La viveza del rostro de la Mona Lisa, de Leonardo da Vinci, supuso un avance en la representación e imitación de la naturaleza.
A comienzos del siglo XVI las ciudades iniciaron una especie de competición entre ellas para tener a su servicio a los más destacados artistas con la finalidad de que sus edificios se vieran embellecidos, y que se construyeran obras de gran envergadura que perduraran durante siglos. Esto supuso un incentivo para los maestros y sus discípulos, que se esforzaron sobremanera para conseguir los encargos de las ciudades.
Se desarrollaron nuevos elementos creativos, los artistas estudiaron las leyes de la perspectiva, así como anatomía para conocer con gran detalle el cuerpo humano y poder representarlo adecuadamente. Así fue como el horizonte creador se abrió y el artista se convirtió en maestro, que necesitaba adentrarse en los misterios de la madre naturaleza y conocer las leyes del universo, para lograr la fama. Todos estos esfuerzos también se debían al hecho de que querían ser aceptados, al igual que lo eran los poetas o los músicos, no querían ser vistos únicamente como los prósperos dueños de un taller, sino como individuos que poseían una serie de preciados dones.
Fue gracias a los mecenas que los pintores y escultores pudieron ser aceptados, las pequeñas cortes carecían del honor y del prestigio propios de la época, y la posibilidad de erigir espléndidos edificios, contar con maravillosos frescos, tener cuadros en los altares de las iglesias, etc., constituían una señal de riqueza y afianzamiento en el mundo terrenal. La rivalidad entre estas pequeñas cortes por conseguir los servicios de los maestros les permitió poner sus propias condiciones a la hora de trabajar en los encargos y también les permitió, hasta cierto punto, ser libres (desde el punto de vista creativo).
Leonardo da Vinci comenzó como aprendiz en uno de los talleres más destacados de Florencia, el de Andrea del Verrocchio, escultor y pintor cuya fama hizo que la ciudad de Venencia le encargara la estatua ecuestre del general Bartolommeo Colleoni. En el taller de Verrocchio pudo Leonardo aprender e iniciarse en las técnicas de la fundición de metales, preparar las telas de los cuadros, y conocer las leyes de la óptica para el empleo de la perspectiva y de los colores. Así, Leonardo no se convirtió en un mero artista respetable, sino que su gran valía, y su genio, le hicieron ser un maestro inigualable, con una inteligencia admirable y una mente sumamente productiva. Esto hizo que sus discípulos guardaran todos los apuntes, cuadernos, anotaciones, páginas con dibujos y escritos, proyectos de obras…, que muestran el sobresaliente dominio que mostraba Leonardo en todos los campos del saber.
Para este artista, su misión consistía en explorar el universo visible de forma precisa e intensa, y recurriendo a la experiencia, a lo que él percibía con sus ojos, y no a los libros en los que el saber era de índole teórica (indagó las leyes de las corrientes marinas, estudió el vuelo de los insectos, y también el vuelo de los pájaros, lo que le permitió idear una máquina voladora, investigó las formas de las nubes, la armonía de los sonidos, el crecimiento de las plantas…). Fue considerado un ser extraño, pero aún así, tanto los príncipes como los militares ansiaban tenerle a su servicio para la construcción de canales, fortalezas y armas.
Pero su mayor interés fue demostrar que la pintura era un arte liberal, y que su labor podía ser comparada con la escritura poética. Además él era el que decidía cuándo una obra suya estaba ya concluida y podía salir de su taller, y no los requerimientos del cliente. Su pintura mural más relevante es “La última cena”, en la que la escena sagrada aparece vívidamente representada, y posee la armonía y el equilibrio propios del gótico.
Pero es “La Mona Lisa”, el retrato de esta dama florentina, la que puede ser considerada una de sus más famosas obras. La figura de esta dama parece observarnos fijamente, a la par que su rostro trasluce una intensidad de pensamiento. Incluso se perciben variaciones cuando se la observa de forma detenida y varias veces seguidas. Su sonrisa tan pronto muestra amargura como alegría y esto convierte a la obra en una gran obra de arte. Leonardo logró ese efecto de forma consciente, gracias a sus grandes dotes de observador, y a su conocimiento de los problemas a los que los artistas tenían que hacer frente. Algunos maestros, como Masaccio o Mantegna, a pesar de su minuciosidad, seguían haciendo unas figuras que mostraban una enorme rigidez y que, más bien, parecían estatuas. Esto era debido al hecho de querer copiar de forma fiel, rasgo a rasgo, detalle a detalle, la imagen real, lo que impedía que tuvieran en su mente el verdadero movimiento de la figura. Aunque los artistas buscaron la solución al problema, sólo Leonardo fue capaz de solventarlo, hizo que los contornos no estuvieran tan definidos y tan perfectamente dibujados, sino que la forma gozaba de una cierta vaguedad, de una difuminación, que evitaba esa impresión de rigidez y hacía que los rasgos carecieran de dureza. Esta es una de las contribuciones más destacadas al arte que trajo Leonardo, la técnica del “sfumato”: un contorno borroso, y unos colores suavizados, hacen que las sombras puedan fundirse unas con otras dejando siempre una parte a la imaginación de quien observa la obra.
Así es como se logra en “La Mona Lisa” esa sensación de cambio y de variación en la obra cada vez que la observamos detenidamente. El artista se valió de la técnica del sfumato de forma deliberada. La expresión de un rostro proviene de los extremos de los ojos y de las comisuras de sus labios, y es en esas partes del rostro de la dama en las que Leonardo imprimió cierto grado de incertidumbre jugando con suaves sombras que se funden entre sí. De ahí que la verdadera expresión de la Mona Lisa (si es que existe una expresión verdadera), parezca escapársenos en todo momento. Aunque no es sólo este recurso el que provoca tal efecto, sino que la destreza de Leonardo también hizo que se arriesgara a introducir otro elemento, y es que, una atenta mirada al cuadro hace que se perciba que los dos lados no son simétricos, no coinciden de manera exacta (lo que se observa mejor en el paisaje de fondo del cuadro). Y esa composición hace que, dependiendo de en qué parte centremos nuestra mirada, la dama nos parezca más o menos alta, y que su rostro también parezca modificarse, porque las dos partes no se corresponden de forma exacta.
Este ávido uso de recursos convirtió a Leonardo en un hábil “jugador”, capaz de vincular una perfecta representación del cuerpo, con una descompensación de la naturaleza. Indudablemente, como buen maestro que era, sabía dónde poner fin al juego para lograr lo que quería representar, y no ir más allá, de modo que la obra mostrara lo que había de mostrar. Leonardo no estaba sólo al servicio de la naturaleza, aunque fuera su más paciente observador, precisamente porque la conocía mucho podía servirse de ella para plasmar sensaciones muy diversas. Las mangas de la Mona Lisa están hechas con todo detalle en sus pliegues y arrugas, así como el escote, en el que los pequeños adornos son de una belleza extrema y delicada. Con su obra Leonardo consiguió que, a través de la pintura, se pudiera proporcionar vida, que los colores fueran algo más, y que un rostro, en un lienzo, transmitiera, a través de una mirada y de un atisbo de sonrisa, lo que esa dama ha vivido, una pequeña parte de su existencia.
También Miguel Ángel fue otro de los destacados artistas de aquella época, testigo del cambio al que se vio sometida la concepción que hasta entonces se tenía de la situación social y de la figura del artista, siendo, además, un impulsor de ese cambio, debido a que se centró en el estudio de las obras de los maestros anteriores (Giotto, Donatello…) y de los escultores griegos y romanos, y la representación que éstos hicieron del movimiento del cuerpo humano.

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