Son pocos los filósofos del Renacimiento oriundos de la península ibérica que escapen a la escolástica o al erasmismo, más bien se pueden contar con los dedos de la mano.
Uno de ellos es, sin duda, Francisco Sánchez, nacido en Braga (Portugal) o bien, como algunos dicen, en la frontera entre Portugal y España. Por lo que ha sido requisado para un lado y otro de esos límites.
La verdad es que vivió la mayor parte de su vida en Francia. Se le ha considerado siempre, a pesar de todo, dentro de la filosofía hispánica. Se trata de un espíritu rebelde que se forjó, en primer lugar en los estudios de Filosofía en la “Sapienza”, la famosa Universidad civil de Roma, y más tarde en los estudios de Medicina en Montpellier , estudios que puso en práctica en Toulouse y a partir de los cuales va enfrentándose con el aristotelismo de la época anterior, convencido de la falsedad que los planteamientos físicos del Estagirita suponen para el mundo moderno que está naciendo. En general Sánchez se consagra como enemigo de toda autoridad en el campo de las ciencias. Quiere experimentarlo todo y no admite como verdad nada que no haya pasado por el tribunal de los sentidos. Este empirismo será precedente notorio del empirismo consagrado, pero mantiene para él un tope: el análisis y determinación del juicio. De modo que lo que hay que tener por cierto sólo sea posible por medio de esas dos vías: los sentidos y el juicio que la razón emite.
Pero el conocimiento, aún proviniendo de caminos tan certeros, no podrá, a juicio de Sánchez, mantenerse nunca como conocimiento perfecto o acabado. No podemos conocer con certeza porque nuestro conocimiento alcanza sólo a lo que es accidental en la cosa, nunca a su esencialidad. Pero incluso la esencialidad es una absurda pretensión, ya que no podemos llegar más que a los accidentes: ¿qué es nuestro conocimiento de la mesa sino la aprehensión de los datos relativos a sus dimensiones, color, utilidad y demás cuestiones tenidas hasta el momento como lejanas a la esencia de “la” mesa? Son los accidentes los que nos hacen accesible el mundo exterior y es a causa de esta limitación cognoscitiva como podemos conocer.
Sánchez comienza su reflexión y la edifica, por tanto, sobre la duda. No se trata, como en el caso de Descartes, de una duda metódica, al final de cuyo proceso dubitativo, el ser pensante tenga que determinarse, con carácter de evidencia, por una verdad inamovible. En Sánchez la duda es la razón y fuente del conocimiento, la raíz de la sabiduría posible. Es muy probable que fuera la lectura de Francisco Sánchez y de los escépticos contemporáneos la que determinó la importancia de la duda en el pensamiento metódico cartesiano. Junto con otros pensadores del tiempo como Charon y Montaigne; Sánchez despertará al joven Descartes de su “sueño dogmático” tomista-suareziano, y le llevará a la convicción de un escepticismo de partida ante la situación de la filosofía de la época, postura insoportable en el Colegio de La Fléche donde Descartes se educó, objeto probable y evidente de suspicacias, críticas e incluso de prohibición inquisitorial por parte de los jesuítas, pero patente en el autor del “Método” como situación que él está llamado a superar.
El de él no es un escepticismo radical. Se centra en un probabilismo que no aterriza de fondo en ningún criterio de certeza ni racional ni sensorial. La forma de unir la experiencia sensorial con el juicio de la razón es, por tanto, un instrumento falible, no determinado nunca a la verdad. En Sánchez no podremos ver a la duda de Descartes, pero – valga la redundancia – no nos cabe duda de que Descartes fue preparado en su duda; sin embargo Sánchez exige el método para el conocimiento, no es un pensamiento arbitrario o rapsódico. Al reducir el conocimiento de todas las cosas a mera probabilidad, nos insta a indagar metódicamente en esas posibilidades. No hay quien deba matizar demasiado para librar a Sánchez de ser un escéptico. Ciertamente su modo de pensar se adecua a la de los escépticos coetáneos, que habían descubierto en los escritos de Sexto Empírico y la “skepsis” clásica un filón inagotable.
Sánchez se opone determinantemente a la escolástica al uso y en especial a la doctrina de la “quidditas”. No hay forma de hallar una quididad o esencia en las cosas y eso le acerca a un nominalismo peligroso de herejía. Hay en Sánchez un gran deseo de saber. Lo mismo escribe sobre temas médicos que sobre la interpretación de los sueños. Intentado en todo una posición crítica y un análisis certero de las situaciones alejadas de la experiencia, esto es, del tribunal de los sentidos.
Pero su obra fundamental – la más comentada y citada - es, sin duda, “Que nada se sabe” (1580), cuyo título es bastante elocuente: su aparente socratismo nos desvela un escepticismo que, lejos de elevarse a la búsqueda de definiciones universales de las cosas, nos presenta un universo plagado de palabras sin sentido, en especial en las ciencias, y que, al no decir nada, no contribuyen para nada al conocimiento y deben ser ignoradas por el hombre sensato. Sánchez no se cansa de repetir en ésta su obra fundamental que el ser humano es un “microcosmos”, un mundo en pequeño, empequeñecido por tanto en su conocimiento del mundo que le rodea. Porque el ser “microcosmos” nos podría comunicar algún sentido si supiéramos realmente algo con plena certeza del universo circundante, del “macrocosmos”, pero nada podemos saber después de que haya tantas elucubraciones sobre el cielo y la tierra. Saber algo del universo se nos ha vuelto prácticamente imposible.
Las ciencias, divididas en múltiples escuelas o escolásticas no son capaces de darnos sino apariencias de saber envueltas en palabras que se adornan con definiciones que no son tampoco sino palabras sin referencia cierta alguna. La honradez socrática como punto de partida es llevada por Sánchez al punto de llegada. Así termina su libro: “¿Tú no lo sabes? ¡Yo tampoco!” Tremenda conclusión, aparentemente nihilizadora para la inteligencia humana, pero que no es sino una llamada de atención a la misma inteligencia al comienzo de una nueva época.
Junto a los platónicos y a los aristotélicos, surgidos especialmente en Italia, Sánchez se alía especialmente con la intelectualidad francesa que, a comienzo de la era moderna se aísla, como Montaigne, en su torre y nada quiere saber porque cree que sabe que no sabe nada, aunque quiere e insiste en no rendirse ante la verdad, que está siempre en el futuro, que está siempre por venir. Queda, por tanto, si se mantiene la fe, un fideísmo o una religión natural, queda la posibilidad de un estoicismo a nivel práctico que nos pueda salvar de la quema ante la convulsión de las certezas. No está lejos de ello la moral provisional que Descartes anunciará para sí en el “Discurso del Método”.
No es posible vivir sin una verdad durante mucho tiempo, pero sí es posible vivir en el horizonte de la verdad e incluso testimoniar cómo el escepticismo puede ser una verdad, ya que desvela en sí mismo una situación paradójica que no ha pasado nunca de moda. El escepticismo nos dice que hay aporías, como las de Zenón de Elea o antinomias como las de Kant que pueden perdurar presentando alternativas imposibles, que no es tan fácil decidirse, que la decisión, en no pocos casos, viene dada por la duda y que esa duda puede mantenerse como antorcha de una verdad nunca probada, de verdades contradictorias, de opacidades de la razón, que no son simples curiosidades de la lógica, sino datos para una fenomenología de la limitación humana. El escéptico nos muestra la antropología del límite mostrándonos el límite mismo de nuestra capacidad de conocer. Se esboza ya una filosofía “crítica”.

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