El cambio en el espíritu artístico llevó a que éste se destinara a funciones apegadas a la belleza y a los dones de la vida.
A partir de la primera mitad del siglo XV, los pintores, mecenas, patrocinadores y artistas en general, comenzaron a reconocer que el arte no había de representar tan solo temas relacionados con el mundo sagrado, sino que tenía que plasmar también fragmentos del mundo real. Debido a este creciente interés se empezó a experimentar y se lograron sorprendentes efectos, así como una ruptura con el arte medieval. Hasta este momento, los artistas seguían unas líneas similares en lo que respecta a su creación, de ahí la denominación de estilo internacional, si bien hubo algunas diferencias apenas relevantes. Esa similitud se extendió incluso al ámbito de la política, de la enseñanza y del saber en general.
Pero poco a poco, a finales de la Edad Media, se fue produciendo el cambio. Las ciudades emprendieron su crecimiento, y se hicieron cada vez más importantes, destacando ellas antes que los castillos de los barones. Esto llevó a que los artistas, los artesanos, y el resto de trabajadores, se pudieran organizar y formaran los gremios, cuya finalidad era la de vigilar el buen cumplimiento de los derechos de sus integrantes y asegurar el mercado para su producción.
Formar parte de un gremio requería, por parte del artista, competencia y capacidad, esto es, poner de manifiesto que era un maestro de su arte, era entonces cuando se le daría el permiso para abrir un taller, para tener aprendices y para trabajar en los encargos (retratos, cofres, banderas, retablos, etc.).
Estas corporaciones de artistas gozaban de vos y voto en el gobierno de la ciudad, además de ayudar a la prosperidad y crecimiento económico de la misma, sin olvidar el hecho de que también embellecían el lugar. Es el caso de Florencia, donde los orfebres y otros artesanos, dedicaban parte de su dinero a fundar iglesias, capillas, a construir sedes y casas gremiales…
Así, el estilo internacional se disolvió, y cada ciudad tuvo su propio estilo. El joven que quería llegar a ser pintor, comenzaba de aprendiz moliendo los colores, preparando las tablas y los tejidos para el maestro para el que trabajaba, y poco a poco se encargaba de algún encargo menor, incluso de terminar pequeños detalles de obras mayores (como pintar algún fondo que el maestro le indicaba). Se puede decir que esas eran las escuelas de pintura de la época, lo que explica la individualidad y particularidad de los diferentes estilos.
Pintores como Fra Angélico hicieron uso de lo nuevo pero sin apenas alterar ese espíritu de lo tradicional, mientras que otros, Uccello por ejemplo, quedaban fascinados por los problemas que planteaba la utilización de los nuevos procedimientos (aunque hubo artistas que usaron esos nuevos procedimientos sin cuestionarse ni desasosegarse por las dificultades que pudieran acarrear).
Por su parte, el público prefería que los maestros proporcionaran lo mejor vinculando ambos mundos, el de lo tradicional, y el de los nuevos procedimientos artísticos, que llevaran a cabo una mixtura tal que enriqueciera el conjunto y el resultado final. De este modo, la decoración de las paredes de la capilla privada del Palacio de los Médicis fue encargada a Benozzo Gozzoli, un discípulo de Fra Angélico, pero con un diferente criterio artístico.
Gozzoli representó, en los muros de la capilla, la cabalgata de los tres reyes magos, haciendo que éstos cabalgaran a través de un exótico y bello paisaje, vistiendo suntuosas prendas. El propósito del artista era poner de manifiesto la forma alegre de vivir, el colorido de la vida, y la delicia de poder saborearla. Otros pintores, afincados en ciudades situadas al norte y al sur de Florencia, bebieron también del arte de Donatello y de Masaccio, y lo desarrollaron de forma muy diferente a como lo hicieron los florentinos. Andrea Mantegna trabajó en Padua y en Mantua, y realizó pinturas murales en las que el tema era la leyenda del apóstol Santiago. Por desgracia, la guerra destruyó sus maravillosas pinturas, grandes paradigmas del arte de entonces y de siempre, puesto que Mantegna se interesaba por el sentido interior de los temas que trataba, sobre la manera en la que los hombres y la mujeres habrían reaccionado ante la situación, así como por las circunstancias externas a tal situación. En sus obras late el espíritu del arte romano, la grandeza a la par que la simplicidad, pero además se vale del nuevo recurso de la perspectiva, pero sin explotarlo, sino para recrear un escenario en el que las figuras puedan moverse, distribuidas por él, y reflejando el significado del momento captado.
Pero los nuevos procedimientos introducidos: la perspectiva y el estudio de la naturaleza, no podían solventar todas las dificultades que se presentaban en el arte, y asó lo advirtieron los artistas florentinos. El arte no es como la ciencia, y los recursos técnicos de un artista, aunque evolucionen, no proporcionan ese mismo progreso que se produciría en la ciencia con cada nuevo descubrimiento. En el arte los nuevos elementos dan lugar a nuevas dificultades que llevan a desarrollos en direcciones totalmente divergentes.
Al tratar de concebir el cuadro a modo de espejo de la realidad, la dificultad de distribuir las figuras no pudo resolverse con facilidad, porque en el mundo real las figuras no se encuentran agrupadas de una manera armónica, y no están colocadas sobre un fondo neutro. El problema se agravó cuando los artistas tuvieron que realizar grandes retablos que habían de ser vistos desde lejos a la vez que integrarse en el conjunto de la iglesia. Los artistas trataron de suavizar las simetrías con movimientos y contramovimientos en las figuras, siguiendo el esquema de las piezas musicales, aunque, a pesar de todo, al rivalizar con la naturaleza, el arte se introdujo en problemas de no fácil solución.
Fue en la segunda mitad del siglo XV cuando se esforzaron por encontrar verdaderas soluciones a tantos problemas. Entre otros, Botticelli, cuyo cuadro más famoso nos presenta un mito clásico, “El nacimiento de Venus”. Aunque los poetas de Grecia y de Roma fueron conocidos en la Edad Media, no fue hasta el Renacimiento cuando sus mitos adquirieron popularidad entre la gente culta, gracias a que los artistas florentinos recuperaron, en cierto modo, esa gloria propia del imperio romano.
La mitología dejó de ser considerada un simple y bonito cuento de hadas, y se forjó la creencia de que en esas leyendas clásicas latía una misteriosa e interesante verdad. Uno de los miembros de la familia de los Médicis encargó el cuadro a Botticelli, y le explicó lo que se suponía que los antiguos representaban con la figura de Venus saliendo del mar. Para estos eruditos de la segunda mitad del siglo XV la narración del nacimiento formaba parte del símbolo del misterio mediante el cual el mensaje divino de la belleza hizo su aparición en el mundo de los mortales. Botticelli representó el mito a través de la acción en el cuadro: Venus emerge del mar de pie sobre una concha, que se ve empujada hacia la playa por los soplos de dos dioses alados, en medio de una lluvia de flores. Venus está a punto de dar un paso para posarse sobre la arena, y una ninfa, provista de una capa color púrpura, la recibe. El cuadro presenta una escena armónica, aunque para ello el artista sacrificara recursos respetados por otros pintores de la época. Sus figuras poseen unos movimientos y una líneas que recuerdan al gótico, a obras como “La Anunciación”, en las que los cuerpos gozan de mayor suavidad.
La Venus de Botticelli irradia belleza, una belleza que impide fijarse en las imperfecciones de la obra o, mejor dicho, en las libertades que el pintor se tomó para representar este nacimiento.

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