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Anselmo: Y su argumento

Con Anselmo (1033-1109) de Aosta, donde nació, o de Canterbury, donde fue obispo o de Bec, donde fue abad, se consagra en la escolástica medieval la tendencia agustiniana del “credo ut intelligas” o “creo para que entiendas”, pero reformada como “fides quaerens intellectus”: “razón como exigencia de la fe”.

Es natural que un hombre de la Edad Media centre los trabajos de su razón en las pruebas de la existencia de Dios. Es Dios el valor en alza, no se entiende nada sin él, empezando por lo personal – creatura - y terminando por lo social – cristiandad – y, sin embargo, se cae en la cuenta de que todo está sustentado en algo que hay que probar, no porque la razón se quede intranquila ante la sola aceptación de la Revelación divina, sino porque, incluso al margen de aquella, se esperaría que la mera razón pudiese llegar a su Hacedor.

Anselmo será mediador, en su época, entre los “dialécticos”, aquellos que piden libertad para razonar al margen de la ortodoxia y los “teólogos”, que se posicionan en una especie de fideísmo donde todo hay que creerlo a machamartillo. Anselmo presentará vías tradicionales hacia Dios en su obra “Monologion”: el primero basado en la contingencia de los seres, el segundo en la causalidad y el tercero, de raigambre platónica, basado en el grado de perfección de los seres; pero su más famosa aportación al tema la hace por medio de su “argumento ontológico” en su obra “Proslogion”. Es un argumento elaborado y trascrito en ambiente de oración, en el trascurso de un ora et labora intelectual, en el marco de la lección monacal y como un reto increíble para la fecha: no acudir a ningún argumento de autoridad que no sea el de la razón misma. No se trata realmente de un argumento que pase desapercibido, ni siquiera para los planteamientos lógicos de una memorable reducción al absurdo.

El argumento se inicia con una definición de Dios: “Aquello mayor que lo cual nada puede pensarse”. Así, la tesis “Dios existe” puede ser formulada en términos del definiens: “Aquello……, existe”. Y “existe” significa “estar en la realidad y no sólo en la inteligencia”. El argumento, por tanto, procede de la siguiente manera:

Tesis:

Aquello mayor que lo cual nada puede pensarse, no puede estar sólo en la inteligencia. Así pues, hay verdaderamente algo mayor que lo cual nada puede pensarse y que no puede pensarse que no exista.

Presupuestos:

1.- El insensato (”insipiens”) – que dice en su corazón no hay Dios –entiende aquello que oye: que Dios es “Aquello mayor…”.

2.- Lo que entiende, en su inteligencia está.

3.- Tener algo en la inteligencia es una cosa y entender que ese algo existe, es otra cosa.

Argumento para probar la Tesis por medio del método de reducción al absurdo:

1º.- Supongamos que la tesis es falsa, es decir: supongamos que “aquello mayor que lo cual nada puede pensarse” (A) está sólo en la inteligencia.

2º- De algo (B) que está en la inteligencia, es posible pensar que también está en la realidad, es decir, que existe.

3º.- Pero si ese algo (B), además de estar en la inteligencia, existe (B), ese algo es mayor que aquello que sólo está en la inteligencia.

4º.- (A) por definición es “aquello mayor que lo cual nada puede pensarse”. Por otra parte, al no existir (A) en la realidad, cabe pensarse un (B) mayor que (A), porque está dotado de existencia.

Esto es: hemos llegado a un absurdo. Se sigue entonces que nuestro supuesto de partida es falso:

5º.- Hay algo mayor que lo cual nada puede pensarse.

La cuestión parece meridiana: no es posible huir de la carga de contenido dado a nuestros vocablos. Pero habría objeciones, también meridianas:

1.- Habría una clara dificultad en considerar la existencia como una propiedad más, ya que parece ser que es más bien la que hace posible las demás.

2.- De la existencia de contradicción, salvo en la matemática, no se sigue la existencia.

3.- La misma existencia no puede ser propuesta en términos intelectuales identificados con los reales. El ser no es igual al pensar y el que algo no se dé en el pensar no da razón a su existencia.

El argumento ha sido planteado y replanteado y muy estudiado a lo largo de la historia del pensamiento. Galileo parece suponer, de un modo más tosco, el argumento ontológico cuando afirma que “la razón me dice el verdadero ser de las cosas”. Descartes, por su parte, plantea el argumento como una proposición analítica donde los términos son autoevidentes: decir Dios es decir el existente. Buenaventura, un siglo después de Anselmo, lo había hecho lógico, aplicando el modus ponendo ponens: “Si Dios es Dios, Dios existe; Dios es Dios; luego: Dios existe”, convirtiendo en tautología lo que precisamente había que probar. Para Leibniz igualmente: si el infinito es posible, existe. Posible es aquello que pensado no admite contradicción, luego el infinito existe. Para Spinoza el verdadero ser de las cosas es el pensamiento infinito, pero – paradójicamente - existiendo como finito. Kant querrá devolver al argumento su infinitud: Si trasciende al mundo, no se puede pensar a Dios; pero en el seno de la experiencia moral se hace necesario como garante de la felicidad merecida a los buenos y no evidente en este mundo. Anselmo vio necesario unir Infinitud y necesidad, pero Tomás Aquino le corregirá: sólo conocemos a partir de los sentidos: de abajo a arriba. Lo contrario será el tratamiento que hace Hegel del argumento ontológico: todo su sistema no es más que un argumento ontológico: el Espíritu Absoluto engordando a base de envolver mundo. Hay aquí un problema histórico para la filosofía: el de unir infinitud y necesidad.

Para Anselmo, si el Infinito existe, existe necesariamente. Tomás será más realista y nos dará, muy a su pesar, la razón a otros: si existe será por la evidencia que da la fe a quien la tiene, no para los que partimos de y sólo tenemos la experiencia del mundo. Anécdota curiosa, pero sintomática es la del metafísico norteamericano Plantinga, para quien el argumento podría ser cierto, pero en absoluto convence.

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