En Granada, contigua a la casa en la que el P. Suárez nació, hay un noble y antiguo edificio, llamado “La casa de los Tiros”. Encima de su portón de entrada hay una leyenda: “el corazón manda”. Fue exactamente el impulso de su corazón lo que hizo grande al adusto, sensato, raciocinante y jesuítico Padre Súarez.
El significa, entre otros eximios españoles, bastantes de ellos de su orden y de la rival dominica: Vitoria, Molina, Cano, Lugo, Mariana, Bañez, etc. la tendencia del escolasticismo renacentista y barroco o, lo que es lo mismo, la manía de permanecer “erre que erre” en la dirección que Europa ya había abandonado y, sin embargo, fructificar en ello dando abundantes muestras de ingenio, como lo son la controversia “de auxiliis”, que ilustra y profundiza el eterno dilema de la libertad y los desarrollos, a los que contribuirá Suárez de forma notable, en torno al derecho internacional, a la luz de tantos pueblos descubiertos, maltrechos y rehechos bajo nuestro sacrosanto imperio.
Pero lo que ha dado renombre a Suárez ha sido tradicionalmente su Metafísica, que supone un hito importante en este tipo de reflexiones sobre la realidad en cuanto tal: el apartarse del canon que había marcado Aristóteles desde el siglo IV a. de C. lleva consigo una valentía poco común entre los de su gremio. Sus “Disputationes” nos dan a entender el modo en que concibe esta área de conocimiento filosófico. Así, analiza, en primer lugar, el objeto de la Metafísica: el ente, sus propiedades y principios, la unidad trascendental, la unidad individual y la individuación, la unidad universal, otros tipos de diferencia metafísica, la verdad, la falsedad y sus formas, el bien, el mal, la causalidad, la causa material, la formal, la eficiente, deteniéndose especialmente en la causa primera, y, después, la causa final, la ejemplar, la relación causa-efecto y la relación entre causas. Las demás “Disputationes” se dedican a las divisiones del ser: el ser finito e infinito, cómo podemos inteligir la existencia de Dios, su esencia y propiedades. Estudia también el ser finito: en general, su separación de esencia y accidentes, la doctrina de la sustancia en general, de los accidentes en particular, y sus especies, la cantidad, la cualidad, las relaciones, la acción, la pasión, el tiempo y el espacio, el lugar y el hábito y, por último, a los entes de razón.
A la vista de esta enumeración puede uno creer que se trata de un continuador medieval de Aristóteles o de una repetición de Tomás de Aquino, pero nos encontramos con un pensador original, en el sentido de que realiza un profundo análisis de las cuestiones metafísicas clásicas y propone su propia interpretación del asunto, que a veces coincide con Tomás y otras no, como en el caso del “principio de individuación”: para Suárez no se puede hablar unívocamente de lo universal, sino que el universal está potencialmente en las cosas y en acto en el intelecto, esto quiere decir que no es lo específico de una cosa lo que le otorga realidad sino lo individual.
El individuo moderno aterriza, como si se tratara de un meteorito, en pleno suelo tomista. Respecto a las pruebas de la existencia de Dios, Suárez niega que la prueba física que va de los efectos a las causas y termine en la última causa incausada signifique realmente algo, ya que esa causa última es también una causa material. En su lugar prefiere hablar del movimiento del ente finito creado al ente Infinito Creador, escorándose del lado de la Teología (Dogma de la Creación), pero también centrando ya, para gusto de Descartes y de los matemáticos del tiempo, el tema de Dios en la idea de Infinito.
Suárez no cree que se de la distinción tomista de esencia y existencia en las criaturas. Y habla de “una distinción de razón con fundamento en la cosa”. El idealismo moderno va venciendo, de nuevo, al realismo clásico, en la consideración de las cosas. El hombre y su razón empiezan a ser la norma de la realidad, no sus seguidores serviles.
Su tesis o teoría modal significará un avance también en la consideración del “accidente modo” como algo no tan accidental. Pensamiento que será adoptado enérgicamente por Kant en su replanteamiento de las categorías aristotélicas y que representa un elemento más de su “giro cartesiano” al pensamiento, ya que, anunciado por Suárez, el modo o forma de ser (la “formalidad” típicamente suareziana) no será tan ajena, sino más esencial de lo que se creía, al ser de las cosas. La modernidad, de nuevo, se vuelve a filtrar, como en muchas ocasiones, en el edificio tomista, que, gracias a Suárez (para los conservadores promedievales) se reconstruye y continúa y que, gracias a Suárez (para los iniciadores del pensamiento moderno) señala sus puntos flacos y el alborear de un nuevo estilo de pensamiento, que influiría en toda Europa y en especial en los conceptos tomistas que utiliza Descartes y que aprendió bajo sistematización suareziana en el célebre Colegio jesuita de La Flèche. Suárez está presente también en las intuiciones desarrolladas por Wolf f y en la metafísica dinámica y modal de Leibniz, sin que por ello dejara de tener seguidores españoles como Miguel Viñas, casi coetáneo y que defiende una metafísica también enciclopédica, ecléctica y tremendamente formal.
Pero, además de sus aciertos metafísicos, Suárez es pionero en su elaboración jurídica. En “De legibus”, su Filosofía del Derecho, desarrolla la idea genial de la “ley de las naciones” o “ius gentium”, premonitoria de los Derechos Humanos y cita, aunque sin darle el carácter de convención, la idea del consentimiento de los miembros de una comunidad, algo parecido al “contrato social” que tematizará más tarde Rousseau.
Estamos, por tanto, ante un pensar moderno encajonado entre esquemas aristotélico-tomistas o un pensar clásico que no puede ser ajeno a su tiempo y por eso, desde la misma seriedad consigo mismo, abre caminos futuros.
Hay en Granada una Cátedra Francisco Suárez, un Instituto Francisco Suárez, donde se educaron personajes contemporáneos como Ganivet, García Lorca o Ayala. Está la impronta de sus pasos en la Facultad de Teología de la ciudad y en su extraordinaria biblioteca e incluso en el viejo cementerio jesuítico; pero Suárez pervive especialmente en la obra del autor metafísico más importante de nuestro país: Xavier Zubiri, que tradujo, reeditó y supo replantear los eternos problemas de la realidad que habían mandado en el corazón del Padre Suárez.

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