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Comentario a Unamuno, “Del sentimiento trágico de la vida”, capítulo 7

El texto, central en la obra, viene a decirnos quién es Dios para Unamuno. El Dios de Unamuno huye de lo racional y sin embargo es “Conciencia”, es el Universo y no lo es y la materia lo tiene, al parecer, atrapado. En suma, un Dios bastante humano.

Estamos aquí muy lejos de poder esbozar un sistema, porque Unamuno huye del sistema que asfixia, es asistemático.

El auténtico punto de partida del planteamiento sobre Dios nace en nuestro autor de una experiencia real: la pérdida de un hijo. “Es el dolor la fuente” nos dirá. El gran despertador de la conciencia. Y la conciencia es anhelo de seguir siendo. Es un antiepicureismo: un mirar a la Esfinge cara a cara, ese secreto cifrado que es la muerte. Unamuno se da cuenta de que la lógica de su época anterior (la de lo “intrahistórico”), a pesar de ser un reto a la lógica al uso con su “vaivén de hipérboles” y su circularidad, no sirve para la vida. Podrá explicar, pero no le sirve para comprender. Es el dolor el único capaz de articular “metáforas de sentido”. Porque – muy a pesar de Hegel – lo racional no es real, porque todo lo real, no es que sea absurdo, sino contraracional. Las explicaciones al uso – religiosas o laicas – puede que sean verdaderas, pero no alcanzan la sinceridad, vencen pero no convencen. En definitiva: no hay explicación para lo más importante. De ahí que el Dios de la Teología racional no sea el auténtico Dios sino un dios de adorno o un adorno de Dios.

En esa conciencia “remejida” por el dolor del inocente, Unamuno descubre el lugar paralelo de la “memoria”: vivimos recordando y quisiéramos sobrevivirnos recordándonos; pero esta memoria no es el lugar descrito en las Confesiones de Aurelio Agustín. En el “ápice del alma” de Unamuno no se descubre ningún “Maestro interior”, más bien un “Dios doloroso” que se confunde con el propio dolor alzando el anhelo por sufrir siempre o bien es acicate para volver a una “infancia” (”mi cielo”) donde no había problemáticas existenciales, donde los recuerdos de “ultracuna” se conserven y entretejan con los dolores del adulto. Vida como recuerdos y colores de cuna y cama.
Pero todo esto es obra de la “Fantasía”, la capacidad mejor, la que nos hace humanos, la que hace que soñemos a un Dios que es “mi buitre”, un pájaro carroñero que permanece continuamente en mí buscando, desentrañando explicación y encontrando podredumbre. Somos “seres fantásticos”, no nos movemos a la acción sino por el corazón. La razón teórica no mueve nada ni a nadie. Ni siquiera por el deber nos vemos forzados a una acción que nos salga del alma. La fantasía es la que hace que creamos en Dios, que le creemos, porque “en Dios creemos porque le creamos”. Esta proyección no es como la de Feuerbach, una acción genérica, monista, destructora. Es una proyección siempre dual, donde, si el Universo es creado por nuestra “hambre”, a Dios lo hacemos por el “amor. Se refleja aquí el “Thanatos” (inercia y cerrazón de lo muerto) y el Eros freudianos (expansión y movilidad de la vida). Es la instalación en una de esas dos fuerzas cósmicas, lo que decide la suerte del ser humano: o la dinámica de la envidia destructora y la de-presión o bien la compasión, que es la sus-pensión de cualquier cosa que nos tira para abajo.

Compadecer a otro (sentir con él) es personalizarlo y viceversa: personalizar, hacer persona al otro, compadecerle. Del personalizar que es “yoizar”, la naturaleza, en cuanto que se la ama y se sufre por ella, ve crecer una ética. Esta ética es también una estética: se ama la belleza porque va a morir, porque va a desaparecer bajo el tiempo. Duele en lo hondo la fugacidad de lo real y nace así la añoranza de lo eterno.
Con ello: con este sentimiento de “totalidad”, de “Vida” (Biología como Filosofía primera) proyectamos un Dios, una “Trinidad dolorosa”, misterio, no en cuanto trinidad sino en tanto que sufre. Dios debe ser un “hecho social” en sí (paternidad, maternidad y filiación) porque el dolor es un hecho social, crea sociedad, edifica amor o lo mata.

Es al compadecer: sufrir o padecer con otros, cuando nos conocemos, cuando somos responsables y soñamos que tanto las cosas materiales como el grito de dolor del hermano en el dolor alzan su grito a una Conciencia Cósmica, a un Universo Consciente.

Sin embargo, la Conciencia no deja de ser una enfermedad. Situarse desde fuera, frente a las cosas es algo anómalo al Universo, que reclama ser curado. Esta nuestra conciencia enferma busca desesperadamente fines, es alocadamente teleológica. No sólo creamos a Dios porque lo necesitamos, sino que actuamos como si existiera, viviendo en fantasía como en un reino de los fines. Esto supone algo más que la apuesta de Pascal, supone ver colmado nuestro anhelo de inmortalidad. Es el sueño (el sueño de un sueño tal vez como en Antonio Machado) de quedar alguna vez en el seno de Dios sin diluirnos en su seno. Pero este anhelo insondable es un saber: la dinámica amor-dolor nos hace conocernos y conocer. No está, por tanto, el esquema del salmantino tan alejado de la razón como él pretende. Nuestra conciencia no puede contemplar su propia aniquilación, rehusamos el pensamiento de la muerte, tampoco – ya que no guardamos recuerdos anteriores a nuestra gestación – es planteable una especie de reencarnación, tal vez sea posible una “anakefalaiosis”: la transfiguración del todo en todos, esto es, la del yo compadeciendo al mundo y un Dios compadeciéndose de mi memoria.

Unamuno llega al lúcido delirio al decir que nosotros enriquecemos a Dios, porque sólo es real el “conatus” de nuestro anhelo: lo que hemos sufrido y amado y eso, que es lo más real de lo real, es lo que hace real a Dios.
Hay una evolución desde “En torno al casticismo” al “Sentimiento trágico de la vida”. No se trata sólo de la conversión a los dualismos, es el paso de lo racional intrahistórico a lo metahistórico contraracional, porque la vida y la historia son contraracionales. Pero esto es precisamente la plenitud de lo intrahistórico. En el fondo del alma que el hombre anda buscando crearse, está el Dios unamuniano dando cabida a su esperanza. La conclusión, si caben conclusiones en el catolicismo agnóstico de Unamuno, no es ni racional ni sentimental, es más bien mito-poiética: recreadora de mitos, es la Palabra que arrastra “salvándola” a la intrahistoria.

La profunda soledad del ser humano se ve “acompañada” por la presencia compasiva de un Universo (de muerte y de vida, de conciencia y contraracionalidad), a su vez solitario, en lo más hondo de la contemplación humana.








...por Cristina M. Null ...por Cristina M. Null


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