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Aurelio Agustín: La interioridad iluminada

La filosofía agustiniana es la de la interioridad personal iluminada por la supuesta presencia de Dios.

En el camino de interiorización en el que se confiesa a Dios hablando consigo mismo, Agustín descubre el verdadero ser del hombre otorgado por la presencia “de ser” del “Padre”, su conocimiento o razón; la presencia del “Hijo” y su dimensión valorativa y la afectiva y moral que dinamiza el “Espíritu Santo”.

Es Dios en el seno mismo del propio hombre quien desvela al ser humano su verdadera intimidad. Esta intuición se hace luz progresivamente en Agustín. En las “Confesiones” lo verá como un itinerario purificador que comienza ya en su propia infancia en Tagaste y hace crisis en el año 369 atravesando tres etapas fundamentales:

1ª) la decisión por la sabiduría tras la lectura del “Hortensio” de Cicerón,

2ª) su desviación maniquea (373-382), donde el problema que le duele internamente, el del mal, viene a enajenarlo en una sustancia extraña a él. Materialismo y racionalismo se alternan con la influencia estoica en la exploración interior que desembocará en 383-386 con su estancia en Milán donde cae en profunda confusión de la que saldrá con la lectura de los neoplatónicos; pero en todo esto va descubriendo “una sabiduría que no salva” y será en los sermones del obispo Ambrosio de Milán donde se le va a desvelar la clave que todavía no entenderá y que marcará todo su pensamiento antropológico: el hombre es “imagen de Dios”.

Así 3ª) Animado por los relatos de Ponticiano y sorprendido, junto con su discípulo Alipio, por una misteriosa voz que dice “Tolle, lege” (coge – el libro – y lee), da el paso, tras la lectura de Pablo de Tarso, a la conversión cristiana alcanzando la ansiada paz interior y todas sus categorías anteriores cambian, se armonizan y su vida se unifica orientándose su pensamiento dentro de las preocupaciones eclesiales que estarán consagradas, dentro de su oposición a paganos, naturalistas y maniqueos, en torno a la Creación y, respondiendo a pelagianos y a ponatistas, sobre la Redención.

De todo su tumultuoso y complicado itinerario Agustín sacará en claro su método de investigación: “nolli foras ire” (no vayas fuera de ti: aversión), “in te ipsum rede, in interiore homine habitat veritas” (permanece en ti, en el interior del hombre habita la verdad: introversión), “trascende et te ipsum” (y trasciéndete a ti mismo: supraversión). Por el estudio de la Creación, sabrá que el hombre se encuentra en la “regio media”: no es Dios pero tampoco se identifica con los animales. Por su penetración en el misterio de la Trinidad descubrirá las tres claves metafísicas y, por tanto, ontoantropológicas:

1) Todo ser es “desde” el Padre.

2) “conforme a” el Hijo.

3) “en” o “para” el Espíritu de Dios.

De este modo, el hombre tiene su razón de ser en algo que está en él pero que le excede, de ahí deducirá Agustín la íntima unidad entre lo natural y lo sobrenatural, la presencia de vestigios del Dios trinitario en todo y la convicción de que la fe precede y purifica el conocimiento. Se trata del “intellectus”, que no es una mera razón, sino una razón que brota de la iluminación interior que da la fe: una especie de supravisión. A partir de la cual definirá al ser humano como “Animal rationale mortale”: mezcla de las nociones de Platón y Aristóteles, concediendo valor al alma y al cuerpo, pero añadiendo como compuesto trinitario humano: el espíritu, capacidad para que el hombre pueda conocer el Bien y la Libertad.

Agustín plantea el tema del conocimiento desde la iluminación. Tenemos conocimientos universales y necesarios, imposibles de obtener desde fuera del sujeto, pero posibles por la presencia íntima de la divinidad en el seno de nuestro espíritu. Para Agustín es nítido que lo más interior a nuestro interior es Dios mismo. En el “santuario secretísimo de la memoria” se encuentra un preconocimiento necesario para que se realice todo conocimiento conceptual. Hay ya un saber radical que se activa por el salto a la fe: Agustín descubre que Aquel a quien buscaba (tal vez Dios, tal vez su propia interioridad) ya lo había encontrado en su interior y se imagina que todo conocimiento es esa anticipación realizada de la verdad. En el fondo, guardamos recuerdos secretísimos de nuestros más secretos deseos.

Comentando, y despreciando en el fondo, las 288 definiciones de felicidad de Marco Varrón, nos dice Agustín en De Civitate Dei XIX que sólo quien ha creado al hombre sabe lo que hace feliz al hombre. El ser humano es radicalmente búsqueda gradual de la felicidad. Ella es nuestra “gravedad”: nuestro “pondus” o peso natural. De modo que vivir bien – honradamente – es vivir en paz consigo mismo. En ese sentido, la búsqueda de la felicidad se enlaza con la búsqueda de la libertad, porque ser libre es – para Agustín – tender a la realización del Bien Infinito, es un encaminarse, de fondo ilimitado, hacia lo que nos hace el bien, nos sana íntimamente, nos hace personas. Es en este sentido: la filosofía existencial de matiz personalista donde el talante agustiniano ha sido más profundizado. Agustín desarrolla la noción de persona en tres momentos: el de “distentio animi”como experiencia dolorosa de la temporalidad que vivimos los humanos, como “atentio”, la atención que unifica nuestras experiencias en el presente, haciendo de nuestro interés nuestro conocimiento y, por último, “intensio” que permite al humano la presencia de la eternidad vivida en el tiempo: un vivir “desde la memoria de la esperanza” (ex memoria spes). Realmente, somos así: temporalidades atentas y expectantes. Situadas en el tiempo.

Por eso no podemos dejar de anotar en Agustín su pasión por ahondar el tiempo como nota típica de lo humano y característica suya fue vivir el “signo de su tiempo”, reflejado en su obra La Ciudad de Dios. En De civitate Dei, Agustín habla para el futuro, poniendo las bases del futuro estado de cristiandad medieval desde el pasado resquebrajamiento del imperio romano y en esa coyuntura habla de la dinámica de la historia en el entramado entre el error culpable (pecado) y la libertad. No podemos olvidar los fallos de esta concepción del poder o “agustinismo político”, donde la comunidad es lo fundamental y los individuos no cuentan, donde las jerarquías están firmemente establecidas y la venganza divina llega por brazos armados seculares.

Pero a pesar de sembrar tempestades, a pesar de su lenguaje empalagosamente religioso, que traduce un maravilloso latín (dicen los entendidos), Agustín puede seguirnos siendo útil, porque hay una filosofía que se hace desde las entrañas, desde las vísceras de la propia memoria, porque hay en nosotros algo que nos trasciende, aunque no seamos creyentes, en nuestro propio deseo; porque nuestro “peso” va hacia la felicidad y la libertad, no siempre conciliables y, en suma, porque merece la pena “confesar” el trágico encuentro entre nuestra temporalidad finita y el deseo infinito de nuestra intemporalidad.

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