El concepto moderno de historia se encuentra íntimamente ligado al moderno concepto de naturaleza.
Herodoto ha sido considerado el padre de la historia occidental, su concepción de la tarea de la historia se encontraba vinculada a la experiencia que los griegos tenían de la naturaleza, y a la idea que acerca de ella mantenían, que abarcaba a las cosas existentes por sí mismas y que, por lo tanto, carecen de la ayuda de los hombres y de los dioses, y son así inmortales. Las criaturas vivas, incluyendo al ser humano, entran dentro del reino de la existencia eterna, y el hombre, en la medida en que pertenece a la especie humana y es un ser natural, se encuentra en el ciclo recurrente de la vida, ciclo al que la naturaleza proporciona la seguridad necesaria tanto para las cosas que son y no cambian, como para las cosas que nacen y mueren…
El carácter mortal del ser humano está enraizado en el hecho de que la vida individual surge de la vida biológica. La vida individual se diferencia del resto de cosas por el movimiento rectilíneo que, de alguna manera, atraviesa los movimientos circulares de la vida biológica. Por eso la mortalidad consiste en el movimiento de una línea recta en un universo en el que todo aquello que se mueve lo hace dentro de un orden cíclico. Los acontecimientos, las hazañas, las situaciones especiales…, interrumpen ese movimiento circular de la vida cotidiana, y son precisamente estas interrupciones, es decir, lo extraordinario, lo que constituye el tema de la historia.
El movimiento histórico empezó a configurarse mediante la imagen de la vida biológica, este hecho, en términos de la poesía y de la historiografía antiguas tenía el significado de que se había perdido el sentido elemental de aquella grandeza de los mortales como algo diferente de la enorme grandeza propia de la naturaleza y también de la grandeza de los dioses.
Las cosas que deben su naturaleza (existencia) a los hombres, son perecederas, gozan del mismo carácter mortal de sus autores. Pero si los mortales son capaces de proporcionar a sus trabajos y a sus palabras de un determinado grado de permanencia, y pueden detener, hasta cierto punto, ese carácter perecedero, esas cosas entran a formar parte del mundo de lo perdurable y ocupan dentro de él un lugar propio, a la par que los mortales podrían encontrar un puesto en el cosmos (donde todo es inmortal excepto el hombre). Precisamente la facultad capaz de conseguir todo esto es la memoria, musa entre las musas, madre del resto de musas.
Fue Herodoto el que logró que las proezas, las palabras, todo lo que debe su existencia al hombre, se convirtieran en el tema de la historia. La tarea del poeta y del historiador es hacer que algo sea digno de recordar. La historia, en términos poéticos, tiene su comienzo en el momento en el cual Ulises escucha el relato de su vida, de sus hazañas y de sus tristezas en la corte del rey de los feacios, en ese instante lo que había sido un simple suceso se transforma en “historia”. Esta escena en que Ulises escucha la historia de su vida es un paradigma tanto de la historia como de la poesía, se dice que constituye la reconciliación con la realidad, y que se producía entre las lágrimas del recuerdo. Aquí oyente, actor y atormentado son una y la misma persona.
Ahora bien, ya Hannah Arendt (1906-1975) advierte acerca de la paradoja implícita en estas reflexiones y es que, por un lado, todo se veía y se medía conforme al entorno de las cosas que son para siempre, mientras que por otro lado los griegos (preplatónicos) entendían que la grandeza de los seres humanos se encontraba en las palabras y en los hechos extraordinarios, y estaba representada por Aquiles, en lugar de por el poeta o el escritor. Y esta paradoja, el que la grandeza se entendiera en términos de permanencia se convirtió en una obsesión para los poetas y los historiadores griegos al igual que perturbó la paz de los filósofos. La primera solución griega a la paradoja fue de índole poética, pero los filósofos resolvieron esa antigua paradoja negando al hombre la capacidad de medirse a sí mismo y de medir sus propias hazañas con respecto a la perdurable grandeza del cosmos. Tanto Homero, como Herodoto, como Tucídides, se refirieron al concepto de grandeza, preocupación evidente en la poesía y en la historiografía griegas, y que se basó en la conexión entre los conceptos de naturaleza e historia. Si los mortales quieren ser dignos del mundo en el que han nacido, y ser dignos de las cosas que los rodean, han de tratar de conseguir la inmortalidad. Por lo tanto, la conexión entre naturaleza e historia no supone una oposición, sino que la historia recibe en su seno, en su recuerdo, a los mortales que mediante las palabras y las hazañas se han mostrado dignos de la naturaleza, y esto permite que, a pesar de su carácter mortal, puedan continuar en compañía de las cosas que tienen un carácter perdurable.
Nuestro concepto moderno de historia se encuentra vinculado con nuestro concepto moderno de la naturaleza. De un tiempo a esta parte, las ciencias naturales admiten que, por medio del experimento, se introduce un factor subjetivo en el procedimiento objetivo de la naturaleza. Tanto el historiador moderno como el naturalista se encuentran en la misma posición y son capaces de establecer y de restablecer, en términos nuevos y científicos, esas antiguas diferenciaciones entre una ciencia de la naturaleza y una ciencia de la historia. La ciencia natural moderna se desarrolló con bastante rapidez, y se convirtió en una ciencia relativamente más nueva que la historia, y a su vez ambas brotaron de un mismo conjunto de nuevas experiencias en el momento en el que se llevó a cabo la exploración del universo a principios de la era moderna.
¿Qué sucedió en la época moderna?, pues que la objetividad perdió su fundamento y estuvo a la expectativa de justificaciones de otro tipo, totalmente nuevas. Para las ciencias históricas la norma de la objetividad sólo tenía sentido si el historiador creía que la historia era un fenómeno cíclico que se podía aprehender a modo de un todo a través de la contemplación, o que la providencia divina era la que conducía a la historia hacia la salvación de la humanidad, y que ese plan de la providencia tenía un comienzo y un final que se conocían, era un hecho revelado, y por ello también la historia se podía contemplar como un todo.
Pero los griegos también advirtieron que el mundo común se percibe siempre desde infinitos puntos de vista, desde posiciones muy diferentes, a las que corresponden distintas perspectivas. El ciudadano griego aprendió a intercambiar opiniones con los otros conciudadanos. En definitiva, los griegos aprendieron a “comprender”, a mirar el mismo mundo desde la posición del otro, a ver las cosas desde puntos de vista opuestos.
La época moderna se inició cuando el individuo, con ayuda de algunos elementos, como el telescopio, dirigió sus ojos hacia aquello que le rodeaba, hacia el universo, sobre el cual se había especulado durante un largo tiempo (pero siempre mediante sensaciones, creencias e hipótesis no corroboradas), y empezó a saber que los sentidos no eran adecuados para poder captar el universo, advirtieron que la experiencia cotidiana era fuente de engaño y de error, y estaba lejos de proporcionar un modelo de percepción de la verdad y de adquisición de conocimientos.
La consecuencia más rápida de todo esto fue el que las ciencias naturales ascendieron y aseguraron la falta de fiabilidad de las sensaciones, así como la insuficiencia de la simple observación. Las ciencias naturales se centraron en la experimentación que parecía asegurar un mayor avance y desarrollo casi ilimitado.
Así, Descartes se convirtió en el padre de la moderna filosofía, puesto que dio lugar a la generalización de la experiencia, y a la suspicacia respecto de los sentidos, que se convirtió en el núcleo del cientificismo hasta que ya se transformó en fuente de inquietudes.

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Felicidades por el reportaje, es muy interesante.