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El precriticismo estético de Kant: Análisis del ensayo “Consideraciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime”

Antes de desarrollar la concepción filosófica que habría de cambiar la manera de pensar en Europa, Kant expone de manera distendida sus opiniones estéticas.

Escrito a la edad de cuarenta años, el breve ensayo “Consideraciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime” (”Beobachtungen uber das Gefühl des Schönen und Erhabenen”, 1764) contrasta con el resto de la obra de Kant (según una opinión común, es uno de los pocos escritos kantianos que se entienden al tiempo que se leen), no sólo por el estilo, mucho más ameno y agradable que la “Crítica de la Razón pura” (”Kritik der reinen Vernunft”, 1781), la “Crítica de la Razón práctica” (”Kritik der praktischen Vernunft”, 1788) o la “Crítica del Juicio” (”Kritik der Urteilskraft”, 1790), sino también por el tema a tratar. Si bien Kant siempre mostró gran interés por las cuestiones estéticas, en esta breve obra las aborda desde unas perspectivas insólitas para alguien como él, que permaneció célibe toda su vida y no salió nunca de su pueblo natal, Könisberg. Aquí nos habla de la mujer y de los más diversos lugares del mundo con un conocimiento tal que nos deja asombrados; quizá sea precisamente su falta de contacto personal con mujeres y su poco espíritu viajero lo que le permitiera hablar sin ningún tipo de prejuicios y con tal tino.

Podríamos tal vez tratar de entrever en este escrito pre-crítico algunos notas importantes que nos anticipen la posterior filosofía kantiana; en efecto, el texto en algunas ocasiones se presta, en bandeja casi, a ello, pero quizá sería algo apresurado establecer tales paralelismos. En cualquier caso, citaremos la conexión cuando parezca que estamos ante ella, aunque sólo sea calificándola de posible, no de que exista realmente.

Cuando se abordan cuestiones tan delicadas como las estéticas, parece, a juicio popular, que es menos inseguro moverse entre términos como “subjetivo” o “individualismo”, que entre otros, sinónimos de “objetivo”. Esto es lo que hace Kant para comenzar, en un alegato del relativismo que Protágoras probablemente habría secundado; el abderita sin embargo hubiera llamado relativo absolutamente a todo, mientras que Kant limita el término al ámbito de lo sensible, excluyendo así las “sublimes intuiciones del entendimiento” (distinción ésta, sensibilidad / entendimiento, que puede ser considerada como uno de los anticipos de los que ya hemos hablado).
A nivel de sensibilidad, pues, es como poseemos dos tipos de emociones o sentimientos: el de lo sublime y el de lo bello. Si no tenemos estos sentimientos, nos está vedado apreciar el halo de sublimidad que envuelve a las sombras nocturnas provocadas por la luna, a las altas cumbres o a los grandes precipicios, a las tempestades atronadoras o a los bosques sombríos, espectáculos todos ellos cuya visión nos penetra por su enormidad y sencillez; no sentiremos ni nos producirá alegría asimismo la bella luz del día sobre las campiñas.

Es curioso cómo Kant no da una definición más o menos rigurosa de lo bello y lo sublime, tan sólo pone ejemplos; las formalidades de ambos conceptos no llegarán hasta la Crítica del Juicio, y aquí se limita a ilustrarlos agradablemente. Sin embargo, sí aparece una clasificación de los distintos modos de percibir la sublimidad (que parece interesar más al filósofo que la propia belleza). Así, lo sublime terrorífico, lo noble y lo magnífico, constituyen las modalidades de sublimidad que podemos experimentar; curiosamente, el tiempo es algo que podemos sentir de varios modos, pero siempre sublimes cuando se trata de largos periodos. Nos recuerda al juramento, o más bien apuesta, que hacen Fausto y Mefistófeles: si alguna vez hay algún momento en la vida del doctor Fausto tan magnífico que desee que el tiempo se detenga allí mismo, hágase dueño al instante el diablo de su existencia, si alguna vez el tiempo se percibe sublime en el presente y no en el pasado o en el futuro, hágase efectivo el pacto. Quizá para Kant Fausto estuviera apostando sobre seguro. La sublimidad de la inteligencia y de la audacia contrasta con la belleza del ingenio y de la astucia; no es preciso concretar más en lo que sea cada una de estas facultades, basta con la idea vulgar que más o menos tiene todo el mundo, no viene al caso perderse en disquisiciones más propias de Sócrates que de este ágil tratadito kantiano.

El hombre con cualidades sublimes infunde respeto; si bellas, amor. Lo sublime es sin duda más poderoso que lo bello, pero también más fatigoso: son necesarias pausas “bellas” y alegres para que la sublimidad no nos agote. Sin embargo, una tragedia teatral conviene que mantenga su sublime tensión dramática de principio a fin; de lo contrario puede fácilmente caer en el ridículo: pasar de una escena triste, trágica y conmovedora a otra cómica y jocosa, sería como mezclar buen vino con agua fresca: ambos líquidos se aprecian por separado pero nunca juntos.
Incluso un hombre lleno de vicios puede ser, en cierto modo, sublime o bello; no existe pues correspondencia con lo bueno en el sentido socrático: acciones realmente perversas pueden parecer sublimes o bellas (recordemos el ensayo irónico de Thomas de Quincey “Del asesinato considerado como una de las bellas artes” -”Of murder considered as one of the Fine Arts”, 1827-). Pero hay que tener sumo cuidado con no caer en la degeneración de las cualidades que provocan tales sentimientos; y ciertamente cuesta un poco hacerse a la idea de lo que entiende Kant por algunos conceptos, cuya traducción al castellano es problemática. Términos como “monstruoso”, “chiflado”, “frívolo”, “lechuguino”, “fatuo”, “viejo verde”, “mentecato”, “insípido”, “tonto” o “fastidioso”, tienen un significado con su propia tradición en España, y por ello cuesta comprender que Kant llame “viejo verde” al anciano carente de sublimidad, por ejemplo.

Kant califica de extravagantes las obras de Homero y Milton, y de monstruosas las “Metamorfosis” de Ovidio. Parece entonces que incluso la extravagancia y la monstruosidad pueden inspirar en nosotros otro sentimiento que no sea sublimidad degenerada, y tan conmovedor como lo sublime, ya que cuando hacemos lectura de la “Ilíada”, por ejemplo, nos sentimos embargados y transportados en el tiempo; si no llamamos a esto sublime, ¿cómo habremos de llamarlo?
También llama Kant “monstruosas” a las cuatro figuras silogísticas, por su carencia de profundidad silogística, aunque en general las grandes cuestiones del pensamiento participan de lo sublime.
Sólo la verdadera virtud es sublime; de nuevo nos parece oír aquí a Sócrates preguntando: ¿qué es la virtud? Aquella que se basa en principios generales, contesta Kant; cuanta más generalidad, mayor perfección virtuosa. El virtuoso será así aquel cuya conducta se pueda tomar como regla general, aquel que subordine todos sus actos al fin último (ecos del imperativo categórico); no hay que confundirlo con el que posee multitud de principios, de virtudes adoptadas (cortesía, compasión, etc.), que son bellas pero no sublimes. Y puesto que lo que más abunda es este último caso, la naturaleza ha dispuesto la existencia del sentimiento del honor, de la vergüenza, para evitar la degeneración de las virtudes adoptadas.
A continuación nos sorprende Kant con unos conocimientos sobre fisiognomía: distingue, si no por su físico sí por su carácter, al individuo melancólico del sanguíneo, del colérico y del flemático. El primero es el que más se acercaría a la verdadera virtud; el segundo, a lo bello; el tercero a lo sublime magnífico, mezcla de sublime y bello; el cuarto crece de tales sentimientos.
Es una distinción de la naturaleza la de que la mujer sea el bello sexo y el hombre sea el noble. En efecto, las cualidades de la mujer son en conjunto bellas, y las del hombre sublimes. Y si bien el hombre se afina al tratar con mujeres, parece que lo inverso no es conveniente: una dama discutiendo sobre temas filosóficos es tan inadecuado como un hombre excesivamente “afinado”. Lo uno es repugnante, lo otro, ridículo. Sólo al envejecer debe la mujer tratar de buscar la sublimidad.

Las virtudes de la mujer son las bellas, parece que le está vedada la virtud sublime; incluso sus defectos son bellos, a los ojos de un hombre, claro. Tan sólo el engreimiento es inadmisible en el sexo bello. Y toda la belleza de la mujer impresiona al hombre y enciende siempre, en último término, el instinto sexual; el pudor es el contrapeso a tal instinto, y perfecto complemento de las virtudes.
El hombre puede buscar en la mujer moralidad (mujer agradable o bella) o ausencia de ella (mujer bonita); puede tener una sensibilidad ruda y simple y desear a cualquier mujer, o una refinada y no desear ninguna sino un ideal inalcanzable. El equilibrio entre ambos es realmente difícil, y por ello se producen tantos fracasos matrimoniales. La vida conyugal ha de basarse en la consecución de una sola persona moral, en la que el entendimiento lo personifique el hombre y la sensibilidad la mujer. Visto así, parece ciertamente adecuada la famosa frase de la “Crítica de la Razón pura” como lema matrimonial: “los conceptos sin intuiciones son vacíos, las intuiciones sin conceptos son ciegos”.

Finalmente, Kant aborda una clasificación de las naciones a partir de los conceptos de bello y sublime. Así, Italia destaca por lo bello, pero en cierto modo conmueve, tiene notas de sublimidad. Francia tiene carácter puramente bello; Alemania, sublime magnífico (es decir, sublime con mezclas de lo bello); Inglaterra, sublime noble; España, sublime terrible; Holanda, totalmente “flemática”.
Partiendo de esta base (ciertamente subjetiva y personal, no olvidemos el hecho de que Kant nunca viajó a esos países), Kant define el carácter de cada país y el de sus habitantes. Sobre las ciencias, Italia destaca en las bellas artes, así como Francia; esta última posee una poesía bella, mientras en Inglaterra es sublime. Alemania es una mezcla de belleza y sublimidad, mientras en Holanda y España se tiende a lo extravagante.
En cada uno de estos países habitan individuos con carácter en general semejante al del propio país; no en vano una nación es lo que sus habitantes hacen que sea. El francés, por ejemplo, busca incluso en filosofía la belleza más que la profundidad de pensamiento; el español es arrogante y supersticioso; el inglés, orgulloso y hasta fanático…

Fuera de Europa, en África, las cualidades bellas o sublimes apenas existen; la raza negra es por naturaleza torpe y sin talento (no hay que escandalizarse; los prejuicios, como dice Hegel, constituyen el sentido común de cada época. Del mismo modo, la griega era una sociedad tan demócrata como esclavista, y la capitalista de la actualidad tan liberal como sometida a la ley del más fuerte). Los orientales maltratan a sus mujeres, y tan sólo en Norteamérica, y especialmente en Canadá, se aprecian sentimientos nobles y sublimes.

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...por Luis Villalón ...por Luis Villalón


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