Hay tantas definiciones de filosofía como filósofos ha habido. Eso ya nos previene a la hora de aproximarnos a este concepto, multicompartido y aparentemente algo confuso.
Y más cuando en los medios de comunicación se habla de “filosofía de esta empresa, de este periódico o de tal producto”. Sin embargo la actividad filosófica, puesto que se trata de eso, una actividad humana como otras, no es de ningún modo algo ambiguo. Componiendo, como si se tratara de un puzzle, lo que han dicho de ella quienes la han ejercitado, diríamos que Filosofía es la actividad teórica, surgida de la admiración, que se centra en la reflexión que por medio de la razón hace el ser humano sobre sus más variadas experiencias con la finalidad de orientarse en el pensamiento (Lógica y Teoría del conocimiento), saber a qué atenerse en relación a sí mismo (Antropología) y ante la realidad en cuanto tal (Metafísica) y encaminarse hacia el logro de la felicidad (Ética). En suma, se trata de un pensar y vivir racionalmente.
La actividad teórica la poseen hoy la inmensa mayoría de ciencias y saberes. Pues todo lo que aparece en ellos bajo el epígrafe “teoría”, “teórico” se refiere inevitablemente a la Filosofía. “Teoría” viene del término griego “Theoría” que, procedente a su vez del polirrizo verbo “Horao” (ver), quiere decir “visión”. Pero esta visión es la que originariamente poseía el que se situaba en la parte más alta de el estadio olímpico, divisando y controlando las diversas pruebas que realizaban los atletas.
La Filosofía, que hunde sus raíces en el saber griego, tomó este término para sí. De modo que el filósofo guarda para sí la contemplación de la totalidad, el deseo de no perderse nada, la pasión del “generalista” (no del especialista), la erótica que conduce inevitablemente el conocer humano hacia lo más posible, un horizonte de universo. Por eso etimológicamente “Filo-sofía” quiere decir “amor o amante de la sabiduría”. No hay saber sin ese fortísimo deseo de conocimiento que sobrecoge hasta las entrañas.
De ahí que esta actividad surja de una concreta disposición de ánimo: la “admiración filosófica”, mezcla de temor, que se acerca al pánico o al vértigo de “El grito” de Munch, y sorpresa que se desvela ante los ojos, tan abiertos como los de un niño. Esta forma de maravillarse, que no es el postrer “¡Eureka!” (¡Lo encontré!) del científico, se realiza ante la contemplación del inevitable paso del tiempo, de la certeza del continuo nacer y morir que abisma, sobrecoge y lanza a la búsqueda de seguridades, de firmezas, a partir de lo más propio humano: el hecho de la conciencia de sí y del mundo.
Así, la Filosofía es una obra consciente: consiste en reflexionar. La reflexión es obra de nuestra conciencia humana cuando, al pensar en algo, pensamos inevitablemente en nosotros, que estamos pensando. Es el “cogito ergo sum”: “pienso luego soy” de Descartes y el más elemental descubrimiento humano en el albor de los tiempos cuando emergemos desde los simios por el hecho de realizar ese pensamiento segundo que hace del pensamiento del mundo (alteración) un pensamiento sobre uno mismo (ensimismamiento). De ahí que por el hecho de ser seres humanos filosofemos.
Pero esa reflexión se realiza sobre algo. Nuestro pensamiento no descansa nunca, no puede pensar la nada, en nada y piensa siempre algo. Eso que piensa es una vivencia: lo que dejamos entrar en nuestra vida consciente y que, al ser reflexionado, tamizado por nuestro yo pensante, se convierte en “experiencia”. La experiencia es, pues, la vivencia reflexionada, una “probación” que hacemos de la realidad. Ese es el objeto de la Filosofía. Pero hay innumerables experiencias. Por eso debemos tratar de acotarlas de algún modo, ya que nos urge contemplarlas teóricamente.
De tal forma que habría sólo cuatro tipos de experiencia. Una, muy especial, la que realizamos con los números, esos entes tan reales-irreales del ámbito matemático. A esa experiencia la denominamos “comprobación”, puesto que los números se “prueban” por determinadas reglas. Otra experiencia sería la que los humanos tenemos con las cosas. Es el ámbito propio de las llamadas Ciencias “duras”. Es la experiencia como “experimento”. Dando un salto, aparecerían otro tipo de experiencias, donde lo humano hace su aparición. Allí estarían las experiencias que tenemos con otros, en el ámbito de las ciencias sociales. A las que podemos llamar “compenetración”, “empatía”, etc. Aunque también “antipatía”. Y, por último, la experiencia que tenemos con nosotros mismos, en el ámbito de la sicología y afines, a la que podemos llamar “introspección” o “conformación”. Aunque también “deformación”. Así tenemos que la Filosofía puede trabajar todas las experiencias humanas. “Nada de lo humano le es ajeno”. Pero a todo ello se acerca con un humilde instrumento: la razón humana.
Sobre la razón se habla, se ha hablado y se hablará mucho, pero nosotros la tomamos aquí sencillamente como la capacidad humana, surgida evolutivamente, para explicar y comprender la realidad, destacando en ella sus intereses comunicativo y emancipativo. Se puso por obra en franca oposición a la actitud mítica que da una razón arbitraria de las cosas. Frente a ella, la razón filosófica se eleva como enemiga de los mitos y portadora de una dialéctica propia: el juego de los contrarios, por el que se van puliendo nuestros conceptos desde que el humano es humano. Engarzar la primera contrariedad del conocimiento: la de la razón y los sentidos, la inteligencia y los sentimientos, es la primera tarea de un filósofo, que ha de optar por un método (camino) de hacer filosofía.
Es sabido que no se aprende filosofía, sino que se aprende a filosofar y ello se hace por medio de un método racional, en el que razón, sentidos y palabra entran en diversas proporciones. Así, algunos filósofos trabajaron y trabajan con métodos que privilegian la razón o la conciencia sobre la experiencia sensible: métodos racionalista, empírico-racional, fenomenológico; otros, dan mayor cabida a la experiencia o tratan de reconciliarla con la razón: método empirista y método trascendental. Éste último traza el alcance, posibilidades y límites de nuestro conocimiento. Algunos métodos contemporáneos se centran en la importancia de la palabra como engendradora del pensamiento como el método estructural, el analítico o el hermenéutico. En todos ellos vive la entraña griega de hacer razonable la experiencia humana sin subterfugios en mundos imaginarios o fantásticos.
La Filosofía no es, sin embargo, ciencia. La ciencia sería un saber crítico-racional con expresión formal matemática. La Filosofía, aunque se expresa formalmente en la Lógica, se queda en saber crítico-racional con una forma de expresión propia que la acerca a la literatura: el ensayo filosófico. Tal vez, la Literatura capte más realidad que la Filosofía, pero la Filosofía quiere y exige la certeza de nuestra modesta razón. Es, por origen, democrática, puesto que todos poseemos esa capacidad que puede hacer nacer en nosotros un ser humano.
Por lo demás, el filósofo es una mezcla del eterno niño preguntón y la mosca cojonera de las certezas. De ahí que cualquier institución: científica, política y, en especial, religiosa, recele de la Filosofía como “Maestra de la sospecha”.

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