Cómo mantener las formas del poder a través de la superstición. La superstición como base del conocimiento científico.
El mantenimiento de una serie de normas sociales, religiosas y de higiene han ayudado y ayudan a mantener el equilibrio en las sociedades primitivas. En las sociedades primitivas la fuerza de la superstición ha sido y es la forma de cohesión social más efectiva entre sus miembros. La existencia de estas normas tiene su base en la creencia de la existencia de un poder invisible que puede alterar y peligrar el tranquilo discurrir de la vida de la comunidad, y se convierte en uno de los miedos más arraigados del hombre. Por ello, no es de extrañar que estas sociedades se nutran de unos códigos de reglas inalterables, donde su no cumplimiento puede llevar a la muerte al individuo e, incluso, a todo su poblado. Las jerarquías, sus derechos y sus obligaciones han de ser respetadas y el máximo peligro proviene de las fuerzas invisibles de la Naturaleza, que pueden distorsionar la existencia humana. Pero estas fuerzas naturales también pueden ser controladas. Aquel que las conozca y haga un mal uso de ellas, será repudiado y castigado y habrá cometido un grave pecado.
Pero el pecado no es el convertirse en un infractor de las normas; no es el hecho de la trasgresión sino el poder de trasgresión en sí. Se convierte en uno de los mayores pecados sólo por el miedo que provoca en el resto de la comunidad, el que uno de sus miembros haya adquirido un conocimiento que no está al alcance de todos, y que lo eleva, intelectualmente, por encima de los demás. Y, sobre todo, el hecho de que ese individuo no pertenezca a la realeza, o sea, a los miembros que gobiernan esa comunidad. Se plantea un debate que va más allá que la creencia en supersticiones. El peligro amenaza a toda aquella comunidad que no sepa controlar a sus miembros; la disconformidad frente a las actuaciones de sus gobernantes, la detracción a sus decisiones, la crítica, la reprobación, son gestos sumamente peligrosos para la estabilidad del poder ya establecido. Y el adquirir un conocimiento mayor que el permitido es uno de los focos más peligrosos que existen para la autoridad establecida.
¿Cómo mantener a los disidentes al margen de toda censura dañina? ¿Cómo mantener la frágil línea del poder de unos sobre otros, para evitar tambalear los estamentos sociales y que los poderosos pierdan su predominio? Asociando toda digresión con lo prohibido, con lo impuro, y creando el concepto tabú como el guardián de las normas establecidas y el buen funcionamiento social. En este caso, el tabú ejerce como un potente regulador del comportamiento de la comunidad. No se trata de una mera prohibición, sino que el tabú actúa como refuerzo especial de un precepto general. Pero, para que esto sea válido y funcione, es condición sine qua non que la sociedad crea en esas fuerzas invisibles que rigen el mundo y, además, crea que sus gobernantes están en armonía con ellas y las controlan, para beneficio de todos.
Algunos de estos tabúes controladores son los relacionados con el cuerpo humano. El cuerpo humano se convierte en el santuario del alma y, en el caso de reyes, en un objeto sacro. Si en la religión cristiana esta analogía ha sido exaltada, siendo el hombre imagen y semejanza de Cristo, también encontramos conceptos parecidos en gentes de otras creencias. En muchas tribus la cabeza se considera sagrada, poseedora del alma del individuo y la que rige su espíritu por lo que, mientras que algunas tribus tiene que adornarla con las mejores galas en signo de respeto, para otras está absolutamente prohibido tocarla, incluso simplemente pasar por encima de ella. Si el individuo es un rey o reina, la prohibición se amplifica y ni tan sólo puede colocarse nadie por encima de la cabeza del monarca, bajo pena de muerte. Si un niño toca algo con la cabeza, por ejemplo un árbol, éste se corta por ser impuro. Puesto que la cabeza es sagrada, todas sus partículas también lo son, como es el caso del cabello. El tabú del corte de pelo también aparece en sociedades europeas de siglos pasados, como los godos. En el caso de los reyes, éstos tenían prohibido cortarse el cabello, a expensas de perder su derecho al trono. No es difícil encontrar analogías con otras religiones, como la cristiana, donde el cabello era un símbolo de fortaleza y de dignidad, véase a Sansón.
Puesto que en la cabeza radica el espíritu del hombre, existe un peligro especial en que éste escape por la boca en el acto de alimentarse. Es, sobre todo con los reyes, con quienes hay que extremar las precauciones, por lo que está prohibido observarles mientras comen o beben, bajo pena de muerte. A algunos les dejan su comida en una banqueta y anuncian con una campanilla el momento de comer, para que todo el mundo vuelva la cabeza y se arroje al suelo. El contacto de la comida con la boca provoca que los restos, comestibles o no, adquieran también un carácter sagrado. La relación entre el alimento que un hombre ha ingerido y el que dejó en el plato es tan evidente, dentro de este enfoque supersticioso, que también se les aplica un tabú, consistente en la destrucción de esos restos, bien enterrados, bien arrojados al mar o quemados. Ya en la antigüedad los romanos rompían las cáscaras de huevos y de caracoles que habían comido para que sus enemigos no pudieran hacer brujerías con ellas. La creencia radica en que se puede destruir al hombre dañando el alimento que no ha ingerido, porque existe una ligadura tal entre lo comido y lo rehusado, que hace que todas las partes sean sólo una.
En el tabú del recorte de las uñas encontramos analogías con el correspondiente al de los restos de comida y, como es casi imposible no cortarse las uñas, su prohibición se ciñe en hacerlas desaparecer, para que no caigan en manos de hechiceros o brujas que sí tienen el (prohibido) poder suficiente como para dominar al individuo a su antojo.
Respecto a la sangre, no existe nada tan sagrado como la sangre, porque el alma de la persona o el animal está esparcida en ella. El mayor sacrilegio es el ingerir carne cruda, pero, en algunos lugares, tampoco está permitido comer ningún alimento preparado con sangre. Los judíos, cuando sacrifican un animal, lo limpian de sangre exterior e interiormente, para no cometer pecado. Y, en el caso de los reyes, su sangre es aún más venerable, por lo que se convierte en una acción impía de graves consecuencias el derramar una sola gota. Del mismo modo, en otras sociedades el beber la sangre de los enemigos era la mejor manera de fortalecerse pero, eso sí, nunca derramarla al suelo. La creencia es que la sangre contiene la fuerza de la persona y ésta puede traspasarse a otro sólo con beberla, pero si cae al suelo se mancilla incluso la no derramada.
Mientras que para unos la sangre es beneficiosa, para otros puede transmitir una desgracia para la persona y sus paisanos.
No cabe duda que la observancia de estos tabúes han incidido en la prevención de muchas enfermedades y evitado muchos contagios, por lo que podemos encontrar un sentido práctico en ello. Pero también es cierto que existe un conocimiento intuitivo sobre la correspondencia entre lo visible y lo invisible del cuerpo humano que no ha sido, hasta muchos siglos después, con la llegada de la ciencia moderna, cuando se ha demostrado plenamente.
La creencia de una conexión espiritual entre el individuo y las partículas corporales que lo componen, aún después de haberse desprendido de ellas, ha permanecido a través de los siglos en el inconsciente colectivo. Esta declaración no sólo no ha sido rebatida, sino que, gracias a los avances de la ciencia moderna, se ha visto reafirmada en su contenido, aunque no con un enfoque místico, sino científico. La Ciencia ha ocupado el papel que antes dominaba la religión, y ahora a ella se la considera la depositaria del Saber, de forma que lo que no se demuestra científicamente, no es cierto. Pero es curioso que, tanto la superstición como la Ciencia nos dicen lo mismo: que es ineludible la existencia de una correspondencia entre una parte y el todo, entre la partícula invisible y el conjunto visible. En la parte más pequeña de nosotros mismos, hasta de nuestros propios desechos, hay esencia humana de forma irrevocable. Ha sido en el siglo XX y, de forma prometedora, en el siglo XXI, cuando han adquirido más fuerza los estudios relacionados con el ADN, y, sobre todo, del genoma humano. Ellos nos han descubierto que, a través de un sólo cabello o de una gota de saliva, se puede identificar perfectamente nuestra huella genética. Y, quizás algún día sea posible la creación de clones a partir de una ínfima porción del ser vivo. Queda evidente de que existía un conocimiento ancestral de que esto era posible. Sólo faltaba que los avances científicos dieran fe de que esto es cierto.
Y nos queda la duda de si los recelos tribales sobre la perniciosa manipulación de nuestras células puede ser perjudicial para la comunidad humana. Pero, de lo que no queda duda es de que son las sociedades más desarrolladas científicamente las que dominan el mundo y a sus pobladores.

Enlaces Patrocinados:
Otros Reportajes:
Los más comentados:
Fernando Savater: autobiografía como filosofía (2)
El "Advaita Vedanta" de Sankara (2)




Estás en:



(2 votos, promedio: 3.5 de 5)
Estás en:
MundoFilosofía | Filosofías del mundo | El tabú en las creencias tribales: Ritos y creencias de los pueblos primitivos para salvaguardar su esencia

