Teoría y método del saber acerca de las ciencias del espíritu. Conocemos con la totalidad del alma y no con la inteligencia, pues sólo así puede nuestra voluntad evitar que las ideas nos dominen.
Nada hay tan grande, conveniente y provechoso para la humanidad como el saber filosófico. Pues, como dejó escrito el eminente pensador alemán Wilhelm Dilthey (1833-1911), la Filosofía es la plenitud de la autonomía del espíritu humano, el orgullo por el saber, lo cual a menudo conlleva descontento y dolor. Pero, aun así, gracias a la Filosofía, es posible sentir un vehemente y cautivador entusiasmo cuando se logra realizar el anhelo humano de ejercitar libremente la razón, lo que implica el impulso y el desarrollo de la capacidad para emanciparse y el afianzamiento de la denominada soberanía personal, ya que, sostiene Dilthey, lo que somos lo experimentamos sólo a través de nuestra historia. El saber filosófico es la clave para el cabal gobierno de uno mismo. No es de extrañar, por tanto, que Dilthey se opusiera a las tesis intelectualistas y que se ocupara de elaborar una detallada teoría del conocimiento de las ciencias del espíritu (ciencias humanas) llamada “hermenéutica”. El siguiente paso le llevará a construir y fundamentar su prestigiosa teoría de la concepción del mundo, según la cual todo se reduce, en definitiva, a las distintas actitudes humanas y a los diversos estados de ánimo que determinan la singularidad y particularidad de las circunstancias vitales últimas, colmando de valor asertivo la idea de que el destino, el carácter y el azar van hilando la trama de nuestra vida sin que nos percatemos de ello. Dilthey afirma que, al igual que ocurre con todo lo humano, la filosofía no es absoluta, ya que el último razonamiento de la concepción histórica del mundo implica la relatividad de cualquier tipo de concepción humana, pues todo fluye en proceso y nada queda o permanece.
El historicismo surge en la primera mitad del siglo XIX, en parte a causa del notable desarrollo que alcanzan en esa época, particularmente en Alemania, las ciencias históricas. El propio Nietzsche influirá en ese movimiento que, en ocasiones, se ha intentado definir desde una perspectiva globalizadora, en cuyo caso abarcaría un conjunto de doctrinas y corrientes muy diversas pero que tendrían en común su especificidad historicista. De ahí la disparidad de filósofos que podrían formar parte de esa corriente, entre los que se encontrarían pensadores de la talla de Herder, Hegel, Comte y Marx. No obstante, será Wilhelm Dilthey el más destacado representante del historicismo.
Wilhelm Dilthey, filósofo de la vida, adscrito al idealismo alemán, contemporáneo de Nietzsche, nació en Biebrich am Rheim y, con cuarenta y nueve años, ocupó la cátedra de filosofía en la Universidad de Berlín. En sus argumentaciones y razonamientos se preocupó por buscar criterios equidistantes entre el positivismo y el idealismo, rechazando, a la vez, los enunciados metafísicos que, afirmaba, han de sustituirse por la perspectiva basada en una realidad empírica, esto es, que contenga el dato aportado por la experiencia. De ahí que, en principio, lleve a cabo una crítica de la razón histórica a fin de ofrecer una teoría del saber, una epistemología de las ciencias del espíritu, también llamadas ciencias humanas; y todo ello con el propósito de comprender al hombre en la totalidad de sus manifestaciones y expresiones personales y sociales, esto es, en su condición histórica. Por tanto, se impone entender lo específico de cada momento histórico e intuir a su través lo característico de cada contribución cultural en sus diversos aspectos, como por ejemplo en la literatura, en el arte, en concepciones filosófico morales… Con todo, lo cierto es que la obra de Dilthey tiene un carácter fragmentario, ya que él mismo prefería decantarse por la intuición y emplear y plasmar el aforismo antes que dedicarse a la elaboración de los grandes sistemas de pensamiento, entre otras razones porque pensaba que siempre terminaban tiñéndose de metafísica. Sus tesis, por tanto, se hallan muy próximas, desde el punto de vista filosófico, al relativismo irracionalista. Y así, su principal objetivo consistía en la defensa de una argumentación conducente a tratar a la vida, y a la “comprensión de la vida”, como único problema central, entendiendo la vida como el nexo que une y abarca a todos los seres humanos. En este sentido se puede considerar a Dilthey como uno de los pensadores partidarios del vitalismo, ya que, asimismo, afirmaba que la vida estaba estructurada, o estratificada, en tres dimensiones: representativa (imagen objetiva del mundo), afectiva (conjunto de valoraciones y aspectos inherentes al vivir) y volitiva (la vida como principio de acción).
Por otro lado, aplicando un criterio relativo al contenido de ambas, Dilthey distingue entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu (ciencias humanas); y defiende que “el objeto de las ciencias de la naturaleza es lo que aparece a los sentidos como un caos de excitaciones y sensaciones lógicamente conectadas mediante el pensamiento discursivo o racional; las ciencias del espíritu, en cambio, estudian directamente la realidad porque los hechos espirituales se dan en la vivencia tal y como son”. Por lo tanto, puede afirmarse que las ciencias de la naturaleza son propias de la creatividad humana a partir de objetos no humanos “que permanecen exteriores”, mientras que las del espíritu son “creaciones humanas en su totalidad, es decir, en la forma y en el contenido”. De ahí que, desde una perspectiva antropológica, al elaborar sus teorías acerca del hombre, Dilthey se interese especialmente por los aspectos psicológicos, pues le preocupa ante todo el individuo, en particular su carácter y su personalidad.
Todo lo anterior se completa con las denominadas cosmovisiones del mundo que, según Dilthey, se agrupan en tres apartados: naturalismo, idealismo objetivo e idealismo en libertad. El naturalismo, la primera de las cosmovisiones, se caracteriza por el predominio del racionalismo, y preconiza una definición y explicación del ser humano consistente en reducir a elementos más simples su naturaleza compleja. El idealismo objetivo, la segunda de las cosmovisiones, equivale al predominio del sentimiento, y se propone estudiar y explicar el mundo como un conjunto de valores que, señala Dilthey, “tienen un significado y un orden racional”. El idealismo en libertad, tercera y última cosmovisión, se identifica con el predominio de la voluntad y el intento de separación del hombre y la naturaleza, ya que, en palabras de Dilthey, “el hombre es algo distinto, regido por otras leyes, de manera que se impone a la naturaleza y crea un mundo ideal”.
Aunque Dilthey ha tenido conocidos detractores (entre ellos el filósofo británico Karl Popper con su obra, publicada en 1957, titulada “La miseria del historicismo”) sus ideas y sus teorías fueron, en ocasiones, una valiosa referencia para teólogos y sociólogos. Las argumentaciones, reflexiones, frases y aforismos de Dilthey ponen de manifiesto su talento y muestran la importancia y consistencia de sus aportaciones a la filosofía de la historia. En sus obras concede una gran importancia a la experiencia total, que llama así para distinguirla y oponerla a la experiencia incompleta, mutilada e imperfecta. Dilthey identifica esa experiencia total con la realidad, y desea servirse de ella para fundamentar sus argumentos y afianzar sus teorías sobre la concepción y la construcción del mundo, cuya estructura y configuración se sostienen y ordenan por el impulso vital de las acciones humanas, y no meramente por el pensamiento. Nunca, a lo largo de los siglos, afirma Dilthey, se ha tomado esa experiencia plena y extensa, que consecuentemente atañe al desarrollo de la especie humana y no a una persona particular, como base fundamental del saber filosófico.
Es necesario, por tanto, pararse a reflexionar acerca de la realidad plena, de la experiencia total, de los procesos históricos…, y advertir cómo han dado lugar a numerosas y singulares transformaciones en el estado del mundo, constituyendo experiencias colectivas, sociales y particulares, y conformando la denominada inteligencia total.

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