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Benito Jerónimo Feijoo: El empirismo ecléctico

Encarna lo mejor del genio español del XVIII. Nace en Casdemiro (Galicia), de familia numerosa, acomodada y cultivada, entró pronto en la orden de San Benito, en el monasterio de San Julián de Samos, pasando después a Salamanca, donde estudió y enseñó.

En 1709, se estableció en el colegio benedictino de San Vicente, en Oviedo, donde enseñó teología hasta su muerte. Su obra tiene una gran amplitud, que comprende filosofía, cienecia, política, historia, pedagogía, literatura, medicina y teología. En sus dos obras, Teatro crítico universal y Letras eruditas y curiosas, quiso desenraizar del mundo, no ya sólo de España, todas las supersticiones con ayuda de una prudente razón crítica, que le apoyaría en su búsqueda de verdad, abriendo el camino al pensamiento libre e ilustrado.

Tuvo momentos de incomprensión, pero aun así, se benefició de notorias compensaciones personales: Elegido Abad de su monasterio y profesor titular de una importante cátedra en la universidad; el papa Benito XIV le propuso un obispado en América Latina; Fernando VI le nombró consejero real …; son algunos ejemplos. Fue muy leído en América Latina, siendo a los ojos de la Hispanidad un representante libre de la filosofía moderna.

En la base de todo, Feijoo sitúa la confianza en la razón y en las enseñanzas de la experiencia. Es independiente, sintiendo una veneración hacia Bacon, a la que sigue, una cierta vinculación primero con Newton, seguido por muchos otros como Descartes, Locke, Malebranche, …etc. Tiene una cierta inclinación hacia las ideas modernas, sin que ello le impida admitir ciertas aportaciones de la escolástica e incluso de Aristóteles, entre muchos aspectos, por ejemplo en ética y política. Él mismo se considera ecléctico, o más bien un “Escéptico mitigado”. Por tanto, su reflexión recorre tanto los antiguos y medievales, como los grandes precursores del Renacimiento o del Barroco. En primer lugar, quiso dar caza a las supersticiones, dado que en España se imponía ese trabajo de limpieza, antes de que fuera posible pensar en tareas positivas y constructivas. Entre sus muchos logros se encuentra el de deshacer la falsa creencia en ciertas virtudes sobrenaturales de la campana de Velilla, en Aragón, a la que se atribuía el privilegio de sonar por sí sola para anunciar al país la proximidad inminente de graves acontecimientos. Hay multitud de casos, en los que siempre, como norma general, encontró en la historia el origen de las leyendas. Lo que él buscaba siempre eran explicaciones racionales.

Feijoo opone todos los sistemas a las observaciones del método experimental. Según él, debemos renunciar a descubrir los grandes principios del cosmos, las causas más profundas, y contentarnos únicamente con establecer cuidadosamente los efectos. Todo esto es, en definitiva, una sublevación contra las miras excesivas de toda metafísica. Así pues, Feijoo desaprueba todo intento de superar los fenómenos para someterlos a una vasta combinación de conceptos. Para él, la humanidad pierde el tiempo en intentar dar salida a inmensas síntesis ideales, que no sirven absolutamente para nada, en lugar de aplicarse a la ciencia de lo concreto. Sólo la experiencia es la dueña de la verdad y de la vida, aunque ella tenga también sus propios límites. La desaprobación de los grandes sistemas ideales y de sumas doctrinales le llevó a batirse en dos frentes: el de los escolásticos y el de los modernos. Sólo Bacon le parece plenamente válido, pues una vez planteadas sus reglas de investigación se abstiene de toda hipótesis general que no esté apoyada por hechos directamente verificados. También Newton le parece un genio incomparable, aunque su temor a la inquisición le hizo confesarlo mucho tiempo después.

A la pregunta de por qué España se encontraba culturalmente en decadencia, Feijoo realizó, en 1745, un diagnóstico, concluyendo en la existencia de seis causas. Éstas causas, en la edad moderna, constituyen un inconveniente para el progreso. La primera es el espíritu limitado de algunos profesores. Están convencidos de saberlo todo por la sola razón de poseer la lógica y la metafísica escolástica. Cuando oyen hablar de nuevos métodos se irritan. La segunda, es el odio hacia todo lo que contenga algo novedoso. La tercera causa consiste en considerar las conquistas del progreso del conocimiento como inutilidades. La cuarta es la tendencia de reducir todo el pensamiento moderno a Descartes y englobarlo en la misma reprobación. No sólo sería un error considerar toda la obra de Descartes sin ningún interés, sino también convertir toda la filosofía nueva en una filosofía de inspiración cartesiana. La quinta causa es el temor de que las doctrinas modernas dañen el legado de la fe, ya directa o indirectamente, por el espíritu de libre examen que las ha suscitado. La sexta y última, es el resentimiento envidioso de los mediocres contra los grandes espíritus, quienes aventajan y han realizado descubrimientos sublimes.

Como pequeña conclusión al pensamiento de Feijoo, se podría decir que se vislumbra la presencia de un signo de contradicción en él: luchan dos espíritus; por un lado está el de su formación tradicional, y por el otro, el de su postura innovadora. Aunque, en definitiva, bajo el velo de conformismo y obediencia, el espíritu nuevo destacó.

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...por Daniel Olivares ...por Daniel Olivares


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