Es sabido que en algunas sociedades las desgracias acumuladas en una persona se intentan expulsar transfiriéndolas a dioses, a objetos inanimados, a humanos o simplemente se vomitan hacia el espacio exterior circundante.
Aunque en la sociedades occidentales este hecho se asocia a mera superchería, a niveles psicológicos funciona; de hecho el sacramento de la confesión cristiana tiene mucho que ver con el despojo de lo maléfico.
En las Indias Orientales se cree que la epilepsia puede curarse golpeando al enfermo con las hojas de algunos árboles. Creen transferir el mal a dichas hojas, pero en el fondo seguro que hay un componente químico en el vegetal que aminora los efectos de la “maléfica” enfermedad. Otras veces se abanican con ramas repletas de hojas cuando están fatigados tras un largo paseo y luego tiran las ramas en sitios donde sus antepasados hicieron lo mismo; la sugestión y el efecto placebo, les cura las dolencias ocasionadas por el cansancio.
En los Cárpatos hay una cura para las pecas: pueden transferirlas a la primera golondrina que vean en primavera si dicen “golondrina, golondrina, toma mis pecas y dame sonrosadas mejillas” (citado por Frazer en su Rama dorada). Igualmente en la India meridional cuando uno fallece sus pecados se transfieren a un búfalo.
Los cíngaros traspasan sus enfermedades a bailarines vestidos de diablos y en la India los pecados del rajá se solían transferirse a un criminal para que este los expiara y sufriera sus las consecuencias de pecar, mas no sus satisfacciones.
Incluso en la Europa actual muchos creen en la costumbre de Marcelo de Burdeos, médico de Teodosio I, quien curaba las verrugas tocándolas con tantas piedrecillas como verrugas se tuviera, envolviéndolas después para terminar arrojándolas a la calle. También curan las picaduras de escorpión sentando al paciente sobre un burro pero mirando hacia atrás. Del mismo modo, existe en Atenas una capilla de San Juan en la que hay una columna a la que si se toca teniendo fiebre uno sana ya que la columna se apropia de la enfermedad.
Igualmente existen sistemas para expulsar el mal de sociedades enteras. Si éste es invisible se denomina expulsión directa y si se ven o palpan se llamaría expulsión indirecta. Se hacen grandes hoyos para enterrar al diablo, se grita durante toda la noche para espantarle, se golpea el suelo con la cola de un canguro, se hace ofrendas al espíritu diabólico para que se vaya de la población, se matan monos, se dan mazazos al aire, se “hiere” al aire con armas…
¿Por qué esa necesidad de expulsar el mal a través de objetos o personas? Si el mal es algo inmaterial, ¿a qué se debe esa necesidad de materializarlo y traspasarlo como si fuera una manzana? ¿Qué hace que algunos judíos ortodoxos expulsen su mal dándose golpes en la cabeza con los restos de muralla del rey Salomón? ¿O que algunos cristianos (especialmente en Semana Santa) se despojen del mal fustigando sus espaldas con látigos aherrojados y golpes cimbreantes? ¿O que los musulmanes más fundamentalistas azoten a sus mujeres para librarlas de los males?
El mal por excelencia en todas las culturas es el complejo de culpa. Sentirlo es convertirse en una persona mala para uno mismo. Sentirse malo no implica que sea percibido así por la sociedad, pero el mero hecho de sentirlo ya le convierte a uno en malo ante su propia conciencia, ques, en definitiva, la que determinará si se va a l cielo o al infierno. Como bien dicen los textos filosóficos de índole religioso, el infierno existe y está habitado por las personas malignas. La psicología actual nos indica que ese infierno está dentro de nosotros, que el mero hecho de sentirnos culpables ya nos sume en el Averno e intentaremos salir de él tan pronto como nos sea posible.
Hagamos una digresión de la filosofía cristiana y su concepto de la maldad que retoma varias filosofías anteriores y que la impulsa a casi todas las comunidades del mundo contemporáneo. Para el cristiano las personas pueden ir a cuatro lugares según haya sido su comportamiento en la Tierra: el infierno, el cielo, el limbo y el purgatorio.
El infierno es el sitio de la ausencia de Dios, lo cual supone la desgracia máxima. Un ateo en la sociedad occidental no cree en un mundo subterráneo lleno de diablos y fuegos, pero en su inconsciente lleva el germen del infierno, vive en él y cuanto más se aleje de la divinidad más desdichado será. El tener una naturaleza maléfica condena a un infierno del que es imposible salir (según dicen los expertos).
El cielo no es un lugar donde las gentes bailan con los angelitos el “corro de la patata”, sino un estado de conciencia tal que surge de la comunicación y contacto con la divinidad así como del más generoso de los altruismos. De hecho los budistas alcanzan este cielo a través de la comunicación divina gracias a la meditación. La ausencia de mal constituye el cielo.
El limbo es el lugar para aquellos que no han tenido la ocasión de saber qué está bien o qué está mal, y de aquellos que jamás han oído hablar de Dios o que no han entendido la Palabra. Es un estado psicológico de ausencia de mal pero también de ausencia de bien. Los retrasados mentales y los bebés vivirían en este ataráxico mundo.
Por último, al estado de conciencia de Purgatorio llegarían aquellas personas que han hecho males pero no extremadamente graves. Permanecen un tiempo en este estado para pasar, posteriormente, al cielo.
El purgatorio es el lugar para despojarse del mal. Allí se lo transmiten unas culturas a los animales, otras a los objetos o a las personas, y gracias a ello las distintas poblaciones de la humanidad dejan un estado de conciencia que les hace sufrir y alcanzan el estado pleno celestial. En definitiva, cielo e infierno no son más que categorías del pensamiento que ayudan a entender maniqueamente como ha de dirigirse uno en el rumbo de la vida para no caer en las neurosis que nos amenazan sin contemplaciones.

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