Nos encontramos aquí con dos autores de filosofía que suelen estudiarse por separado. El primero, como discípulo de su maestro Leucipo y entre los llamados “pluralistas” presocráticos. El segundo, como cima del pensamiento filosófico griego, a la zaga de Platón y contradiciendo a su maestro.
Pero, aún cuando han pertenecido a tiempos próximos entre sí, pero no idénticos, y a sensibilidades centrales diversas (a Demócrito le priva la naturaleza; a Aristóteles la vida humana en un medio ético-político), ambos suponen una respuesta diferente al problema de la vida. Los dos pensamientos nacieron con la intención de resolver una contradicción fundamental: la necesidad de hacer ciencia, esto es, conocimiento estable, de lo que se mostraba en continuo devenir.
Demócrito, principal filósofo del atomismo, partiendo de la idea del ser, uno e inmutable, de Parmenides, como el único que podía expresar la verdad de las cosas, quiso salvaguardar al mismo tiempo la realidad del cambio y, para eso, multiplicó el ser hasta el infinito, en partes de ser: “átomos”, en donde se encontraba el ser uno, indestructible, inmutable. Los átomos constituían toda la realidad y eran, al mismo tiempo, el objeto del conocimiento y la ciencia (el ser es lo que es pensado). La explicación de la multiplicidad y el cambio venía por la idea del ser uno e inmutable, esto es, de átomos homogéneos entre sí. En esta perspectiva unitaria, la diversidad sólo podría venir del conjunto de características cuantitativas y mecánicas de los átomos en sus relaciones mutuas: tamaño, forma, posición, movimiento. La solución, la razón por la cual el mundo parecía tan cambiante y variopinto, estaba al nivel de las diferencias cuantitativas. Estas partículas, diferentes cuantitativamente, y chocando entre sí por medio del vacío, originaban los múltiples modos de existencia. Esto explicaría que la naturaleza sea múltiple y esté en continuo movimiento y que, sin embargo, sea una. La información, orden y estructura de los seres se debe a movimientos azarosos, choques, que, a lo largo de los años, han podido ocasionar movimientos ordenados. Este será el fundamento de la teoría darwiniana de la evolución: la selección natural ha promocionado en ciertos contextos a algunos seres, facilitando el orden por azar. Los órdenes originados se seleccionarían necesariamente – esto es: siguiendo leyes – pero aleatoriamente, sin intervención de ninguna inteligencia rectora ni finalidad alguna.
Aristóteles, a quien la conciliación mecanicista le pareció demasiado simple, porque no tenía en cuenta toda la realidad experimental, defendió la existencia de un orden sustancial, cualitativo, que no podía reducirse a la cantidad ni ser su efecto. Como los atomistas, quiso dedicarse – y así lo hizo durante veinte años en la Akademia platónica - a la observación de la naturaleza viva y, como Platón, su maestro, quiso alcanzar la inteligibilidad de las cosas, pero haciendo a los ideales inmanentes en aquellas. Para él, el deber-ser de las cosas está encarnado en la materia misma. Los seres existen de modo limitado, concreto, fenoménico, pero el entendimiento es capaz de superar la simple enumeración cuantitativa para captar el ser o sustancia de las cosas, para poner de relieve lo que cada cosa tiene de universal, inteligible y estable. Para Aristóteles, en las cosas existen, no sólo medidas, sino “llamadas” a la inteligibilidad de la misma cosa. Mi capacidad de abstracción no hace sino sacar lo que las cosas ya tienen.
Las realidades no son yuxtaposición de seres, sino composiciones armónicas, cuyas unidades tienen funcionalmente aspectos distintos. Estas composiciones, que son las cosas y los seres vivos, tienen un principio de indeterminación: la materia y uno de determinación: la forma. La materia concreta a los seres, mientras que la forma los universaliza, permite que sean lo que son, cada cual irrepetible, cada cual él mismo. Lo que hace cambiar a los seres es una finalidad inscrita en sus formas: todo ser quiere crecer, llegar a ser él mismo, desarrollarse, perfeccionarse y ese movimiento infinito está haciéndole continuamente cambiar e incluso, en los seres vivos, trascenderse en la generación siguiente. La “sustancia” de cada cosa es un todo activo con finalidad en sí mismo. Los seres están orientados hacia la propia perfección de sí mismos y de su estructura. Por eso van continuamente de sus potencialidades a la actualidad de esas potencialidades, se mueven, nos movemos, del deber-ser al ser. Se establecen así, claramente, las diferencias: para Demócrito existen seres plenos, diminutos, que constituyen en su pulular el universo pleno.
Para Aristóteles los seres son indigentes: compuestos, al mismo tiempo, de ser y no-ser, de realidad y apariencia, de realidad y deseo (de realidad).
Los átomos de Demócrito dan estabilidad inmutable al mundo, por encima de sus entrecruzamientos, mezclas y danzas; la sustancia aristotélica puede cambiar continuamente, deshacerse y rehacerse, transformarse, perecer y nacer. Nada hay estable, aunque haya cambios más importantes (sustanciales) y cambios menos trascendentales (accidentales). La dirección de lo cuantitativo será instaurada siglos más adelante por Galileo y toda la corriente empirista del conocimiento, grandes admiradores de Demócrito, como es el caso de Hume, en el siglo XVIII, para quien las sensaciones serán la única realidad estimable. Pero será desde el neopositivismo de Mach y el Círculo de Viena (entre el XIX y el XX) donde la negación de cualquier sustancia, al modo aristotélico, se consagrará como lugar común. El valor permanente de Aristóteles será descubrir zonas de densidad ontológica, como la misma vida, en el devenir fenoménico. Este es el sentido último de su idea de sustancia, por encima de todo reduccionismo; pero la actualidad indiscutible, por encima de una amplia tradición de filosofía occidental, será para el axioma de Demócrito: el azar y la necesidad. La Biología de los últimos tiempos, con Jacques Monod a la cabeza, suscriben la intuición racional de Demócrito. Somos los hijos del azar. Nadie nos ofrece desde fuera de nosotros mismos un sentido a la existencia, una finalidad, pero no podemos, por eso mismo, creernos insustanciales.
Aristóteles también nos presenta su verdad: la vida se muestra, en medio de una isla anti-entrópica, como una lucha despiadada por permanecer, por ser a pesar de todo, por reconocernos reales desde nuestro deber-ser humano.

Enlaces Patrocinados:
Otros Reportajes:
Descartes vs Pascal: El nacimiento del hombre moderno »
Cusa versus Bruno: Pasión por el Infinito »










Estás en:


(2 votos, promedio: 4.5 de 5)
Estás en:
MundoFilosofía | Historia | Demócrito versus Aristóteles: Azar o finalidad

