La nueva concepción con respecto al arte y al artista dio lugar a un ensalzamiento de las formas y a una preocupación por los estilos.
El siglo V a.C. supuso un cambio en la concepción que se tenía de los artistas. Éstos tomaron conciencia de su propia maestría, y dejaron de ser considerados meros artesanos. El público comenzó a tener un creciente interés por la obras en sí mismas, y no por la función que pudieran desempeñar en el ámbito de lo político o de lo religioso. Empezó a cuestionarse y a discutirse acerca de los diferentes métodos y logros de las diversas escuelas artísticas, así como de sus estilos y tradiciones, que diferenciaban a cada uno de los maestros. El aumento de la competencia entre las escuelas provino de esas comparaciones que hacía el público, dando lugar a un mayor estímulo creador entre los artistas. Se esforzaban cada vez más y eso ayudó a que se produjera una variedad que ha sido grandemente admirada en el arte de Grecia. Un buen ejemplo de la utilización conjunta de varios estilos se percibe en el Partenón, en que se mezclaron los modos dórico y jónico. Y aunque el principio regidor del templo es el del modo dórico, el conjunto adopta un carácter muy diferente y pretende transmitir sosiego y gracia infinita.
En el ámbito de la pintura y de la escultura también se produce un cambio similar. En ese momento histórico Atenas se ve destruida por una atroz guerra que hace que pierda toda la prosperidad lograda hasta entonces. Así, en el 408 a.C. se añade una balaustrada al templo de la Acrópolis dedicado a la diosa de la Victoria, cuyas esculturas muestran ese cambio de gusto, el refinamiento, la delicadeza…, que se imprimen con el estilo jónico. Una de las figuras representa a una de las diosas de la Victoria, una joven, que posee una belleza sin igual, y que aparece abrochándose la sandalia que se le había soltado mientras caminaba. Se advierte ese instante de detenimiento, de forma suave, elegante, con la ropa estilizando su figura, y sugiriendo sus hermosas formas y su belleza…, los artistas eran capaces de representar aquello que deseaban, tal era su dominio sobre su arte.
De este modo, el friso del templo de la Victoria pone de manifiesto un cambio de actitud, y un cambio en la consideración que hacia el arte se tenía. Los eruditos discutían sobre las estatuas y la pintura, del mismo modo como lo hacían sobre los poemas o sobre los dramas. Aludían a su belleza, y eran críticos con respecto a las formas o al estilo.
Praxíteles fue uno de los principales artistas de ese siglo, cuya fama se forjó gracias al gran encanto de sus creaciones, al amable carácter que de ellas emanaba. Su obra más elogiada no es otra que la que representa a la joven Afrodita, diosa del Amor, entrando en el baño, aunque, desafortunadamente, esta obra desapareció.
Las obras Praxíteles muestran la evolución que el arte griego experimentó en doscientos años, y la pérdida de la rigidez en el arte de la escultura. La representación del dios Hermes nos lo presenta en postura relajada, lo que hace que sea más cercano, pero no por ello pierde su condición de divinidad. Huesos, músculos, pliegues del cuerpo…, todo ello aflora ante nuestros ojos de forma precisa y clara, y parecen advertirse bajo una piel suave, que proporciona vida al cuerpo esculpido y le imprime enorme belleza. La posibilidad de expresar todo eso y de ser capaz de hacer de un material todo un universo de sentimientos se debe al conocimiento. Las estatuas griegas, los cuerpos que ellas representan, son simétricos, bellos, perfectamente esculpidos, todo ello fruto de un minucioso trabajo de observación por parte de los artistas, que comparaban numerosos modelos y luego iban eliminando aquellos aspectos que consideraban que no encajaban en la perfección que buscaban. Partían del hombre real para, con posterioridad, ir eliminando todo lo mundano de él y lograr plasmar su ideal del cuerpo perfecto. Pero no se trataba de conseguir un modelo sin imperfecciones, sino que los artistas iban procurando a sus obras movimiento, sensualidad, detalle, en definitiva, vida.
Las estatuas empezaron a formar parte del mundo como si fueran seres humanos reales, sólo que pertenecían a un universo diferente. Algunas de las obras posteriores del arte clásico, que representan tipos humanos perfectos, no son sino variaciones de las estatuas creadas en el siglo IV a.C.
La Venus de Milo (encontrada en la isla de Melos), constituye una clara muestra de la utilización de las técnicas y de los recursos empleados por Praxíteles. La escultura fue concebida para ser vista desde un lado (puesto que Venus extendía sus manos hacia Cupido), y resulta admirable la sencillez del artista a la hora de moldear el bello cuerpo de Venus, el modo en que están hechas las divisiones que carecen de toda dureza.
Ahora bien, hubo un problema debido a este método de esculpir y conseguir una belleza tal partiendo de configuraciones a las que se iba vivificando con posterioridad, y es que los rostros de las estatuas griegas no transmiten ningún tipo de sentimiento, casi se muestran inexpresivos. Estos grandes artistas griegos se valían de los movimientos del cuerpo para expresar con ellos los movimientos del alma (como los denominó Sócrates), y un juego con las facciones del rostro suponía para ellos una ruptura de la regularidad de la cabeza.
Poco a poco, en las sucesivas generaciones de artistas, se fue perdiendo ese “miedo” a romper con la regularidad facial, y se encontraron formas de proporcionar expresividad a las facciones sin por ello destruir la belleza. Llegaron incluso a captar lo individual de cada alma, de cada físico, y captaron la concepción del sentido actual del retrato. De hecho se comenzó a discutir, ya en época de Alejandro Magno, acerca del retrato, que se convirtió en un nuevo género al que atender y dar cabida en el arte. El mismo Alejandro encargó un retrato suyo a Lisipo, el más famoso escultor de su corte, pero se duda de que el retrato quizá guarde más parecido con un dios, que con el conquistador del continente asiático.
El arte griego tiene una gran deuda, en lo que respecta a su desarrollo y difusión, con la creación del imperio alejandrino, puesto que eso supuso que el lenguaje plástico no se quedara anquilosado y que no fuera sólo parte de pequeños núcleos sociales y pequeñas ciudades.
Las formas sencillas del estilo dórico, o la mayor viveza del jónico, no resultaron suficiente para hacer frente a las exigencias de las nuevas urbes, como Alejandría, Pérgamo, etc., cuyos encargos eran muy diferentes de los que los artistas estaban acostumbrados a crear para Grecia. Comenzó así el desarrollo de un nuevo estilo, el corintio, en el que los capiteles de las columnas, además de las volutas en espiral propias del jónico, iban adornados también con hojas de acanto. Los edificios gozaban entonces de una ornamentación mucho más rica y lujosa, que se observa en algunas de las construcciones que se han conservado de ciudades de Oriente.
El altar de la ciudad de Pérgamo constituye un ejemplo de ese cambio a que se vio sometido el arte griego en la época helenística. En su magnífico friso se muestra la lucha entre titanes y dioses, pero carece ya de toda la armonía que se mostraba en la escultura griega primitiva. La intención del artista fue la de lograr fuerza dramática, transmitir la violencia de una feroz lucha, en la que los titanes, sumidos en dolor, son aniquilados por los dioses, triunfadores. El movimiento se consigue mediante el juego con los ropajes, que parecen agitarse en todo momento, lo que hace que ya no haya un relieve plano, sino que las figuras están exentas y en la batalla parecen salir más allá de la pared que hay tras ellas, sin importarles su puesto en el conjunto de la escultura.

Enlaces Patrocinados:
Otros Reportajes:
Susan Blackmore: La máquina de los memes »
Simone de Beauvoir: A la sombra del genio »










Estás en:


Estás en:
MundoFilosofía | Filosofía en femenino | Belleza y libertad: El universo griego y su representación de lo femenino

