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Filosofía y lenguaje: De los universales a las teorías del significado

El conocimiento humano de la realidad está profundamente mediado por el lenguaje. El hombre habita en el lenguaje y se inserta en el mundo por medio de él. No hay ni mundo natural ni mundo social sin palabras, esto es, no hay mundo humano sin lenguaje.

De ahí que hablar del lenguaje sea entrar en lo que posibilita la filosofía, y no sólo la vehícula de un modo instrumental sino que determina que se dé o no. La filosofía existe porque existe el lenguaje.

Momentos históricos de la relación entre filosofía y lenguaje son el Cratilo de Platón, donde el filósofo se hace eco de un problema universal y perenne: nuestras palabras ¿Conectan con el objeto que designan o son simple convención? Como siempre, para que el pensamiento siga su curso en el discípulo que escucha (lee) el diálogo, Platón deja abierta la respuesta y es ahí donde se enlaza la preocupación medieval que, como siempre en ese tiempo motivada desde perspectivas espúreas a la filosofía, va a dar en el blanco del problema con el tema de los universales.

La posibilidad del conocimiento y del lenguaje están en juego ante la existencia de ideas universales. Ya Sócrates había centrado la atención de la filosofía en lo universal y en el logro de una definición universal. El testigo lo recoge Aristóteles determinando que no hay ciencia sino de lo universal. Platón no había hecho sino lo mismo, extrapolando la universalidad en un mundo ideal paralelo y externo al aparente.

Las posiciones que se van a ir definiendo en el Medioevo serán tres:
El realismo, que defiende que los universales no son (sólo) entidades mentales. Existen en sí, aún cuando no hubiera mentes conscientes que los captaran. Aquí se moverán Platón y Hegel (de modo extremo). Para el primero hay universales y singulares, pero éstos existen gracias a los primeros. Para Hegel, lo único que realmente hay es la naturaleza universal. Aristóteles (de forma moderada) defenderá que hay universales y hay singulares, pero aquellos existen gracias a éstos. Siguiendo a Platón, tenemos a Aurelio Agustín y siguiendo a Aristóteles, a Tomás Aquino y otros medievales como Boecio y Juan Escoto Eriúgena.

En segundo lugar, el conceptualismo entiende que los universales poseen sólo existencia mental. Su problema: ¿Cómo puede haber conocimientos generales de una experiencia siempre particular? Aquí se mueven los empiristas modernos: Locke, Berkeley y sobre todo Hume para quien el concepto es una impresión individual generalizada por creencias y costumbres. Habrá un prototipo de conceptualismo que será el kantiano para quien las palabras universales tienen sentidos universales, pero no referentes universales.

En tercer lugar, el nominalismo, para quien los universales poseen sólo existencia lingüística. Son “flatus vocis”. El medieval Roscelino y Guillermo de Ockham. Agrupamos por semejanzas entre individuos. Lo que conlleva toda una metafísica en la que sólo hay entes singulares. El lenguaje es evolutivo, instrumental y nos ha enredado a veces entre palabras sin sentido. Todo es temporal y contingente. Nada es necesario. De esta mentalidad está imbuido el neopositivismo británico y en especial Wittgenstein. Contra el nominalismo siempre se han alzado dos objeciones: no se puede evitar el universal porque la palabra “individuo” es también un universal y además, para afirmar la contingencia hay que contemplar un comparativo de necesidad.

Sea como sea, el debate sobre pensamiento y lenguaje fue entrando en una repetición absurda de las tres posiciones medievales hasta que contemporáneamente se abrió otro tipo de planteamiento en el ámbito del siglo XX, que centró en el lenguaje el objeto de la filosofía. Así tenemos que se reflexiona sobre él por medio de él. El caso paradigmático es el del primer y segundo Wittgenstein. El centro del problema pasa a ser el siguiente: ¿En qué consiste significar?¿Cuándo significa una palabra? Entramos en el tema significado del lenguaje. Los modos de entender el significado van a proliferar. Podemos sintetizar las posiciones en cinco supuestos:

1.- La teoría referencial del significado, planteada por Frege en Significado y referenia (1892) y retocada por Russell. “El significado de una palabra es el objeto denotado por esa palabra”. Las objeciones que se le alzan son: en el lenguaje no sólo hay nombres o palabras que funcionan como tales. Puede haber un nombre que no denote ningún objeto y tenga significado en un lenguaje o juego de lenguaje dado. Puede haber más de un significado para un solo objeto denotado (ej: “la villa del oso y del madroño”,”Madrid”,”la capital de España”,”el terrible objetivo del 11-M”).

2.- La teoría ideacionista nos dirá que el significado de una palabra es un proceso o serie de procesos mentales o de comportamiento en los que un sujeto usa tal palabra para hablar acerca de un objeto. La objeción que se le plantea es que, desde una perspectiva conductista tal vez se pueda aceptar. En ésta es necesario admitir que cada expresión está ligada a un comportamiento traducible a reacción corporal. Pero si adoptamos una posición psicológica más humanista se admitirá que hay actos mentales difícilmente reducibles a una reacción corporal externa.

3.- La teoría conceptualista nos dirá que el significado de una palabra es una “entidad” ni física ni psíquica. Puede haber significado de cualquier expresión con tal que tenga sentido y no sea mera sucesión de signos. La objeción es que sería necesario admitir un universo platónico de significados reductibles a objetos o procesos mentales.

4.- La teoría el significado como uso, nos dice que no hay significados sino “usos” de una expresión que son utilizados en varios contextos diferentes. Esta teoría suprimer la cuestión de la referencia a la naturaleza de los procesos mentales y a “mundos o entidades platónicos”. La objeción es que puede disolver el significado en situaciones lingüísticas concretas.

5.- Al margen de la tradición analítica, que ha monopolizado absurdamente el problema, nos encontramos con la teoría del significado originario, aportado por la fenomenología hermenéutica: hay una palabra o Decir inicial, casa del Ser, donde radican los significados, que hallan su sentido en su referencia de originación desde la matriz del Decir. Todos los dichos se desdicen en el Decir y, a su luz, reverberan sentido. La objeción que se le ha puesto es siempre su cercanía a la poesía, su imposibilidad de contrastación científica.

Lo que observamos es que cada teoría de éstas funciona bien en ciertos respectos y no en otros. Lo que queda en pie es la necesidad del lenguaje para el pensamiento y la problemática de las palabras que parecen jugar nuestro juego, pero que – en la mayoría de las ocasiones – nos obligan al juego trazado o juegan por medio de nosotros. El lenguaje nos lleva y lo llevamos en nosotros. Somos lenguaje y tal vez podamos, por medio de él, hallarnos sentido.








...por Cristina M. Null ...por Cristina M. Null


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