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División del trabajo y relaciones de producción: Mujeres especializadas en labores de recolección

El intercambio es una forma de organizar y de distribuir los bienes y los servicios que se dan entre los consumidores y los productores.

Una de las características más relevantes de la actividad económica propia de las sociedades preestatales, que se organizaban en aldeas y en bandas, se encuentra en la puesta en práctica de intercambios recíprocos. En algunas de las aldeas de cazadores y recolectores, todo aquello que se lleva al campamento es compartido de forma equitativa e igualitaria.

Se produce un reparto de nueces, bayas, raíces y frutas entre los diferentes hogares hasta que cada cual tiene su parte, igual a la del resto. Aunque en las culturas modernas también se producen este tipo de intercambios, si bien están basados en contraflujos definidos de forma rígida que se han de llevar a cabo en un determinado plazo de tiempo. Porque aquello que diferencia al intercambio recíproco no es sólo que se regalen servicios o productos sin esperar una devolución, sino el hecho de que no habrá una devolución inmediata, que tampoco se produce un cálculo del valor de los servicios prestados, y que no se reconocen ese tipo de cálculos ni la necesidad de que haya una nivelación de la balanza. Realmente, el dar regalos sin reciprocidad ninguna en los productos o servicios es un fenómeno universal, pero también hay que advertir, que algunos seres humanos, en todas las culturas, tenderán a ser aprovechados si se les proporciona la ocasión.

En algunas de las aldeas agrícolas preestatales han existido relaciones comerciales más desarrolladas, como en Melanesia. En las islas Salomón, las mujeres intercambiaban el pescado por cerdos y por vegetales bajo la atenta mirada y protección armada de los hombres de su sociedad. En Nueva Guinea contaban ya con un gran desarrollo mercantil, en el que utilizaban conchas y demás adornos como moneda de cambio, a modo de dinero. Aunque el mercado y el uso de dinero, de forma establecida y formalizada, se encuentran asociados a la aparición y funcionamiento del Estado y al mantenimiento de un determinado orden.
La propiedad de los recursos y de las tierras supone un aspecto importante del control tanto económico como político, dado que las desigualdades en el acceso a los medios y a los recursos provocan coacciones sobre quienes carecen de poder. Si los terrenos pertenecen a dirigentes, o a grandes terratenientes, entonces pueden ser excluidos del uso de esas tierras aquellos individuos que no posean títulos de propiedad, aunque eso suponga que puedan morir de hambre por falta de alimento o de productos con lo que comerciar. La propiedad de tierras da lugar a las rentas, esto es, a pagos en especie, o en dinero, por la posibilidad de trabajar la tierra del propietario. Y aunque se considere que la aparición de la renta va ligada a unos excedentes, esto no siempre es así, debido a que el productor no tiene otra opción que entregar sus productos como pago, porque no dispone del poder para retenerlos.

Pero uno de los elementos más relevantes propios de las sociedades organizadas y de su economía, es la división del trabajo: la asignación de distintas actividades a distintas personas. Las sociedades atribuyen distintos tipos de tareas a los niños y a los adultos, al igual que también diferencian entre hombre y mujeres. En la mayor parte de las sociedades cazadoras y de economía basada en la agricultura, los hombres son los que se dedican a cazar, a pescar, a talar y quemar árboles, mientras que a las mujeres se les destinan labores como la recogida de marisco, de plantas y de pequeños animales, cosechan los tallos y el grano… ellas hilan, tejen, cardan la lana, hacen cerámica y cestería, mientras que los varones realizan el trabajo artesanal que implica tratar con materiales duros como piedras, madera o metales. En la mayor parte de las sociedades de economía avanzada, los hombres son los encargados del pastoreo, del ganado y del arado, y la mujeres son las que han de preparar y cocinar los alimentos vegetales, han de transportar el agua, limpiar y cuidar de los niños. Por norma general, en las sociedades preindustriales, son los hombres los que llevan a cabo las tareas que necesitan de un esfuerzo corporal mayor y se entrenan en estas actividades (usar el arco, arrojar lanzas…), todo ello con vistas a que sean tanto cazadores como guerreros. Y aunque las diferencias en lo que a la fuerza muscular respecta entre hombres y mujeres podrían verse mermadas mediante el entrenamiento, la superioridad que los hombres conservan sigue siendo suficiente para establecer distinciones entre la vida y la muerte. Así, en la India, las labores que requieren de un mayor esfuerzo son llevadas a cabo por los hombres para mantener el nivel de producción necesario para sus sociedades. Indudablemente, las diferentes maneras de distribución sexual del trabajo han dado lugar a los distintos roles de género. Además, hay que tener en cuenta que tal explicación de la asignación de tareas (el que sea para mantener un nivel óptimo de producción), deja de tener un fundamento sólido en el momento en el que aparecen las máquinas en las sociedades industriales, y hacen desaparecer esa superioridad muscular de hombres sobre mujeres.

La evolución cultural lleva consigo una creciente especialización vinculada al crecimiento de la población y a la expansión de la producción. Con el aumento de la producción per cápita cada vez es mayor el número de personas que se convierten en especialistas. Y con la aparición del Estado más gente deja de trabajar en de forma directa en la producción de alimentos, para dedicarse a trabajos como la cerámica, el textil, los metales, la construcción, el comercio… también aparecen los escribas, los legisladores, los guerreros, y la tendencia a la especialización crece en las sociedades industriales, puesto que va ligada a los procesos de producción y reproducción.

Por eso, en las sociedades de cazadores y recolectores, en las que carecían de especialización, los adultos realizaban muy diferentes tareas cada día, a diferencia de lo que puedan hacer los empleados de una oficina o de una fábrica. El trabajo, en esas sociedades de agricultura simple, no era considerado como una actividad tediosa del día a día, quizás esa sea una de las ventajas de las pequeñas economías, que de hecho se ha tratado de rescatar en algunas sociedades modernas. Incluso se ha visto que en las sociedades de agricultura intensiva se trabaja más tiempo que en aquellas con infraestructuras de caza y recolección. Esto es debido a que esos modos de producción no se pueden intensificar, porque de hacerlo se verían enfrentados a multitud de dificultades para dar caza a sus presas y además mermarían el número de la población animal hasta un punto que impediría la regeneración de la especie para poder abastecerse. Estas sociedades de agricultura simple viven conforme al ritmo natural del crecimiento de las plantas y de los animales en su propio hábitat.

El trabajo en las sociedades de trabajadores industriales asalariados, ocupa un gran espacio, porque a las horas de la jornada laboral han de sumarse las horas destinadas al transporte para trasladarse de unos lugares a otros, el tiempo dedicado a la compra de la comida, el tiempo para cocinar, las horas destinadas a la casa y a las labores del hogar, así como el cuidado de los niños. Eso sin tener en cuenta que muchas personas tienen varios trabajos para poder hacer frente a los gastos cotidianos, y que, la mayoría de las mujeres, a pesar del desarrollo social, y de las políticas de igualdad, tienen que seguir siendo capaces de compatibilizar su trabajo fuera de casa, con las labores propias del hogar.

La división del trabajo constituye una característica de la vida social de los seres humanos, y tanto la edad como el sexo son condiciones que se tienen en cuenta a la hora de llevar a cabo la asignación de las distintas actividades económicas.

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