Nos encontramos con dos pensadores de un mismo periodo histórico: la transición entre la Edad Media y el Mundo Moderno, por lo tanto, dos filósofos del Renacimiento que, sin embargo no se conocieron uno al otro, ya que Nicolás de Cusa murió en 1464 mientras que Giordano Bruno nacía en 1548.
El primero fue Cardenal y Diplomático de la Iglesia Romana, el segundo, muy al contrario, intrigó contra esa Iglesia y fue quemado vivo por orden del Papa Urbano VIII en Campo dei fiori el 17 de Febrero de 1600. El pensamiento vertido hacia el infinito, aunque de forma diferente, les ha unido para siempre. Nicolás de Cusa se acerca a un nuevo socratismo al afirmar su “Docta ignorancia” como punto de partida y meta del conocimiento humano. Se trata de un desconocimiento instruido, que nos hace humildes al acercarnos a la consideración del infinito, pero conscientes de un conocimiento del mismo desde nuestra finitud.
Con terminología extraída de la tradición platónica (Plotino, Pseudo-Dionisio, Escoto Eriúgena), de forma semejante a Raimund Llull, va desentrañando el secreto de un universo que se aleja cada vez más del aspecto que tenía para el hombre del Medievo. Todo está contenido en Dios, un Dios que se despliega, explicándose, haciendo que todo proceda de Él y esté en Él y un Dios que es complicación suma, plena Unidad, concentración de opuestos, donde lo diferente se hace semejante y lo semejante resulta alterado, desconcertante, otro que lo pensado o visto. La noche más oscura del Universo es pleno día, la línea más recta, curva; inexistente es el centro del Universo, como asimismo no existen direcciones absolutas en él. La “relatividad” más intuitiva se abre camino en el ámbito filosófico. En el Universo todo es movimiento, incluso la Tierra se mueve como todos los demás planetas pareciendo ser inamovible. Todo en el todo está plenamente organizado y jerarquizado según el principio de la “coincidencia de los opuestos”, que domina también nuestra razón. En la escala de los seres, el más sublime parece, al mismo tiempo, el más ínfimo. De ahí que no pueda decirse que Dios sea el Ser supremo más que teniendo en cuenta la perspectiva desde donde nos situamos. Tal vez ese principio de suma jerarquización de los seres le aproximó a sus convicciones católicas, donde – según se mirara – el llamado “Sumo Pontífice” podía ser llamado también “Siervo de los siervos de Dios”. Toda un montaje teórico imprescindible para iniciar la línea de ecumenismo o acercamiento entre confesiones cristianas a la que, junto a la caridad, el Cusano quiso dedicar su vida.
Giordano Bruno es, como decimos, otro enamorado del infinito. Curiosamente el infinito – matemático y filosófico - será la punta de lanza que rompa, junto con el poder del pensamiento individual, los márgenes estrechos del pensamiento antiguo. En Bruno se fraguan y entremezclan, como en un crisol envuelto en la leyenda, corrientes modernas y antiguas de las ciencias, de la filosofía e incluso del esoterismo. Convencido del giro copernicano, adscrito al resucitado atomismo de Demócrito y a su fondo epicúreo en versión romana (la de Lucrecio) y fascinado por el neoplatonismo y los fabulosos escritos herméticos, Bruno es un típico pensador ecléctico inmerso en la crisis de identidad del los albores de una nueva época.
La Tierra ya no es para Bruno el centro del Universo ni el hombre el lugarteniente de Dios sobre el mismo. Tierra y hombre son marginados de la importancia que el cristianismo les había tradicionalmente concedido. También el Universo de Bruno se aleja llamativamente del mundo y la mentalidad cristianas: el Universo es infinito e incluso cabe pensar que no sea el único y que convivan diferentes y simultáneos universos. Se atreve incluso a afirmar que pudieran existir en otras partes del mismo vivientes dotados de racionalidad como los humanos, es más, el propio Universo es para Bruno, siguiendo en esto a los clásicos pero adelantando también a llamativas hipótesis contemporáneas, un viviente más, un organismo vivo al que todos pertenecemos y al que ayudamos o perjudicamos con nuestras acciones u omisiones. El Universo es divino, esto es, es Dios mismo. Con ello tenemos afirmado el panteísmo que hace sospechoso de herejía todo su sistema, pero, en propiedad, el Universo no es más que el despliegue – de marcado neoplatonismo - del Alma Universal.
El Universo es el verdaderamente sabio. Se vuelve al aprecio del sabio autosuficiente frente al santo dependiente de Dios y el Universo macroscópico ha de ser reflejado por el hombre, microcosmos, como elemento que es de la Naturaleza. Por eso el Universo entero es considerado autosuficiente, lleno de vida, creándose continuamente en su infinitud e incluso dotado de una magia astral, que Bruno toma directamente de Marsilio Ficino. A la concepción astronómica o astrológica de Bruno se la ha llamado “egipcianismo” en tanto que defiende una nueva visión teórica paganizante que pretende un culto a los astros, al que sigue una nueva ética basada en la identificación entre Dios y la Naturaleza y que persigue, mediante una paradójica carga de fantasía, la disolución de todas “las murallas fantásticas” que encarcelan las mentes de los hombres. Surge así un “heroico furor” que consiste en hacerse todo con el todo. La diosa Diana y Acteón, su cazador, son el símbolo de la filosofía, porque Diana es la divinidad de la materia y Acteón, que busca la verdad se ve convertido en aquello que busca, porque dentro de nosotros se encuentra la única verdad: que somos materia divina y debemos ver todo desde ese ángulo.
n Roma, cuando uno sube trabajosamente sus escalinatas medievales y entra en San Pedro in víncoli, no es fácil prescindir de las cadenas del Apóstol Pablo, allí exhibidas, pero mucho menos aislarse del embrujo del Moisés de Miguel Angel que lo preside todo, para centrarse en una pequeña tumba que contiene algunos restos del cardenal de Cusa. Su cuerpo quiso dejarlo en Roma, donde había trabajado por la paz, su corazón quiso que lo enviaran al asilo de pobres que fundó en Cusa y que todavía hoy sigue cumpliendo su labor. Los restos de Bruno no son fáciles de hallar, están esparcidos, más allá de la encolerizada imagen que le representa donde le mataron, por todas las mentes que anhelan su “heroico furor”.

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