Jesuitas y dominicos se enfrentaron, intelectualmente, defendiendo posturas teológicas referidas a la omnipotencia divina y a la libertad de los seres humanos.
El término “barroco” ha sido utilizado por los historiadores del arte para definir un estilo que abarca desde finales del siglo XVI hasta bien avanzado el siglo XVIII. Aunque, en un principio, sólo hacía referencia a las creaciones relacionadas propiamente con el arte, no sólo sirvió para definir obras musicales, literarias, pictóricas…, sino que con ese término se designó toda una cultura, toda una época, vinculada a la Contrarreforma católica.
Pero, además de las características formales, propias de las obras de la etapa barroca, resulta interesante destacar y advertir las diferentes opciones ideológicas que se desarrollaron en esa época, así como su influencia en el arte y en la literatura. El modelo ideológico imperante se expresó, de forma clara, no tanto en los escritos de los teólogos y políticos, sino en los llamados “Autos de fe” de la Inquisición, que iban destinados al pueblo.
El Auto de fe constituye una especie de actualización del Juicio Final en el que se juzga a quienes no han seguido el modelo ideológico dominante, lo que supondría estar en contra del modelo de sociedad instituido. Éstos oponentes al modelo oficial son identificados con Satanás, dado que, desde el punto de vista del poder (y por lo tanto de la ideología imperante), el universo se divide en buenos y malos, esto es, hay unos que son los seguidores de Cristo, y otros que son los seguidores de Satanás.
La finalidad de ese Auto de fe es inculcar a la sociedad esa visión de la realidad, y llevar al pueblo a que se identifique con el bando de los buenos, de la Cruz. La realidad ha de ser transformada conforme lo requiere el modelo dominante. El disidente será eliminado de la faz de la tierra por la necesidad de reordenación y restablecimiento del orden cósmico. El fuego, el aire, el viento…, todos los elementos contribuirán a ello, para restablecer ese orden necesario, a la vez que el orden social.
Aquél que se opuso al orden religioso también se opuso al orden político y social, por eso la Inquisición garantiza no sólo la pureza de la fe, sino también el que la monarquía se mantenga estable. Se armonizan entonces la Iglesia y el Estado, la naturaleza y la sociedad, lo divino y lo humano, aunque, a pesar de esa aparente armonía, la sociedad barroca contiene en sí contradicciones que saldrán a la luz en las controversias entre las diferentes escuelas de teología, y en los escritos satíricos.
A partir del siglo XVII comenzaron las disputas doctrinales y los enfrentamientos entre los pensadores católicos, algunos de los cuales dieron lugar a que los fieles recurrieran a otro tipo de soluciones y de cauces para sus problemas espirituales, al margen de los caminos por los que se desarrollaban las polémicas eruditas.
En la controversia acerca de la gracia, son dos los polos doctrinales en los que se asienta: por un lado, la posición católica (concilio de Trento), por otro lado la postura luterana (que también valió al calvinismo).
Los católicos consideran que, para santificar a un hombre es necesario que intervengan dos fuerzas, la gracia actual, y la fe que proporciona la entrada a la gracia habitual, a la santificación en sí misma. Sin embargo, la teología calvinista defiende que es Dios quien salva a quien quiere, y quien, por lo tanto, también condena a quien quiere. Aunque la doctrina de Calvino fue considerada en exceso cruel para los hombres, éste creyó que esa era la mejor manera de poner de manifiesto la absoluta independencia de la divinidad, puesto que anulaba cualquier participación humana en la salvación.
Los teólogos de la Universidad de Lovaina, entre ellos Miguel Bayo, defendieron las argumentaciones calvinistas, asegurando que el ser humano carecía de libertad para obrar como consecuencia de su pecado original. Entre los discípulos de Miguel Bayo, que fue condenado por la Sorbona, destacó Cornelio Jansenio que ejerció una enorme influencia en las siguientes generaciones.
Más adelante se produjo la “controversia de auxiliis”, que supone un desarrollo de estas primeras disputas. Comenzó en España y enfrentó la postura de las doctrinas de Luis de Molina, jesuita, y, por otro lado, la de Domingo Báñez, dominico, que aseguraba que la omnipotencia divina era tal que no podía dejar que el hombre se opusiera a la influencia de su gracia. Por su parte, Molina, y con él la Compañía de Jesús, defendían que la omnipotencia de la divinidad no era capaz de anular la libertad de los seres humanos. La controversia empezó en Valladolid, pero pronto se difundió por el resto de la Península de modo tal que el Papa tuvo que intervenir y creó una Congregación especial para que examinara el asunto y callara a los que polemizaban sobre ello.
Otra de las polémicas mantenidas entre los intelectuales españoles fue la referida a la manera en la que calificar y definir la moralidad de los actos de los seres humanos. Mientras que unos defendían fuertemente los principios y normas tradicionales, los jesuitas, por su parte, consideraban que un cristiano, ante un dilema ético, había de adoptar la decisión que le pareciera más racional y que no estuviera condenada por la Iglesia, aunque existieran otras opciones más seguras, esto es, se trataba de seguir una conducta vinculada a “lo probable”, de ahí la denominación de probabilismo para esta doctrina. Pero la mayor controversia llegó cuando, en el año 1642, la Sorbona de París aseguró que el probabilismo no era más que veneno edulcorado que lo que hacía era destruir el espíritu.
Tomás Sánchez fue un moralista cordobés, que escribió un tratado centrado en el tema del matrimonio, y que fue atacado por Pascal, quien le acusó de un excesivo laxismo. También Antonio de Escobar y Mendoza fue increpado por Pascal. Mientras, la Compañía de Jesús se inclinó por el probabilismo, que convirtió en su doctrina oficial.
Entre los jesuitas destaca Francisco Suárez, cuyas aportaciones en todos los ámbitos (metafísica, filosofía, teología, teoría del conocimiento…) fueron de gran relevancia. En el ámbito del derecho consideró que era crucial no hacer depender el derecho de gentes de la ley natural, sino de la ley humana positiva. Además elaboró la tesis de que la potestad civil se encuentra en la comunidad, que luego transmitirá al resto de personas. Por tanto la forma de gobierno más natural para él la constituye la democracia o, cuando ésta no sea posible, ha de existir, al menos, un consentimiento voluntario por parte del pueblo. Tanto las obras de Suárez, como las del resto de sus discípulos y seguidores, han sido consideradas importantes aportaciones a la esfera del derecho natural e internacional.
Los filósofos y teólogos españoles del siglo XVII se ocuparon también de los problemas políticos y económicos de la época. Las formas de gobierno ampliaron su abanico de posibilidades ante las nuevas doctrinas que se desarrollaron, y proporcionaron, o trataron de dar, una mayor la soberanía a los pueblos. De todos modos, y a pesar de que el poder del príncipe había de estar supeditado a las necesidades y exigencias de los súbditos, era indispensable el instruir a una persona, en este caso al príncipe, para que tuviera el conocimiento de sus deberes. Esta idea había dado lugar, ya desde tiempo atrás, a un nuevo género enmarcado en el ámbito de la educación, pero específica para los príncipes. En este sentido la obra de Maquiavelo fue una de las más difundidas, aunque también recibió duras críticas por parte de algunos de los pensadores españoles dedicados a este género literario, adscritos a la doctrina del tacitismo. Juan de Mariana, jesuita, concibió la soberanía como algo que había de surgir de un acuerdo, de un pacto, entre el pueblo y el soberano.

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