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Filosofía utilitarista, o la búsqueda de la felicidad: Empirismo inglés y altruismo

Una acción humana es útil, esto es, eficaz, valiosa y justa, cuando proporciona la mayor felicidad al mayor número de personas.

La concluyente afirmación de que toda tarea o actividad humana ha de ir encaminada a un fin único que los utilitaristas consideran el bien sumo y que asocian e identifican con el logro de la felicidad propia y ajena en lo personal, lo político y lo social, implica el rechazo de toda clase de ascetismo. Así lo expresó, en sus escritos y ensayos, el filósofo inglés Jeremy Bentham (1748-1832), autor, entre otras obras de la “Introducción a los principios de la moral y la legislación”, donde defiende sus tesis tendentes a la transformación y el cambio de la sociedad de su tiempo, puesto que, explica, no hay ninguna razón, ni motivo alguno, para infligir ni soportar sufrimientos, cualesquiera que éstos sean, excepto cuando se trata de un medio para alcanzar la felicidad o para evitar una pena mayor. Ese esfuerzo, realizado sin distracciones ni concesiones, por librarse del ascetismo y cuanto ello conlleva, conducirá al descubrimiento del sentido ético decisivo para distinguir lo justo de lo injusto, pues las acciones de los hombres y las mujeres deben juzgarse atendiendo al especial criterio derivado de la felicidad y el placer que sean capaces de producir y proporcionar. Pero, puesto que la gradación de placeres es un hecho, hay que percatarse de que existen unos placeres mayores, y también mejores, que otros.

Bentham fue un filósofo práctico que intentó aunar lo político y lo sociológico y se esforzó por hallar una solución científica a los problemas humanos, de manera que todas sus obras y escritos fueron concebidos con el propósito de acabar con el daño, la destrucción y la infelicidad. Murió, precisamente, ocupado en lograr tal objetivo e intentando llevar a la práctica sus ideas, durante los disturbios promovidos a causa de la llamada Ley de la Reforma. Su cuerpo se conserva embalsamado en el Colegio Universitario de Londres, uno de los centros que él contribuyó a fundar.

Así pues, el utilitarismo, término empleado para designar a un grupo de pensadores ingleses partidarios de la supremacía del placer, identifica el bien con lo útil y, a modo de positivismo ético o moral diferenciado del pragmatismo, preconiza la felicidad, en los ámbitos personal y social, como principio en el que han de fundamentarse las leyes y las normas. De ahí que, en ocasiones, ese grupo y ese movimiento de pensadores ingleses sea conocido con el nombre de filósofos radicales, ya que, además de sus dilucidaciones relativas a la Filosofía, también orientaron sus reflexiones hacia lo común y lo colectivo, persistiendo en los diversos ámbitos políticos, jurídicos y económicos con el propósito de impulsar reformas sociales cualitativas para lograr la efectividad y concreción de su fin principal: alcanzar la mayor felicidad para el mayor número de ciudadanos. Las condiciones económicas, sociales y culturales ejercen una mutua interacción y se afectan entre sí, siendo el factor más importante el estado de conocimiento de los sucesos que conforman el devenir histórico, o simplemente la historia. Cuando se examina juiciosamente la historia se observa y comprueba que proporciona leyes empíricas que desvelan las claves de la sociedad, de tal manera que, por ejemplo, una edad de Fe lleva a una edad de Razón, y una edad de Razón desemboca en una edad científica o “positiva”, término este último que resalta la evidencia empírica y la experiencia, desechando por inadecuado e imperfecto el conocimiento proveniente de la teología y de la metafísica.

Ciertamente es necesario limitar la influencia de la sociedad y sus instituciones, y en concreto estorbar y entorpecer la exigencia calculada y el intento gubernamental por controlar las acciones y los pensamientos de los ciudadanos para evitar el peligro de censura y el consiguiente daño, pero conviene resaltar que las reglas de la justicia, que nos prohíben dañar, traspasar o interferir en la libertad de otros, deben ser observadas, sin que importe qué ventajas podría parecer que se produjeran si se dejaran de lado, pues la adhesión estricta y confiada a estas reglas es en sí misma de la mayor utilidad para el conjunto de la población. Los filósofos utilitaristas también argumentan que, dado que el dolor es el mal y la felicidad es el bien, lo verdaderamente esencial en toda acción humana será favorecer la consecución del placer y refrenar el dolor y la miseria. Resulta primordial liberarse del dolor y la miseria ya que, desde el punto de vista de la ética utilitarista, las acciones encaminadas a tal fin, esto es, las que proporcionan felicidad, son correctas, mientras que resultan incorrectas y erróneas las que causan desdicha e infelicidad.
Por tanto, en un primer acercamiento se constata que la felicidad, en cuanto que significa placer y ausencia de dolor, es la única cosa deseable como un fin, siendo todas las demás cosas deseables como medios para ese fin. En consecuencia, asociado al placer y la felicidad, el cabal discernimiento ético, al que se llega a través de planteamientos y debates sobre la moral que culminan en una elección individual, puede ayudar a que un hombre o una mujer decidan qué tipo de persona les gustaría ser. Una vez aceptado que el valor supremo es la utilidad, y que sólo el placer es bueno en sí mismo, importa especialmente que aquello que se considera bueno debe aprenderse por medio de la intuición, y no acudiendo a métodos tales como la revelación, la autoridad o cualesquiera otras formas de coacción o de intimidación, pues constituye un privilegio del ser humano y de su particular condición el que, una vez alcanzada la madurez de sus facultades, pueda estar capacitado para usar, interpretar y vivir las experiencias a su modo.

El utilitarismo, en definitiva, es un movimiento característico de la filosofía empírica inglesa que, revestido de cierto altruismo, exalta el principio del placer —única cosa buena en sí que constituye, a su vez, la principal meta del género humano— a fin de lograr la felicidad para el mayor número de personas y acabar con la única cosa mala en sí, esto es, con el dolor. El utilitarismo, que recibe también el nombre de radicalismo filosófico, tuvo su origen en la Inglaterra del siglo XIX. Sin embargo, ya existía un precedente entre los pensadores de la Antigüedad Clásica que resaltaban cómo el hombre perseguía la felicidad y huía del dolor. Filósofos como Hobbes y Locke, cualificados representantes del empirismo inglés, y preocupados por la problemática sociológica, también contribuyeron con sus doctrinas y teorías al desarrollo y nacimiento del utilitarismo. Asimismo, determinadas corrientes de pensadores sostienen que juzgar las acciones por sus consecuencias, buenas o malas, lleva implícita la definición de los conceptos de responsabilidad y deber, por lo que habría que distinguir entre utilitarismo de los actos y utilitarismo de las reglas o normas. Ello entroncaría con el conocido aserto de Kant —quien dejó dicho que debe mucho a Hume, ya que le salvó del sueño dogmático— que dice así: “Obra sólo según la máxima por la que puedas querer a la vez que se convierta en norma universal”.

Pero fue el londinense John Stuart Mill (1806-1873) el primer filósofo que publicó una obra titulada “Utilitarismo”, en cuyas páginas defiende la tesis de que es a través de la experiencia como se llega al conocimiento. A Stuart Mill, que fue un gran admirador de las ideas y teorías de Bentham, se le considera afín al grupo de los filósofos radicales. Stuart Mill, que investigó sobre el verdadero alcance de la justicia y la libertad, pensaba que todos nuestros actos deliberados estaban motivados por la creencia de que obrando con rectitud conseguíamos nuestro mayor bien; asegurando también que nuestras decisiones descansan en nuestro carácter, así como en nuestras creencias y nuestra situación o circunstancia.








...por Ana González ...por Ana González


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