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Epicteto, el estoico: Un esclavo libre

Se puede hacer ética escribiendo libros voluminosos en torno al bien o al mal o sobre los criterios morales. Se puede hacer ética siendo o tratando de ser un ejemplo vivo.

Eso es lo que trataron de ser los estilos helenísticos de ética, que se desarrollaron en un periodo histórico muy peculiar, el de la mayor crisis de valores que ha conocido Occidente hasta el momento: la época helenística, que comienza con la muerte de Alejandro Magno (323 a. C.) y puede decirse, en términos generales, que se cierra con la caída del Imperio romano.

La idea del filósofo como sabio que se basta a sí mismo en un universo vasto, formado por grandes imperios, no por pequeñas ciudades-estado, donde el pensador puede aparecer como auténtico ciudadano del mundo, un “cosmopolita”, hace del periodo helenístico un tiempo de referencia para todos los tiempos en que el pensamiento se sitúa a la intemperie, donde los grandes relatos no convencen, en donde el “sálvese quien pueda” hondea como única bandera. Allí florecerán el cultivo de la amistad verdadera, de la libertad interior, de la armonía con la naturaleza, del refugio en la vida privada tratando de encontrar la felicidad posible.

Entre las filosofías helenísticas y, como relativa continuación del cinismo, nos encontramos con el estoicismo. En la historia de la Estoa o el Pórtico, que duró medio milenio, podemos distinguir tres etapas. El estoicismo antiguo (siglos IV a II a.C.), con el fundador: Zenón de Citio y Cleantes y Crisipo como exponentes preclaros; el estoicismo medio (II a I a.C.), en el que la doctrina se importa a Roma, en la que destacan Panecio y Posidonio. Ellos profundizaron y ampliaron la lógica aristotélica. Por último, el estoicismo “nuevo”, durante el Imperio, donde destacarán Musonio, Séneca, Epicteto y el emperador Marco Aurelio. Son los que realmente darán carácter al movimiento.

Para un estoico “vivir según la naturaleza” se convierte en el primer imperativo ético. Y a la naturaleza se la entiende como el viejo Heráclito la concebía: un continuo devenir, donde la necesidad y causalidad son, por el contrario determinantes y donde todo desorden queda explicado como orden mediante el Logos secreto que domina todo y a todo condiciona como parte de una danza armoniosa. De este modo, todo está ya determinado y nada puede hacerse por cambiar el rumbo de los acontecimientos. Cada cual puede cambiar su destino mediante las propias acciones, pero no puede hacer nada contra la voluntad de la naturaleza y las causales casualidades de la vida. Ante ellas, el sabio, como no puede dominarlas, se exige – para ser libre en todo momento – la completa “ataraxia” o imperturbabilidad. Lo mismo que no se puede nadar contracorriente, así hace el necio cuando se enoja, quiere contradecir o se rebela contra los acontecimientos que no dependen de él. Sólo acarrea así desesperación y dolor. La verdadera sabiduría consiste en aceptar el destino sin aspavientos, sabiendo que la serenidad es lo más humano en el ser humano y que el destino está regido por la Razón Universal y camina siempre guiado providencialmente. Pero dentro de estas constantes estoicas – y como la moral ejemplarizante del estoico mismo pide – hay variaciones que producen estilos en cada estoico. Nos fijamos especialmente en uno de los más universales.

Epicteto nació en el año 50 en Hierápolis (Frigia meridional). Era esclavo e hijo de esclavo, fue a Roma al servicio de Epafrodito, un militar que a su vez servía al emperador Nerón y que tuvo que ver con la muerte de éste. Epicteto se quedó cojo a consecuencia de los malos tratos infringidos por su dueño. Pero, su buen talante le ocasionó la libertad, ya que su dueño se apiadó de él y le puso, antes de hacerle libre, a recibir lecciones del estoico Musonio. A la muerte de éste predicó el estoicismo en Roma hasta que le desterró Diocleciano junto con todos los filósofos.

Se fue a Nicópolis, donde fundó escuela. Vivía, sin mujer, sin familia, ajeno a toda comodidad, no había necesidad de cerrar la puerta de su casa, porque ésta no contenía más que un camastro y un candil. Se alejó de toda especulación de la escuela estoica y dio a sus enseñanzas validez cotidiana. No escribió nada. Su discípulo Flavio Arriano recogió sus enseñanzas. Admiraba sobre todo a Sócrates, Diógenes y al estoico Crisipo. Condenaba a los epicúreos por predicar el placer porque, según él, era algo antisocial e iba en contra de los académicos, escolásticos herederos de Platón, a los que reprocha cómo se han deformado hasta hacerse impermeables a nuevos razonamientos éticos.

La razón es para Epicteto la norma de la verdad. Nada hay superior a la razón. Ella es capaz de encontrar cual es nuestro bien. El sabio deberá vigilar con la razón: en primer lugar sus deseos, porque de ellos dependen nuestros sufrimientos. Para rectificar nuestros deseos es preciso saber qué bienes podemos permitirnos: los que estén a nuestro alcance. Todo lo que sea ajeno a nuestra voluntad debe sernos “indiferente”. En segundo lugar, la razón ha de vigilar nuestras fobias y nuestras filias y cuidar que cumplamos nuestro deber en cada caso y lugar, siempre según el justo medio. En tercer lugar, la razón ha de controlar nuestras representaciones para que sean reconocidas como válidas. En este triple ejercicio consiste el desarrollo de nuestra libertad. La muerte es la disolución que devuelve los elementos que nos componen a su lugar de origen, nuestra última liberación. Pero la vida merece la pena ser vivida en la liberación de deseos inútiles y en el conocimiento del divino orden del universo, que el sabio acepta y ama con toda su voluntad. El filósofo es el testimonio viviente de la divinidad universal, que vive dentro de nosotros también y nos conoce.

Su alegato por la liberación interior es la nota predominante de un Epicteto que sigue siendo leído en las clínicas psiquiátricas norteamericanas como beneficio singular de los espíritus. Porque “la esclavitud del cuerpo es obra de la fortuna; la del alma, lo es del vicio. El que conserva la libertad del cuerpo, pero tiene el alma esclava, esclavo es; pero el que conserva el alma libre, goza de absoluta libertad, aunque esté cargado de cadenas”. Creámoslo o no, Epicteto consagra así una nueva forma de entender la libertad que dará que hablar a generaciones posteriores.

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