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Filosofía china: La importancia de la sabiduría

Armonía y equilibrio constituyen algunos de los preceptos que el antiguo pensamiento filosófico chino mantenía para alcanzar el conocimiento.

El primero de los maestros que se desplazaba de un lugar a otro para ofrecer sus servicios a los jefes de los grandes Estados, y para enseñar a título privado, fue Confucio. Los datos de su vida fueron recogidos por el primer historiador chino en las “Memorias históricas” (”Che-king”).

Nacido en el estado de Lu, Confucio quedó huérfano de padre muy joven, y fue educado por su madre en la más extrema pobreza. Estuvo al servicio de los ministros de Lu, y a los cincuenta años podría haber obtenido un importante cargo en el gobierno de su estado natal, pero una intriga política lo impidió y comenzó a vagar de unos lugares a otros, de unas cortes a otras, esperanzado por encontrar al príncipe capaz de poner en práctica las condiciones para la consecución del Estado ideal. Tras trece años vagando de corte en corte pudo volver a su país y allí fundó una escuela, y a los tres años de su regreso falleció.
Aunque no ha dejado ningún escrito, se sabe que él buscaba ejemplos de virtud, y tomaba como modelos a los grandes sabios y reyes para formar a sus discípulos. Las lecciones de respeto y de urbanidad las extraía de los rituales, y usaba manuales de filosofía política. A pesar de no haber escrito nada, por medio de sus interpretaciones pudo renovar el sentido de viejos textos y expresar nuevas ideas. Gracias a él la sociedad se transformó e incluso se reformó.

La armonía para el pensamiento confuciano estaba asentada en las llamadas cinco relaciones sociales, que eran: entre el soberano y el súbdito, entre el padre y el hijo, entre el hermano mayor y el hermano menor, entre el marido y la esposa, y entre amigo y amigo. No seguirlas era tanto como ir en contra de los designios del Cielo. Para Confucio el Cielo era lo supremo, el ser humano tenía que tener como principal preocupación el conocimiento de la voluntad celeste (denominada “ming”). Pero para conocer ese decreto del Cielo es necesario actuar, es esencial que cada persona cumpla con su deber y que lo haga en el lugar que se le ha asignado. En eso consiste precisamente la sabiduría, en cumplir con los deberes para con el resto de individuos y en adorar a los espíritus al tiempo que mantenerse alejado de ellos.
Aquello que el maestro enseña a sus discípulos es a diferenciar entre el bien y el mal a través de ejemplos prácticos, para que así se desarrolle en ellos la personalidad y el razonamiento, preparándoles para que sean capaces de seguir la vía (el “tao”) que el Cielo ha trazado para ellos.

Para poder realizarse de este modo, y hacer que el orden celeste se produzca en uno mismo, resulta necesario conocer la naturaleza de las cosas de forma perfecta. Esta especie de ciencia es la que permite que se actúe con equidad y que se comprenda el significado de los ritos. Así, los sabios han precisado los deberes de cada persona, y los han formulado en rituales.
Confucio enseñaba que si cada uno de los miembros de una sociedad tiene en cuenta lo que significan e implican las palabras, entonces la sociedad estará bien ordenada: el príncipe ha de conducirse como príncipe, el ministro como ministro, el padre como padre, el hijo como hijo…, y entonces el país estará bien gobernado. Un príncipe sabio habrá de cumplir con sus deberes, y para ello tendrá que encaminar sus deseos hacia el bien, y conocer al Cielo y a los hombres.

El gobierno ideal para Confucio es el del rey Yu, el reinado del santo, a este fundador Confucio no le encontraba falta ninguna. La santidad consiste en un conocimiento innato de los símbolos, y en la capacidad de discernir inmediatamente entre el Bien y el Mal, así como captar lo Bueno y lo Verdadero. El sabio ha de colocar la perfección por encima de todas las cosas, pero no debe buscar el interés propio, ni reivindicar nada, sino vivir feliz en su pobreza. Tiene que mantener sus poderes en equilibrio y esforzarse por vencerse a sí mismo.
La principal norma para poner en práctica la rectitud consiste en hacer a los demás lo que queramos que se nos haga, y la regla para el altruismo es la contraria, no hacer a los demás lo que no queramos que se nos haga a nosotros. Quien conforme su conducta según estos principios se convertirá en un sabio de primer orden. También es necesario saber medir el respeto al prójimo según el respeto que uno se debe a sí mismo, así como perfeccionarse a sí mismo de manera que los méritos del prójimo sean cada vez más elevados.
Confucio trató siempre de vivir conforme al espíritu de los textos, y su vida se convirtió en una larga ascensión, con una serie de etapas que él mismo describió. Fue a los cincuenta años cuando el maestro entendió cuáles eran los designios del Cielo para con él, y de este modo su alma quedó totalmente fortificada.

La escuela del Tao es la que representa al taoísmo filosófico, aunque en China ninguna de las escuelas que hubo puede reivindicar en exclusiva el término Tao, dado que esta palabra forma parte de un sustrato filosófico del que han bebido muchas formas de pensamiento a lo largo de siglos.
El papel central del Tao en la filosofía taoísta adquiere un carácter evidente con la lectura del “Lao-tsé”, obra venerable donde las haya, que fue escrita tardíamente. Este libro, con más de cinco mil palabras, contiene textos de diferentes épocas y creencias intemporales. Según la historia, el maestro Lao Tsé (de quien lleva el nombre esta obra) fue contemporáneo de Confucio.

El valor y el carácter del antiguo taoísmo ha obtenido muy diversas apreciaciones; para algunos, esta doctrina resulta mística y metafísica, para otros lo único que aporta es magia y naturalismo. Pero, ante estas apreciaciones, resulta necesario encontrar una vía intermedia. Los sabios y maestros del antiguo taoísmo han intentado encontrar algún fundamento racional para su concepción de la sabiduría, que no carece de un poder místico de evocación. No puede pretenderse que no haya lugar para la magia, pero el énfasis se pone en la contemplación. Para alcanzar el Principio el empirismo de los hechiceros era considerado vulgar, puesto que era necesario el éxtasis del asceta. Estas ideas acerca de la relevancia de la magia y del misticismo dentro del taoísmo se comprenden mejor si se tiene en cuenta el contexto en el que se desarrolló este pensamiento. Las técnicas del éxtasis en las que comenzó a iniciarse la China antigua, estaban emparentadas con las de los chamanes de Siberia, y con las de la India. Se trataba de técnicas semimágicas y más o menos especulativas, que incluían una enseñanza acerca de la respiración que ayudaba a la concentración del espíritu y al dominio de la energía de las pasiones. El pensamiento del asceta adquiría entonces la capacidad de ir más allá del espacio, de abarcar pasado, presente y futuro, de actuar sobre los seres y sobre las cosas.

Todo estado místico implica la contemplación estática, no puede llegarse al éxtasis sin la ascesis, se requiere de un entrenamiento paulatino para que el individuo logre estar en una perfecta serenidad. El asceta ha de purificarse interiormente, renovando hasta lo más íntimo de su ser, y elevarse, con esfuerzo, por encima de lo relativo gracias a ese ejercicio purificador. Cuando llega al final de su camino es cuando se encuentra con un mundo por completo transformado, su existencia anterior ya no tiene cabida, y es como si un nuevo ser humano despertara en él. Se trata de una búsqueda del absoluto donde la intuición cobra primacía sobre el resto de las facultades del intelecto.








...por Ana González ...por Ana González


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