libertad misma, y la acción es el campo en el que se aplica esa teoría política.
Pero la libertad no caracteriza a todas las formas de relación entre los individuos, ni a todos los tipos de comunidades, dado que, allí donde los seres humanos viven juntos pero no forman un ente político, como pueda ser dentro de una familia, sus acciones y sus conductas estarán regidas por las necesidades vitales, y por mantener la vida, pero no se regirán por la libertad.
La libertad requiere de un espacio público garantizado desde el punto de vista de la política para poder hacer su aparición, necesita un espacio mundano.
Esta consideración de la libertad política como libertad “potencial” política ha tenido un papel muy relevante a lo largo de la historia y del desarrollo de la teoría política. En los siglos XVII y XVIII, se mantuvo la idea de que era posible identificar la libertad política con la seguridad. La principal finalidad del gobierno consistía en garantizar la seguridad, y esta seguridad daba lugar a la libertad, a una libertad que suponía una serie de acciones que se llevaban a cabo fuera del marco político.

Con el nacimiento de la ciencia política y de la ciencia social, se incrementó el abismo entre libertad y política, debido a que el gobierno pasó a considerarse el garante del proceso vital, y el garante de los intereses de los hombres y de sus sociedades. Permaneció el criterio de la seguridad, pero ya no se entendía como antaño, sino como una seguridad que diera lugar a un desarrollo continuo del proceso vital de la sociedad, entendido tal proceso como un todo. La libertad aquí es más bien una especie de corriente que fluye, y que lo hace sin impedimentos.
Los filósofos comenzaron a preocuparse por el problema de la libertad en el momento en el que ésta se llevó al ámbito de la voluntad y de la relación con el yo, cuando la libertad se convirtió en el libre albedrío, y dejó de estar vinculada sólo al hacer y a las relaciones con los demás. Así, el ideal de la libertad dejó de pertenecer al virtuosismo y se convirtió en soberanía, capaz de prevalecer frente al resto de ideales.
Desde el punto de vista político, esa identificación entre soberanía y libertad supone un peligro para el planteamiento filosófico que equiparaba libertad con libre albedrío, debido a que conlleva, o bien la negación de la libertad humana (los hombres nunca son soberanos), o bien que la libertad de un individuo, o grupo de individuos, sólo se consigue a costa de la libertad de los demás.
Pero en condiciones humanas, las cuales vienen determinadas por la idea de que en el mundo viven los seres humanos, resulta que la libertad y la soberanía no son idénticas, y cuando los individuos quieren ser libres han de renunciar a la soberanía.

En la antigüedad la libertad se experimentaba en el actuar. La libertad en Roma constituía un legado que los fundadores de la polis habían transmitido al pueblo romano. Para ellos el ser libre y el empezar o comenzar una cosa eran conceptos que estaban relacionados, su libertad estaba vinculada al inicio establecido por los antepasados en la fundación de la ciudad romana.
También el filósofo cristiano Agustín atendió al problema de la libertad y del libre albedrío, y se basa en la experiencia de Roma, considerando la libertad como una característica de la vida del ser humano. El individuo es libre porque él es un principio y porque fue creado una vez que el mundo ya existía. Así es que ser hombre y ser libre son una misma cosa, el ser humano fue creado para poder introducir en el mundo una facultad: la de empezar, esto es, la libertad. Siguiendo la experiencia política romana Agustín defendió que la libertad fue el principio que se puso de relieve en el acto fundacional.
Pero no ha de dejarse de tener en cuenta que los seres humanos son los que llevan a cabo las acciones, son individuos que, por haber nacido con los “dones” de la libertad y de la acción, son capaces, de algún modo, de configurar la realidad que les rodea.

También la cuestión acerca de la autoridad ha sido ampliamente debatida. En principio, el concepto de autoridad parece hacer referencia a una obediencia, por lo que suele ser habitual confundirla con determinadas formas de violencia o de poder. Sin embargo sólo se recurre a la fuerza, o a la coacción externa, cuando fracasa la autoridad, además la persuasión excluye la autoridad, dado que se vale de un proceso de argumentación. Parece ser que la autoridad proporcionó al mundo la estabilidad necesaria para que los hombres, en tanto que seres inestables y mortales, se sintieran más o menos seguros. Si la autoridad desaparece la estabilidad del mundo se desvanece, pierde su fundamento. Aunque esa pérdida de estabilidad mundana no ha de implicar, necesariamente, otra pérdida, como es la de la capacidad de la que goza el ser humano, de construir, de cuidar, de preservar su mundo, su universo, para que éste pueda seguir siendo un lugar en el que puedan vivir las futuras generaciones.
El concepto de autoridad, en tanto que factor único y decisivo propio de las comunidades humanas, no existió siempre, tanto el concepto como el vocablo encuentran su origen en Roma, y se inspiran, por un lado, en el campo de la política pública y, por otro, en la vida privada y familiar.

En el texto de “La República” de Platón es donde el pensamiento griego se ocupa del concepto de autoridad. Platón enfrentó la realidad de la polis con un gobierno de la razón utópico, que se encarnaba en la figura del llamado rey-filósofo. El querer, por parte de Platón, que los filósofos se convirtieran en los gobernantes de la ciudad, se debe al hecho de que existía una cierta hostilidad de la polis hacia la filosofía.

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...por Ana González ...por Ana González


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