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Divinidades con encarnación humana: La humanización de los dioses

El proceso de antropomorfización de los dioses es en algunas culturas un fiel reflejo de lo bueno y lo malo que hay en el hombre.

En el ser humano se da una doble naturaleza, la humana y la puramente animal. Los animales se mueven solamente por instinto, un instinto que les permite la supervivencia pero al que no aplican ningún ejercicio mental previo. Pero en el hombre se añade un doble factor, la intuición y la razón, que sí tienen que ver con los procesos mentales. Estas dos formas de desenvolverse determinan la forma de enfrentarnos a las situaciones difíciles. Podemos enfrentarnos a las cosas de forma intuitiva y de forma racional. Pero el proceso mental difiere en cada caso. Cuando un problema se soluciona de forma intuitiva no recordamos el proceso que lo ha hecho posible, con lo que, si vuelve a repetirse, estamos a expensas de que nuestra intuición pueda volver a activarse del mismo modo, con lo que no siempre sabremos si podremos solucionar el problema. Sin embargo, cuando usamos el pensamiento racional sí lo recordamos, porque hemos actuado siguiendo un proceso lógico. Es decir, hemos generado un protocolo mental consciente que siempre podremos activar, de forma automática, para resolver situaciones parecidas.

Y una de las soluciones más propias del hombre es la que obtiene a partir de la creencia en la trascendencia humana. Ya sea por el camino de la intuición o del razonamiento, la solución trascendente ha llegado al ser humano y ha arraigado en él hasta el punto de ser algo prácticamente inherente a la condición humana, y quizás necesario para sobrellevar su propia existencia. Cuando aparecieron las primeras comunidades, uno de los rasgos propios de la socialización fue la creencia en fuerzas invisibles que actuaban sobre el mundo de los hombres. Las actuaciones humanas tenían consecuencias para el futuro de la comunidad, por lo que, en algún momento de este proceso se gestó la idea de que esas fuerzas no actuaban de forma descontrolada, por azar, sino que seguían un propósito relacionado con el futuro. Si bien hubo (hay) sociedades primitivas que entendían el animismo como un juego de energías entre el hombre que habita en la Naturaleza y ella misma, también daban por seguro que esta relación se basaba en un respeto mutuo para mantener el equilibrio de poder entre ambas. En un paso más de la evolución del pensamiento humano, y dentro de comunidades organizadas, el razonamiento religioso se convirtió en uno de los motores de control de esa comunidad y, paralelamente, en una fuente de justificaciones para las contrariedades de la vida.

En nuestro mundo occidental, fue la cultura clásica griega, heredera de corrientes de pensamiento orientales, la que desarrolló una paradoja que parecía imposible: el Logos (la razón) surgió como evolución a partir del Mythos (la invención). Si bien el mito alude a la fantasía desbordada mientras que la razón es un principio de regulación intelectual, el pensamiento platónico fue capaz de integrar el mito dentro de la mecánica del Logos, y hacerlo partícipe de las premisas teóricas.
De esta forma, el mito se convirtió en una herramienta útil para llegar a entender, de alguna manera coherente, la existencia humana. Se idea una cosmogonía divina, de un alto cariz humano, que se relaciona con normalidad con los hombres, no como una abstracción sino como un hecho real, aunque en esferas de visibilidad distintas. Los griegos encontraron plausible que su existencia terrenal estuviera regida por el (invisible) poder inconmensurable de dioses que podían hacer y deshacer a su gusto las vidas de los pobres mortales. Encontraron también plausible que, como antecesores a la raza humana, denominada edad de hierro, hubieran existido cuatro razas o edades anteriores: la edad de oro, la de plata, la de bronce y la de los semidioses o héroes (de origen iranio, el mito de las razas sólo mencionaba las de oro, plata, bronce y hierro, siendo la de los héroes un añadido griego), en las que la perfección, moralidad y bondad de sentimientos habían ido degradándose hasta llegar a la última, de la cual eran integrantes los hombres y mujeres griegos. Su destino estaba en las manos de una jerarquía intocable de dioses, por lo que no había muchas maneras de evitar lo que el destino les deparara y sólo quedaba aceptar sus designios. Quizá en esta dualidad de mundos se inspirara Platón para elaborar su teoría de la existencia de un mundo ideal perfecto y, por tanto, incuestionable, mientras que el mundo real, el humano, es imperfecto. Pero, lo más sorprendente es que esta delegación de la voluntad humana fue voluntaria. El ser humano ideó una sofisma para delegar su iniciativa personal en unos arquetipos antropomórficos, de forma que su finalidad es alcanzar la perfección a través de ellos. Y no sólo como finalidad última de perfección le servirá al hombre tal creación cosmogónica, sino también como mecanismo de “control”, de “mesura” en la conducta, de manera que no se le permite actuar como le venga en gana sino que ha de regirse por unas normas de comportamiento que le marcan los dioses y que, en caso de no cumplirse, le acarrearían castigos terribles.

En otras culturas occidentales, como la cristiana, también aparece un dios con aspecto humano como supervisor de la vida de los hombres.

Los griegos elaboraron una cosmogonía antropomórfica “a su imagen y semejanza” no sólo en el aspecto físico, sino también en el moral, con lo cual sus dioses perdían toda función de regulación ética sobre los hombres y pasaban a ser meros elementos de culto. El filósofo Jenófanes dijo que si los caballos pudieran imaginarse o representar a sus propios dioses, sin duda lo harían con cuerpo de caballo. Por tanto, es lógico que el hombre los imagine como hombres, viviendo en un mundo similar al suyo, con las mismas desigualdades y las mismas normas morales. Así como en el mundo griego existen clases sociales, existen los aristócratas ricos en lo alto del escalafón, y los campesinos y esclavos en lo más bajo, así también en el cosmos divino existe una jerarquía de dioses y semidioses con Zeus a la cabeza. Así como la mujer griega se encontraba profundamente discriminada y apartada de todo, hasta el punto que su existencia estaba siempre supeditada al tutelaje de un hombre (su padre, su marido), así también entre los divinidades son las diosas las que ocupan una posición de inferioridad con respecto a los dioses, inferioridad tanto menor cuanto mayor es su masculinidad. Ejemplo de esto último es Atenea, quizá la única diosa equiparable a los dioses, por ser la menos femenina de todas ellas.
Siguiendo con el paralelismo mundo humano - mundo divino, y sin dejar el modelo griego, vemos que la moralidad de que hacen gala los dioses no es en absoluto ejemplificadora, sino más bien un reflejo del modo de vida de los hombres. Los dioses cometen abusos, son irrespetuosos, inmorales, injustos… exactamente como los hombres. Conviene tener en cuenta lo siguiente: el poeta Homero, cantor de la Ilíada y la Odisea, considerado por muchos el “educador de Grecia” por cuanto sus poemas, en los que intervienen hombres y dioses, fueron considerados casi como una “Biblia” por los griegos, Homero canta en cortes de reyes y en casas de aristócratas, no en pueblos o aldeas. Y si pretende agradar a su público, cosa lógica por demás, debe hacer un canto en el que los oyentes encuentren reflejos gratos de sí mismos. Por tanto, en sus poemas el pobre nunca humillará ni se reirá del rico, la mujer nunca quedará por encima del hombre, la injusticia nunca será tal si beneficia a alguien de alto rango… Los personajes de sus poemas, dioses u hombres, deberán mostrarse como sus oyentes desearían ser mostrados, y así es como sucede. En parte es lógico que los hombres que aparecen en estos poemas reproduzcan la sociedad para la que esos poemas han sido compuestos, y también lo es que los dioses hagan lo mismo.

La encarnación humana de los dioses, su antropomorfización, no es por tanto simplemente una cuestión de forma, de apariencia física, sino que se da a niveles bastante más profundos. Los griegos optaron por ese camino: el de plasmar sus virtudes y sus miserias en un universo paralelo, un cosmos divino tan amoral como el suyo propio. Otras culturas han escogido caminos diferentes (la representación de dioses como elementos de la naturaleza, o de dioses invisibles, o de dioses perfectos en virtud), pero no todas ellas han llegado al nivel de autocrítica que alcanzaron los griegos, empezando por el ya citado Jenófanes, y continuando por Platón, cuya doctrina del mundo ideal dio totalmente la vuelta a la concepción tradicional que tenía un griego del mundo de los dioses.

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...por Luis Villalón ...por Luis Villalón


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1 comentario en Divinidades con encarnación humana: La humanización de los dioses

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