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¿Están los filósofos contra la mujer?: Patriacardo filosófico

Es una obviedad afirmar que a lo largo de la historia la presencia de la mujer, aunque ciertamente haya existido, porque existen la valentía y el aplomo y siempre hay quien lucha y se desgasta en ideales, no ha sido significativa.

Y tiene su sentido si atendemos a la situación de marginalidad que ha sufrido – y a veces propiciado, todo hay que decirlo – la mujer a lo largo de toda la historia de la humanidad. Y de poco han valido obras a favor de la emancipación de la mujer, que pese a lo que pueda creerse surgen ya desde los albores de la misma filosofía, tan poco conocidas y posiblemente hasta escondidas, como Melanipa la filósofa ( de Eurípides, obra que se perdió), La asamblea de las Mujeres y Lisístrata ( ambas de Aristófanes). En ellas vemos la lucha por la igualdad de sexos, por la paridad, encarnada en personajes que nadan contra corrientes que las arrastran sin miramientos hacia el mar del prejuicio y del miedo a perder poderes cómodamente instaurados.

Hasta en el mismo Platón podemos ver la duda respecto a este tema y en él, pese a que la diferencia biológica entre hombres y mujeres no es contraria a la consecución de la idea de justicia, ultima razón de ser de la polis griega, las mujeres son mas débiles, con lo cual no puede decirse que entienda la situación como de igualdad, lo que se remarca aún más si tenemos en cuenta su pretensión de hacer de las mujeres una posesión común, junto a los hijos, de los ciudadanos griegos dedicados a las más altas tareas. Las mujeres son vistas como un apoyo necesario para el mantenimiento de la unión de los gobernantes y poco más. No obstante, en sus escritos de vejez, como Las Leyes, se retracta tanto de la posesión común de la mujer como de la de los niños. No es poco, y hay que decir en su favor que es mucho más paritario que pensadores tan admirados y tan nuestros como Ortega, que rayan a veces en la misoginia y hasta tratan de justificarla.

Para Aristóteles, la situación es todavía más desigualitaria, y es claro en definir a la mujer como inferior al hombre de todas, todas. De hecho, podemos ver en su Política cómo para el estagirita ser niña supone una monstruosidad, algo así como un error del valioso esperma generativo, causa formal y eficiente del nacimiento, que se ve imposibilitado, siempre por causa de la fría materia femenina, a calentar suficientemente el feto en crecimiento. Una vez atendemos a razones biológicas como sustento de la desigualdad, cualquier razonamiento posterior es absurdo y no tiene sentido. La mujer es sencillamente incapaz biológicamente de casi cualquier actividad relacionada con el pensamiento.

Si seguimos nuestra andadura histórica veremos que para Aurelio Agustín o para Tomas de Aquino, la inferioridad de la mujer solo se ve disipada en el plano espiritual, donde se diluye el sexo. En lo empírico, es el varón quién prevalece, y la mujer no es sino contenedor de nuevos individuos. Y si el varón sólo la necesita para la tan ineludible tarea de procrear, pues para cualquier otra circunstancia de la vida prefiere a un igual, la mujer sí necesita del varón para ser gobernada. Hume, por su parte, exigía un plus de castidad a la mujer como único camino para DEMOSTRAR al supuesto padre de sus hijos que realmente lo es, y así este no tenga más remedio que alimentarles y amarles. El problema es que este argumento se alarga incluso a mujeres que no se encuentran en edad de procrear, puesto que la imaginación las hace a todas iguales, sean niñas, jóvenes o ancianas. Las considera mucho más débiles, tanto física como mentalmente, y las anima a gozar de los privilegios que emanan de sus cualidades inherentes, como los encantos, los modales, etc.

No cambian las cosas con el avance de tiempo, y con el advenimiento de la modernidad, la caída de paradigmas obsoletos y el avance inexorable de las ciencias, inclusive las sociales, la ley natural deja paso a la ley social. De este modo, la mayoría de edad del hombre es eso justo: del hombre. La mujer sigue siendo sólo algo bello, y su cometido no es ser educada más que como soporte del varón, que es quien debe desarrollar sus cualidades intelectuales. Rousseau sólo entiende la educación en la mujer con el único cometido que el de estudiar el alma del varón y servirle en lo doméstico; para Kant, las diferencias entre los sexos son estéticas (lo bello femenino y lo sublime masculino) y además de relativas a la virtud (virtud que es bella en la mujer y noble en el varón). De entre sus mayores virtudes, la limpieza, y entiende Kant que el peor insulto a una mujer es llamarle asquerosa, puesto que lo contrario a lo bello, que es lo que le es propio, es lo repugnante. Pero incluso el mismo Kant cambia a veces de argumentación, y es bastante patente que mantiene a veces los criterios que se suponen más coherentes con su entorno, que siempre resulta más cómodo y sencillo. No podemos, sin embargo, disimular nuestra alegría en su velada insistencia al “bello sexo” para que se atreva a emprender el camino de la ilustración, se guíe por su propio pensamiento y no el de sus diversos “tutores”.

Podríamos seguir nuestro listado de insignes varones de la filosofía, y pronunciar nombres como Hegel, Shopenhauer, Heidegger, etc. En todos ellos encontraremos el mismo leit motiv. Sus argumentos son facilones, y vienen a decirnos que si la mujer abandona las tareas del hogar, el cuidado de los hijos, el mimo y atención al hombre, que ha de ser su fuente de admiración y su razón de ser, ellos son los que pierden. ¿No es el mismo argumento que mantienen algunas líneas políticas que ven en el colchón familiar remedios rentables frente a una mujer trabajadora que exige gasto presupuestario para guarderías, cuidado de ancianos….etc? Se escudan en una aparente debilidad, que por otra parte es casi siempre – y no siempre tampoco- sólo física, y la amplían también a lo mental. Pierden porque se trata de compartir un espacio social que no interesa poner en común. Pero hay que decir también que los mismos pensadores tienen sus aportaciones positivas a la cuestión. No siempre han estado en contra, y en sus escritos encontramos a veces dudas y vacilaciones, si no firmes idas y venidas a favor y en contra. Pero siempre pesa más lo desigualitario, posiblemente por que es lo que a nivel social más interesa, para mantener un status quo que al hombre le es claramente favorable. Y así es más rentable a nivel social olvidar a hombres tan claramente ligados a la emancipación de la mujer como el ilustrado Poulain de Barre, quien en libros tan importantes como La igualdad de los sexos, cuyo título no deja lugar a dudas sobre su contenido, llega a aplicar el método cartesiano para aplicar la razón a la eliminación de prejuicios, y entre todos ellos, el más arraigado, como es el mismo de la desigualdad entre sexos.

El problema no es de crítica del pasado. Lo mejor sería darnos cuenta que hoy por hoy no somos capaces de distinguir un escrito de un hombre o de una mujer, que hemos de salvar distancias y mirar hacia un futuro paritario, no sólo en filosofía sino en todo lo demás, y darnos cuenta de que las diferencias morfológicas externas, no son más que eso, y que en lo demás, pensamos lo mismo. Tal vez debamos hacer un breve ejercicio de discriminación positiva, es verdad, pero sólo para ser capaces de situarnos en la línea de salida de un nuevo tramo de historia en el que hombres y mujeres avancen siempre a la par.

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