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¿Qué es la historia de la filosofía?

Estamos habituados a oír hablar de historia de la filosofía como de una materia algo tediosa situada en algún lugar de nuestro currículo allá entre las brumas del COU o del más reciente 2º de Bachillerato.

En suma, algo que inevitablemente hubo que pasar pero que dejó un escaso poso en un periodo de la vida más dado a las metafísicas del amor que al exceso en otras teorías; sin embargo, para esas y otras edades la historia es siempre maestra de la vida.

No obstante lo más curioso de la historia de la filosofía es que se trata de una filosofía en la historia más que de una historia propiamente dicha. Es cierto que todo pensador está sujeto y sujetado por su época y todavía es más verdad que la filosofía pretende ser el vocero de una época y está llamada a traducir o interpretar una situación histórica; sin embargo la filosofía habla con afán de permanencia, no de verdad perenne (aunque no faltan las filosofías – más o menos teologizantes – que lo han pretendido absurdamente). La historia de la ciencia es acumulativa: un desarrollo posterior suele anular al anterior.

La filosofía, sin embargo, no es así. Aristóteles no nos es válido en su Física, pero su Metafísica, su Ética, incluso su Retórica y tal vez su Lógica, siguen muy vivas en pensadores contemporáneos. De ahí que la historia de la filosofía es sólo parcial o bastante marginalmente historia y de ahí que digamos que es filosofía en la historia.

Su primera “utilidad” es ayudarnos a pensar a través de los temas ya pensados. La segunda, no menos importante, la de no repetir lo que ya otro dijo y poder continuar donde otro lo dejó o donde no pudo llegar. Aunque sólo sea por este aprendizaje preventivo, leer y estudiar historia de la filosofía tiene su sentido.

La historia de la filosofía puede verse como el desarrollo de la palabra griega “Cosmos”, que muy bien resume el esfuerzo racional de la filosofía surgiendo desde la excrecencias de mitologías y religiones por trasladar al mundo un orden opuesto al “Caos” o desorden.

A partir de aquí, la filosofía en la historia se vería sometida a dos grandes etapas: en la primera de ellas el Cosmos es entendido como naturaleza, que presente ante el ser humano es el criterio de verdad. Es verdadero lo que adecua al sujeto a la naturaleza. El sujeto es veraz en tanto que reflejo de la naturaleza. La búsqueda de esencias o sustancias que se plasman en definiciones, es la obsesión de quien pretende atrapar lo que la esquiva naturaleza le hurta.

Esta primera etapa de la filosofía en su historia se abriría en dos subperiodos: en uno, primero, aparecería la filosofía antigua, centrada sobre todo en Grecia, donde la naturaleza es señora absoluta, gran organismo que contiene al ser humano como a uno más de los seres, si bien privilegiado en cuanto “microcosmos”, repetidor en él, por la razón, del orden del universo.

El segundo subperiodo sería el de la filosofía medieval o judeo-islámico-cristiana (monoteísta), donde la naturaleza pasa a ser sierva de Dios o de su humano terrateniente, en tanto que la filosofía lo es de la teología.

Esa época de “realismo” hace crisis en el Renacimiento y quiebra completamente con el surgimiento del hombre moderno y su individualismo capitalista de fondo, donde el “idealismo” se abre camino como posición por la cual ver el mundo. Mientras la ciencia moderna se divorcia de la filosofía en su estudio de la naturaleza sometida a la experimentación y a la matematización, la filosofía se pliega hacia el interior del sujeto, a ese yo desde el que encerrado en sí (Descartes), o junto con otros (Rousseau, Kant) o sumido en el yo del espíritu absoluto (Hegel) crea “su mundo” y vive en la naturaleza como en una “sobrenaturaleza” postiza, su particular “tela de araña”(Nietzsche) por la que pretende comprender la naturaleza y a penas alcanza a conocerse a sí mismo.

A partir del descubrimiento del sujeto en el siglo XVI, es en el XVIII en el que comienza a fraguarse una forma de pensar que ve por una parte apariencias y por otra, causas de fondo de esas apariencias o verdades en sí mismas. Es así cómo el Cosmos se convierte en Razón, una razón que despieza la realidad como si se tratara de un fino bisturí. Así, Kant verá en la realidad al fenómeno (su cara) y al noúmeno (su cruz, su verdadera cara).

En el XIX Marx verá en la realidad (social) la diferencia entre la estructura social y su escondida razón de ser: la estructura económica. Nietzsche verá en la superficie el mundo de valores sociales admitidos en la sociedad judeo-cristiana y, de fondo, la voluntad de poder inherente a toda vida y transmutada astutamente para imperio de los débiles. Ya en el siglo XX, Freud despiezará muy racionalmente, siguiendo el mismo esquema, al propio ser humano entre el ámbito consciente y el subconsciente, centrando en éste y en sus pulsiones – en especial al final en el Thanatos - su más profunda verdad.

Así tenemos dos periodos en los que la época subjetiva se desarrolla: en el primero, la razón da el giro copernicano respecto al imperio de la naturaleza y pasa a ser la señora absoluta,el auténtico cosmos. En un segundo periodo o subperiodo la fenomenología ayuda a centrar el estudio en modelos perceptivos que nos remiten a la existencia del fenómeno y a la inexistencia de cualquier noúmeno. En este tiempo es el Lenguaje el que someterá a la razón partiendo de una evidencia clave: no pensamos y después hablamos, sino que el orden real trastorna aquí al lógico: sin lenguaje no hay pensamientos, nuestros propios lenguajes hacen que pensemos de modo muy diverso que sólo la traición de la traducción puede aproximar. Somos lenguaje.

El Ser, en términos metafísicos, habita en la casa del lenguaje. De esta convicción surgen tres filosofías muy diferentes, unidas por el mismo lingüístico común denominador: la Filosofía Analítica, que quiere librarnos terapéuticamente de las confusiones sinsentido del lenguaje; la filosofía estruturalista que ve al sujeto como producto de la época anterior y sólo posible como espejismo deconstruído. Por último, la filosofía hermenéutica nos da la definitiva inmersión de una “historia efectual”que todos somos en tanto que, siendo textos, sufrimos los efectos ininterrumpidos de las sucesivas interpretaciones. Se abona el camino para una visión más estética del mundo, donde la realidad se recrea continuamente.

Desde aquí el futuro queda abierto. Para algunos no hemos sino comenzado este subperiodo donde el Cosmos es la razón sometida al lenguaje. Toda construcción de la filosofía en su historia suena a artificio, a elaboración, al cabo, de nuestro propio cosmos. Por eso, la hemos entendido como noción vertebradora de esta nuestra particular visión, que – al ser tan abarcadora – es respetuosa con los datos de la filosofía en su historia.

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