Este Filósofo español, durante bastante tiempo mal y poco conocido, vivió en un aislamiento profesional casi absoluto en su Galicia natal.
En medio de un ambiente fuertemente religioso, del que él mismo estaba imbuido y sintiéndose un “bicho raro” entre los filósofos y teólogos de su tiempo, atados de por vida y para siempre a la tradición tomista o, todo lo más, suareziana.
Fue un auténtico sabio, al que, en frase del clásico Terencio, “nada de lo humano le era ajeno”. Conocía la Física y las Matemáticas recientes y sus obras van desde la Filología al Derecho, su ocupación académica principal; pero todos los saberes que consiguió tratar quedan ya obsoletos, porque o bien representan etapas ya superadas de los estudios en cuestión, como es el caso de los filológicos o comentarios a leyes que ya no están en vigor y que sólo interesarían al investigador de cuestiones históricas. Sin embargo la actualidad de Ruibal sigue siendo una constante desde que su obra ha sido aireada, ya sea por el nacionalismo gallego, dispuesto a ensalzar lo propio, ya sea por la obra de teólogos insignes que han destacado su cercanía a planteamientos contemporáneos y que en su época pasaron desapercibidos como son el problema – un poco abstruso pero de consecuencias muy prácticas - del “sobrenatural” y el de la “evolución de los dogmas”. Pero lo que hay que destacar de él, como, después de él en el caso de Xavier Zubiri, Ángel Amor llevó la metafísica en la sangre.
En un momento de su vida, queda deslumbrado por la misma realidad y es a ella, a la desvelación de su estructura a la que dedica sus esfuerzos. Ambos pueden englobarse bajo el apelativo del “realismo metafísico” y el matiz que a esta posición da Ruibal la divulga él mismo como “teoría de la relatividad”. Sabemos que con fina ironía gallega decía que era Einstein el que se la había copiado a él. La verdad es que se parecen meramente en el nombre. La teoría de la realidad propuesta por Ruibal es más una teoría de la “correlación”, a lo que Zubiri va a llamar “respectividad”, esto es, el lazo estructural que une indeleblemente a todos los seres del universo, queriendo indicar que este universo es sólo comprensible desde la mutua interconexión y necesaria complementariedad de todos sus elementos componentes. La “relación” que era en la escala de las categorías aristotélico-tomistas la última y bien relegada, va a ser propuesta como la primera, la supracategoría que de algún modo organiza todas las demás. El universo está lejos de ser el conjunto de sustancias con sus accidentes, uno de ellos el de relación.
Más bien nuestro mundo es un sistema, una unidad íntimamente correlacionada. Será, por tanto, el todo, el sistema, el conjunto, el que dé sentido y aclare la unidad, lo individual. Por eso, nuestro pensamiento debe acomodarse a un modo sistémico u orgánico de pensar la realidad. Para Amor Ruibal hay palabras que se repiten machaconamente y que van a ser las claves que desvelen su forma de entender el universo y éstas son: armonía, proporción, adaptación, convergencia. Parece no haber lugar para el error, lo oscuro, lo siniestro, lo sobrante, en suma, para el mal. Pero no se trata de la misma propuesta que Leibniz. Este mundo no es el mejor de los mundos posibles. Esto no lo sabemos. Es, más bien, un mundo interdependiente en todos los sentidos, donde el mal se compensa con el bien, de forma entremezclada. Si todo es interdependiente, se eliminan los intermediarios imaginativos de la filosofía aristotélico-tomista y los esquemáticos de la filosofía kantiana.
La interdependencia existente en todo el universo hace que nuestro conocimiento no sea el de un sujeto que corre tras el objeto. Conocer no es llegar a unir realidades que estaban separadas sino disociar lo que ya se encontraba unido. El problema del conocimiento es de planteamiento inverso al tradicional: no hay que saber cuando el sujeto llega a dominar el objeto, sino cuando se disocian para distinguirse la cosa y su idea. Hay quien ha entrevisto en esa previa unidad ontológica o situación pre-ontológica, la “precomprensión” de la que habla Heidegger como punto de partida del conocimiento del ser. Somos unos con la realidad y emergemos desde ella con un cierto preconocimiento de la misma de carácter constitutivo. Esto significa – en términos culinarios - que “precocinamos” lo que vemos, porque ya “hierve” en nuestro interior. Se trata de una variación de la “prolepsis” estoica, pero hecha núcleo de nuestro ser-en-el-mundo. Para Ruibal esta captación de realidad tendría un límite, esto es, en nuestro modo de aprehender el universo hay un límite: la llegada a “mínimas unidades” que son indiscernibles desde la razón. Esto significa que la visión del mundo termina en un enigma tal vez irracional y que se libra en Ruibal de serlo porque éste echa mano de su fe religiosa e incorpora a los límites irracionales del universo la perspectiva racional del Creador.
Ángel Amor no fue un poeta pero dejo bien evidente lo que sería convicción de Heidegger: que el metafísico y el poeta “habitan montes vecinos”. También, como el pensador bábaro, el gallego hace uso de instrumentos y paisajes cotidianos para llevarnos a la mejor comprensión de su pensamiento. Así nos habla del piano, del jardín y del libro, muy seguramente el ámbito de sus pequeños y sublimes placeres cotidianos. El piano nos muestra cómo un mismo instrumento puede ser ejecutado de mil formas y maneras desarrollando innumerables melodías a partir de una organización limitada de recursos. Tanto el libro como el jardín son en todo momento conjuntos organizados susceptibles de ser cultivados e interpretados de muchas y diversas formas. Pero, si deshacemos la organización en la que están estructurados su sentido muere con ellos, el conjunto ya no es tal, nada nos remite a su antigua belleza. Del mismo modo el universo en general y cada sustancia en particular es similar a esos conjuntos de la materia. Las leyes de la mente que los comprende se muestran igual en los campos de lo cotidiano como en el ámbito de lo metafísico. Pensar en relación, correlacionando aspectos, personas, paisajes es lo que nos da la visión adecuada del conjunto. Nada está por estar, no hay lugar al azar. La teleología alcanza en Ruibal una nueva forma. El einsteniano “Dios no juega a los dados” es visto como la evidencia de la exacta necesidad que todos los seres tienen unos de otros, parecen ser puestos inteligentemente para ser captados inteligentemente.
La intención última del pensamiento de Amor Ruibal no fue nunca ocultada por él: dar una nueva solidez filosófica a las creencias de su fe cristiana, pero enfrentándose directamente al pensamiento aristotélico-tomista, que era el comúnmente admitido como único válido en la iglesia católica, y pasando por alto los sistemas filosóficos de la modernidad. Más que de “estructuralismo” habría que hablar, como en Zubiri se ha hablado, de un “estructurismo”, ya que no se trata de privilegiar la estructura sobre el sentido sino de aclarar que la estructura manifiesta y oculta un sentido.
Junto con Zubiri y con Nicolai Hartmann, Amor Ruibal nos ha abierto a un neorrealismo, si bien con un lenguaje aún medievalista y con lamentables servidumbres al sistema que quiere apuntalar, aunque no sea por los cauces habituales. Pero no cabe duda de que fue un gran pensador; porque en Galicia los filósofos son como las meigas: entre tantas brumas no se les ve mucho, pero “haberlos, háilos”.

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