Según Aristóteles, el deseo del hombre por filosofar surge de la admiración ante lo que le rodea. Han sido necesarios dos mil trescientos años para cambiar este principio.
Hablar de filosofía de la práctica es hablar de su “creador”, el filósofo canadiense Lou Marinoff, y de su libro “Más Platón y menos Prozac”, que plantea la filosofía como una alternativa que ayuda a resolver los problemas emocionales, con los que la sociedad moderna acostumbra cada vez más a lidiar a base de antidepresivos. Si buscáramos este libro en una biblioteca seguramente habríamos de consultar la sección de autoayuda y superación personal, no la de filosofía. Y es que no se trata de una obra filosófica, ni tan siquiera de una propuesta de reflexión: es más bien un anuncio (en el sentido más propagandístico de la palabra) del nacimiento de esta nueva “disciplina psicoterapéutica”: la filosofía de la práctica. Este es el mérito que hay que reconocer a Lou Marinoff, que desde la primera página se lanza hacia su objetivo, predicando su mensaje de seguridad con el ejemplo de ir al grano en todo momento. El estilo de la obra no es en absoluto el propio de un tratado filosófico, sino más bien el de un folleto publicitario: rápido, directo, sin opción a que el lector dude, claro y positivo.
Conviene hacer un poco de historia: el prozac (fluoxetina clorhidrato) fue descubierto a principios de la década de los 70 y comercializado a mediados de los 80; desde entonces se considera uno de los antidepresivos más potentes que se conocen, así como un fármaco útil para el tratamiento de otras afecciones psiquiátricas. La fluoxetina se usa, por ejemplo, para tratar la depresión, el desorden obsesivo-compulsivo (pensamientos molestos que no desaparecen y necesidad de realizar ciertas acciones una y otra vez), algunos trastornos relacionados con los hábitos alimenticios y ataques de pánico (ataques súbitos, inesperados de temor y preocupación extrema acerca de estos ataques). Comienza a hacer efecto a partir del primer mes de su administración, y sus efectos secundarios se hallan perfectamente tipificados. Todo esto ha contribuido a que su uso se haya multiplicado tan rápidamente como el progresivo descubrimiento de numerosas enfermedades y trastornos de la mente en las últimas décadas del siglo pasado, y hay quien lo ha comparado con el “soma” que Aldous Huxley administraba a los personajes de su libro futurista “Un mundo feliz” (A brave new world, 1932) y que les proporcionaba una sensación casi adictiva de bienestar, abandono y relajación.
Según Marinoff, los psiquiatras afirman que uno de cada dos habitantes de los Estados Unidos padece alguna enfermedad mental, en datos referidos a finales del s. XX. Esta cifra se debe a la facilidad con que se cataloga de “enfermedad mental” cualquier inquietud o preocupación que altere la conducta del ser humano. Aquí es donde surge la filosofía de la práctica como alternativa al prozac y a los remedios tradicionales para estos trastornos (remedios situados en los ámbitos de la psicología y la psiquiatría).
Lou Marinoff, con un estilo directo y asertivo, dice que la mejor solución para los problemas de pareja, las discusiones familiares, las preocupaciones laborales, las dudas a la hora de tomar decisiones, los complejos de personalidad, etc., es un buen asesoramiento filosófico que nos ayude a considerar la situación desde una perspectiva más serena y objetiva. El libro, cuyo título pretende tener el mismo sentido publicitario que el contenido (evidentemente tiene más “gancho” “Más Platón y menos Prozac” que, por ejemplo, “Más Spinoza y menos fluoxetina”), decimos que el libro es una sucesión de casos reales del estilo siguiente: un individuo A va a la consulta de asesoramiento filosófico de Lou Marinoff (que cobra sus correspondientes honorarios por sesión) porque tiene un problema X que no puede resolver con la ayuda de la medicina, la psicología ni la psiquiatría; Marinoff le “receta” la lectura de algún libro de filosofía (”La consolación de la filosofía” de Boecio, o el “Tao Te King” de Lao Tse, por ejemplo) y, con eso y unas cuantas charlas, el paciente descubre una óptica nueva que le permite abordar su problema con éxito. Dejando a un lado la posible comicidad del planteamiento, sí que es cierto que la filosofía como disciplina siempre ha implicado mirar la vida de manera diferente; pero para llegar a esta actitud contemplativa no parece que el camino sea leer los “Pensamientos” de Pascal como si fueran un analgésico contra la depresión. La filosofía nace de la admiración y el interés del ser humano ante las cosas que le rodean, admiración que le obliga a hacerse preguntas para que su actitud vital esté en consonancia. Lo que propone Marinoff no tiene nada que ver con esto; su filosofía de la práctica no es en absoluto una actitud ante el mundo, sino frente al mundo: es una medicina contra una enfermedad. Este planteamiento, al margen de que sea útil o no, no es en absoluto filosofía. No hace falta encontrarse mal para leer el “Fedón”; lo que hace falta es tener interés por saber qué pensaba Platón sobre la inmortalidad del alma. Lo que quizá descuida Marinoff, por tanto, es dejar claro este punto: que las posibles propiedades curativas de la filosofía son un valor añadido, y no su razón de ser. Aunque, y este es el principal argumento que esgrime el autor, lo único que importa es que esa propiedades curativas están ahí.
Marinoff describe un método sistemático de enfrentamiento y resolución al problema X que tiene el individuo A, método que se ha de seguir siempre bajo la tutela de un consejero filosófico. Este método se denomina PEACE, siglas de Problema – Emociones – Análisis – Contemplación - Equilibrio. La primera fase (Problema) consiste en reconocer y delimitar cuál es el origen del malestar, el problema que lo causa, cosa no siempre fácil. A menudo el simple ejercicio de determinar exactamente en qué radica el problema contribuye enormemente a minimizarlo y encontrarle solución. La segunda (Emociones) consiste en esclarecer qué sentimientos están en juego, qué emociones provoca tal problema. La psicología o la psiquiatría, afirma Marinoff, llegan hasta esta segunda fase y no profundizan más, en cambio la filosofía de la práctica permite ir mucho más allá. La tercera fase (Análisis) se fundamenta en el esfuerzo del paciente A por examinar, analizar y razonar sobre lo que hasta ahora ha encontrado en el proceso (problema y sentimientos implicados) con el objetivo de hallar posibles soluciones. La cuarta (Contemplación) consiste en valorar de manera serena, distante y aséptica, las consecuencias de la aplicación de las soluciones halladas, o de la ausencia de solución si es el caso. Se trata de obtener una visión de conjunto. La quinta y última fase (Equilibrio) sitúa al individuo A en una especie de estado de paz interior tal que le capacita para adoptar la solución que haya considerado más conveniente y no por ello desestabilizarse de nuevo emocionalmente; una suerte de convencimiento de que, sea cual sea el final para el problema X, es sin duda el mejor final posible.
La idea que se respira en el libro sobre cómo se ha de entender la filosofía, está tan embebida de utilitarismo americano como la forma en que está escrito; incluso la selección de filósofos que son citados a lo largo de la obra son anglosajones la mayoría y pertenecientes a la corriente filosófica del utilitarismo (cuyo lema podríamos decir que es: si algo es útil, entonces es bueno). También se nota cierta predilección por la filosofía oriental: Confucio, Lao Tse, el “I Ching”…; en un porcentaje relativamente bajo asoma la filosofía griega y alemana, lo cual como mínimo causa sorpresa. A pesar de esto, la nueva profesión de consejero filosófico queda justificada por el hecho de que ayuda a la gente a resolver sus problemas.
La otra idea que subyace en el libro es la de que la filosofía, sin esta aplicación terapéutica, es una disciplina hueca y carente de utilidad. Desde el momento que el nuevo método se bautiza como “filosofía de la práctica” se está diciendo que la filosofía por sí sola no es práctica, pues si lo fuera tal etiqueta sería una redundancia. Y nada más lejos de la realidad: todo el corpus especulativo, todo el saber teórico, toda la “palabrería” que configura la concepción filosófica de cualquier filósofo que haya existido a lo largo de la historia, ha tenido su razón de ser en la búsqueda de cómo vivir en armonía con el mundo. Aristóteles ya nos enseñó que el hombre filosofa porque busca la felicidad, su propia felicidad. Y eso no quiere decir que esté desequilibrado emocionalmente.
En Nueva York existe la asociación APPA (American Philosophical Practitioners Association), cuyo presidente es Lou Marinoff, que da un carácter más institucional a todo el movimiento de la filosofía práctica y proporciona un apoyo a los consejeros filosóficos, la inmensa mayoría de los cuales evidentemente son norteamericanos. Al final del libro se hace una enumeración de consejeros filosóficos de todo el mundo, donde no figura ningún español, aunque hay que tener en cuenta que el libro fue editado en 1998.
En el año 2006 existen ya múltiples asociaciones dedicadas al asesoramiento filosófico en diferentes países (España, Portugal, Israel, Noruega, Canadá…), que por un lado ofrecen servicios de formación para los filósofos interesados en ingresar en la corriente de la filosofía práctica, y por otro proporcionan información sobre el asesoramiento propiamente dicho a los pacientes que lo soliciten.

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