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El ensayo como forma de T.W. Adorno: Cómo desatar las fuerzas que laten en lo opaco

El ensayo se ocupa de lo que de ciego hay en sus objetos, pretende descerrajar con conceptos lo que no entra en conceptos.

Asegura Adorno, en su escrito “El ensayo como forma” (redactado entre 1954 y 1958), siguiendo la idea de G. Lukács, que la forma del ensayo aún no ha recorrido el camino de autonomización que su hermana, la poesía, hace ya tiempo anduvo, el camino de la evolución partiendo de la unidad indiferenciada con la ciencia, el arte y la moral.

Filósofos como G. Simmel (filósofo y sociólogo alemán, representante del neokantismo relativista), G. Lukács, R. Kassner (escritor y filósofo de las culturas) y W. Benjamin, han otorgado una grávida comprensión al ensayo, a la especulación sobre objetos específicos preformados culturalmente. Pero, a pesar de ello, el ensayo ha provocado cierta reticencia y rechazo debido a su exhortación a la libertad del espíritu, la cual tampoco ha podido desarrollarse bajo las condiciones de una libertad formal, sino que se ha encontrado con la necesidad de proclamar como una de sus aspiraciones el sometimiento a cualesquiera instancias. Aún así, el ensayo no permite que se le prescriba jurisdicción alguna, él refleja lo amado y lo odiado, en lugar de presentar el espíritu como creación a partir de la nada. Tanto el juego como la dicha le son consustanciales, y se interrumpe allí donde él mismo siente el final, y no donde ya no queda nada que decir. Además, sus interpretaciones no son definitivas y concienzudas, sino que constituyen sobreinterpretaciones. El receptor de un ensayo ha de tener en sí esa espontaneidad de la fantasía subjetiva, puesto que la interpretación no puede extraer nada que la propia interpretación no haya introducido. Es por esto por lo que, para Adorno, Lukács no estuvo acertado cuando denominó al ensayo, en carta a Leo Popper (ensayista húngaro, teórico y crítico del arte en lengua húngara y alemana, que murió muy joven aquejado de tuberculosis), forma artística. Aunque Adorno afirma que tampoco es mejor la aseveración positivista de que lo que se escriba sobre arte no ha de aspirar de ninguna manera a la exposición artística, es decir, a la autonomía de la forma, porque contraponer de manera férrea al sujeto todo posible objeto en cuanto objeto de investigación, es separar meramente forma y contenido.

El género del ensayo moderno desciende del escritor francés, autor de numerosos ensayos biográficos sostenidos por una única documentación, Charles-Augustin Sainte-Beuve (1804-1869), y más adelante Stefan Zweig (1881-1942), novelista, poeta, dramaturgo, ensayista y traductor austríaco, el cual, preocupado en particular por la decadencia moral del mundo contemporáneo, huido de Alemania en el año 1935, en 1942, incapaz de resistir intelectualmente las victorias del nazismo, se suicidó junto con su esposa, a pesar de lo cual logró en su juventud notables ensayos, y en su obra sobre Balzac terminó cayendo en la psicología del individuo creador, de modo que no critica los conceptos abstractos fundamentales, sino que presupone todo implícitamente.
En la obra de Marcel Proust percibe Adorno un intento de expresar conocimientos necesarios, a la par que irrefutables, acerca del ser humano y de las relaciones sociales, que no pueden ser recogidos por la ciencia de una manera simple y somera, mientras que su pretensión de objetividad no podría ser disminuida ni abandonada a una plausibilidad vaga y poco concisa. Proust trató de salvar, de restablecer, lo que, durante la primacía del individualismo burgués, se mostraba en los hombres experimentados, del tipo del “hombre de letras”, al que Proust resucita a modo de diletante supremo. Nadie rechazaría como irrelevantes o contingentes, o como irracionales, las aseveraciones de alguien experimentado por ser sólo las suyas y no ser susceptibles de generalización científica así, sin más.
Ahora bien, ¿qué sucede con el escritor, con el joven escritor que quiere aprender en una escuela lo que la obra de arte es, lo que es la forma lingüística, lo que es la cualidad estética, e incluso algo acerca de la técnica estética?, Adorno asegura que, la mayor parte de las veces, apenas escuchará algo sobre estas cuestiones de forma esporádica y, en cualquier caso, recibirá informaciones extraídas de la filosofía que esté en boga en ese momento, informaciones adheridas de una manera, más o menos neutral, al contenido de las obras de las que se esté tratando.

Así es que, el procedimiento científico y la fundamentación filosófica del ensayo como método, extraen la plena consecuencia de la crítica al sistema. El ensayo tiene en cuenta la consciencia de la no identidad, aunque ni siquiera la exprese, también es radical pero en el no radicalismo, en la abstención de toda reducción a un principio u origen, en la primacía de lo parcial frente a lo total. De ahí la acertada y bonita denominación de Essais que Montaigne dio a sus escritos, puesto que esa modesta palabra proclama una orgullosa cortesía: el ensayista se adentra en una eterna pequeñez, en la del más profundo trabajo mental frente a la vida, y además la subraya con una especie de ironía modesta.
Y es que el ensayo no obedece las reglas del juego de la ciencia y de la teoría, según las cuales, como afirma Spinoza, el orden de las cosas sería el mismo que el orden de las ideas, el ensayo no apunta a una estructura cerrada, deductiva o inductiva, sino que, ante todo, se subleva contra las doctrinas que defienden que lo cambiante, lo pasajero y lo efímero constituyen algo indigno para la filosofía. En el ensayo se produce una revisión de lo que históricamente ha sido producido en cuanto un objeto de la teoría, y se objeta contra él el hecho de que es fragmentario y contingente. Pero el ensayo, como bien afirma Adorno, no pretende buscar lo eterno en lo pasajero y destilarlo de ello, sino eternizar lo pasajero y, de este modo, está suspendiendo el concepto tradicional de método. Piensa en libertad y junto, aquello que se encuentra junto en el objeto elegido libremente, abandona el camino a los orígenes sin que desaparezca la idea de la inmediatez, parte de significados y los hace avanzar, los toma de forma reflexiva tal y como éstos son nombrados en el lenguaje.

Adorno compara el modo en el que el ensayo se apropia de los conceptos, con la manera como se comporta alguien que, en un país extranjero, se ve obligado a hablar en la lengua de ese lugar, y no lo hace acumulando sus diversos elementos poco a poco, como se enseña en la escuela. Si ha visto la palabra cuarenta veces, cada una de ellas en un contexto diferente, se ha asegurado de su sentido mejor que si en lugar de eso hubiera consultado una lista de significados que, por regla general, suelen ser muy estrechos en relación con el constante cambio de contexto, y muy vagos en lo que toca a los matices que los contextos aportan en cada caso. Por ello el ensayo está expuesto al error lo mismo que un aprendizaje, y se va tornando verdadero en la medida en la que progresa, en la medida en que va más allá de sí. Los elementos van cristalizando como configuraciones a través del movimiento de redacción, y esas configuraciones se convierten en campos de fuerzas, que desafían en sí la certeza libre de dudas.

El máximo logro del ensayo se encuentra en que, a partir de un rasgo parcial, brille la totalidad, ha de corregir lo casual, lo aislado, y hacer que las intuiciones se multipliquen, se confirmen, se limiten, y que esto lo hagan o bien en su desarrollo, o bien en su relación con otros ensayos, siendo aquí donde radica la diferencia entre el ensayo y el tratado. Escribe en forma de ensayo aquél que redacta experimentando, aquél que indaga, que pregunta, que siente, que examina, que va más allá de su objeto mediante la reflexión, aquél que aborda el objeto desde diferentes perspectivas, y que es capaz de reunir en su mirada lo que ve y traducirlo a palabras, traducir lo que el objeto permite ver bajo las condiciones que han sido creadas en la escritura.

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...por Ana González ...por Ana González


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