Hay momentos en que pensar es decir algo original, algo que remueve los cimientos del orbe; pero, cuando el orbe está convulso y no hay lugar para originalidades, hay quien dice que pensar es contemporizar y, cuando hay genio, ser ecléctico.
A esto es a lo que aspiraban los dos grandes griegos del eclecticismo antiguo: Filón de Laris y Antioco de Ascalón. Sin embargo, el estilo más famoso del eclecticismo, como movimiento de todo el periodo helenístico, pertenece al mundo romano y se encarna en Cicerón (106-43 a.C.).
Ser ecléctico supone ser, en parte, un mendigo, que, movido por la necesidad de aplicar a cada momento una solución diferente – la que la situación pide – suplica unas migajas filosóficas, que pueden no ser propias, pero que resuelven, sin muchos problemas con la propiedad intelectual, el asunto en cuestión. Por eso mismo, no suele convocarse a Cicerón entre los grandes de la Filosofía, pero, para nosotros, que nos movemos entre fragmentos de informaciones y momentos no aptos para grandes relatos, su estilo de hacer filosofía, acogiéndose al mejor postor y criticando a todos, nos seduce de modo agradable. Cicerón es, además, considerado universalmente como un transmisor, un acueducto entre la tradición de la antigüedad y el mundo nuevo del Medievo que va a traer nuevos dioses y extrañas categorías. Su obra sobre el “Orador”, pensada para el senador romano en su trabajo de lidiar con los argumentos imperiales, será la más leída en toda la Edad Media y fraguará la retórica de los pulpitos de la cristiandad. Tratando un sinfín de problemas y asuntos, da siempre en el clavo de la sensatez. Es su sentido común el más venerado a la hora de ocuparse de temas, en especial de los morales.
En su juventud, Cicerón asistió a las clases de dos epicúreos, llamados Fedro y Zenón, después estuvo con el estoico Diodoto, a través del cual llegó a profundizar suficientemente en la doctrina del estoicismo medio, en especial del enciclopédico Panecioy fue amigo del erudito Posidonio. Pero, eso sí, le influyó decisivamente Filón de Larisa, que encarna la etimología del término “ecléctico”: “ek-legein”, que significa elegir de diversas partes. Fue éste el que introdujo el eclecticismo en la Academia platónica, que sobrevivía en el siglo I a. C. Lo que decía Filón era que las cosas en sí son incomprensibles, pero, cuando uno se acerca a ellas, empiezan a dejarse entender. Cicerón interpretaba esta posición diciendo que no existe ningún criterio universalmente válido de verdad, pero ello no implica que las cosas sean incomprensibles, sólo que nosotros no podemos entenderlas. La diferencia con el escepticismo es clara: el escéptico reconoce que no sabe si existe la verdad y, en todo caso, él no la puede conocer ni la conoce; pero Cicerón lo que dice es que la verdad existe y que nosotros tal vez no la podamos reconocer. No podemos, por un lado, anular la existencia de la verdad, ni por otro aceptar que hay auténtica certidumbre de las cosas. Lo cierto es que sólo poseemos probabilidades de verdad, aproximaciones o tanteos hacia la misma. Nos acercamos a la verdad cuando comprobamos la evidencia de algo que es probable.
La probabilidad no supone la negativa a la verdad sino el encuentro con la verdad posible. Cicerón asistió también a las clases de Antioco de Ascalón, algo más dogmático que Filón, que postulaba no sólo la existencia de la verdad, sino la posibilidad de su conocimiento. Bajo su dirección, la Academia indagó en los vínculos que unían a Platón y a Aristóteles, no sólo entre sí, sino también con las doctrinas de la Estoa. Para Antioco, nuestra existencia queda bloqueada si no conseguimos dar un asentimiento a una verdad. No hay lugar para un escepticismo radical dentro de un criterio de sentido común.
Cicerón leyó además directamente las obras de Platón, Jenofonte y el Aristóteles exotérico, esto es, al divulgativo. De éstos y muchos contemporáneos de la Academia y el Liceo, consiguió extraer lo que él consideró lo mejor, aunque siguió toda su vida escorado hacia el principio de verdad probable de Filón de Laris. Hay quien ha dicho que el mundo interior de Cicerón era pobre, porque “prestaba oídos a todas las voces”. Tal vez sea esta afirmación, en forma de ofensa, la mejor alabanza ciceroniana. Oir muchas voces para elegir la más apropiada al momento, no deja de ser un ejercicio de sabiduría.
Sus obras más famosas y que evidencian ese extraño don del sentido común son De Officiis, Tusculanae disputationes, De natura deorum, y otras donde ataja problemas del pueblo y supersticiones desechables, como en De fato, de divinatione o libritos dedicados a hablar de la edad y los problemas de la vejez (de senectute) y de la amistad (de amicitia). Hay entre sus creaciones, obras legales, propias de su dedicación jurídica: de legibus, de re publica. En todas resalta el hombre de mundo, sabio cosmopolita que, de los estoicos, saca la verdad de la serenidad ante las preocupaciones, especialmente ante los achaques de la ancianidad; pero rechaza la imperturbabilidad en todo momento, consciente de que el ser humano debe aceptar sus sentidos y sus sentimientos, lo mismo que su razón. Así, acepta el goce del placer, de los epicúreos, aunque los critique abundantemente en la medida en que el placer aleja del saber y del sentido de lo correcto. Cultiva de éstos, ante todo, la amistad y la ausencia del miedo a los dioses, rechazando, como se ha dicho, cualquier atisbo de superstición y creencia oscurantista, aceptando de Jenofonte su crítica al antropomorfismo de los dioses.
De los platónicos tiene como correcta la búsqueda humana del bien y de la verdad; con los aristotélicos comparte el deseo de la felicidad y de que ésta esté sustentada por la búsqueda del término medio, que sitúe al ser humano en la lejanía de conductas extremas por defecto o por exceso. Y siempre y en todo momento, fiel al griego Filón, cree que la mayoría de las veces la verdad no nos es muy propicia, aunque hayamos nacido para encontrarla. La verdad existe, pero se esconde y tal vez, aceptando muchas verdades y en diferentes momentos, nos haga un guiño al final. De lo que habrá siempre que huir será de las posturas dogmáticas, enroscadas en su propia verdad, contrarias al debate y el diálogo, propensas a captar fieles, pero lejanas al intento loable de crear amistad y bonhomía entre los humanos.

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